ALGUNAS CURIOSIDADES DE SEVILLA
Los Lateros.
El latero fue
uno de esos oficios humildes que durante décadas formó parte del paisaje de
pueblos y ciudades españolas. Su figura alcanzó especial importancia durante la
posguerra, entre las décadas de 1940 y 1960, cuando la escasez de recursos, el
racionamiento y las dificultades económicas obligaban a aprovechar hasta el
último utensilio doméstico. En una sociedad donde comprar un objeto nuevo era
un lujo al alcance de muy pocos, reparar era una necesidad, y el latero se
convirtió en un profesional imprescindible para la economía familiar.
El oficio de latero (ver) (CC BY 3.0)
Conocido
en muchos lugares también como lañador —aunque ambos oficios presentaban
algunas diferencias—, el latero era un artesano ambulante que recorría las
calles con un pequeño taller portátil a cuestas. Como el afilador, el
colchonero o el paragüero, anunciaba su llegada mediante un pregón
inconfundible que aún permanece en la memoria de muchas personas mayores. En
Sevilla era habitual escuchar el prolongado grito de “¡Niñaaa... el lateroooo!”,
una llamada que hacía salir a las vecinas con ollas, barreños, peroles,
sartenes o lebrillos dañados, confiando en que aquel artesano les devolviera la
utilidad.
Imagen de 1950 (ver) (CC BY 3.0)
Su lugar de
trabajo podía ser una acera, un portal, un patio de vecinos o cualquier rincón
donde pudiera instalar su improvisado taller. Allí extendía cuidadosamente sus
herramientas: un pequeño hornillo o brasero de carbón donde calentaba el
soldador de cobre, barras de estaño, pasta para soldar, martillos, limas,
tijeras para chapa y otros útiles sencillos, pero extraordinariamente eficaces.
Sentado en un taburete o trabajando en cuclillas, reparaba cada pieza delante
del cliente con una habilidad adquirida tras años de experiencia.
Hojalatero trabando en la calle. España 1948. Nicolás Müller
(ver) (CC BY 3.0)
Su labor
consistía principalmente en devolver la vida a recipientes metálicos
agujereados o deteriorados por el uso. Soldaba con estaño ollas, cazuelas,
sartenes, peroles, barreños de zinc, cántaros para aceite o leche y multitud de
utensilios de cocina que, de otro modo, habrían quedado inservibles. También
reparaba paraguas artesanales, muy comunes hasta mediados del siglo XX, e
incluso fabricaba pequeños objetos domésticos —como embudos, jarras, candiles,
faroles o moldes para churros— reutilizando antiguas latas de conserva, en un
ejemplo admirable de reciclaje cuando esa palabra ni siquiera existía en el
vocabulario cotidiano.
Ignacio el latero a la puerta de su taller. Años 70. Tomás
L. Chaves Antolín (ver) (CC BY 3.0)
Una de sus
técnicas más características era el empleo de la laña, una pequeña grapa de
cobre o hierro que servía para unir las partes fracturadas de recipientes de
barro o de metal. Estas reparaciones permitían prolongar durante años la vida
útil de objetos que hoy serían sustituidos sin pensarlo. La economía doméstica
de la época no admitía desperdicios: nada se tiraba si todavía podía arreglarse.
En numerosas
ocasiones el trabajo del latero no se pagaba únicamente con dinero. En los años
más duros de la posguerra era frecuente que recibiera alimentos, aceite,
huevos, legumbres o cualquier otro producto básico mediante el trueque, una
práctica habitual en una sociedad donde el efectivo escaseaba tanto como los
bienes de consumo.
La presencia
del latero reflejaba una forma de entender la vida basada en el aprovechamiento
máximo de los recursos. Cada reparación suponía un pequeño alivio para las
economías familiares y evitaba un gasto que muchas veces resultaba imposible
afrontar.
Sin embargo, el
desarrollo económico iniciado a finales de los años cincuenta transformó
profundamente aquella realidad. La aparición de utensilios fabricados en
aluminio y, posteriormente, en plástico, mucho más baratos y fáciles de
sustituir, hizo que la reparación dejara de ser rentable. La producción
industrial y la progresiva implantación de una sociedad de consumo cambiaron
los hábitos domésticos, relegando estos oficios tradicionales a un lento e
inevitable declive. Muchos lateros abandonaron la profesión o encontraron
empleo en actividades relacionadas, como la fontanería o la reparación
industrial.
Hoy el latero prácticamente ha desaparecido, pero su recuerdo permanece como símbolo de una época marcada por la escasez y el ingenio. Representa la cultura del aprovechamiento frente a la del consumo inmediato y nos recuerda un tiempo en el que la habilidad de unas manos expertas podía prolongar durante muchos años la vida de un simple cacharro de cocina. Su figura constituye, en definitiva, un valioso testimonio de la historia cotidiana de la España de la posguerra y de la extraordinaria capacidad de adaptación de quienes aprendieron a sobrevivir cuando reparar era, sencillamente, la única opción.




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