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Calle Lagar.
La calle Lagar es una de las vías más
singulares del casco histórico de Sevilla. Situada entre las calles Lineros,
Puente y Pellón y Cuna, conserva el trazado irregular propio del urbanismo
medieval y constituye un discreto pasaje que enlaza dos de las zonas
comerciales más importantes de la ciudad. A pesar de su reducido tamaño,
atesora una historia estrechamente ligada a antiguos oficios artesanales, a la
evolución del centro urbano y a algunas curiosidades artísticas que hoy llaman
la atención del visitante.
Calle Lagar
Su nombre no guarda relación con la
elaboración del vino, como podría suponerse a primera vista. La denominación
procede del antiguo Lagar de la Cera, documentado al menos desde comienzos del
siglo XVIII, aunque probablemente de origen anterior. En esta calle existía un
establecimiento donde se prensaban los panales de las colmenas para extraer y
blanquear la cera, un producto de enorme importancia antes de la generalización
del alumbrado de gas y de la electricidad. La cera era indispensable para la
fabricación de velas destinadas tanto al uso doméstico como, sobre todo, al
culto religioso, por lo que su elaboración constituía una actividad económica
de considerable relevancia en una ciudad como Sevilla, donde conventos, iglesias
y cofradías demandaban grandes cantidades de este material. En la reforma
general del callejero de 1845 el Ayuntamiento simplificó su denominación,
quedando reducida al nombre de calle Lagar, que conserva en la actualidad.
Su trazado constituye uno de los rasgos
más característicos de la vía. Está formada por tres pequeños tramos que se
suceden en ángulo recto y que se van estrechando progresivamente hasta
desembocar en la calle Cuna por un paso cuya anchura apenas supera el metro.
Esta configuración, heredada de la Sevilla medieval, ha permanecido
prácticamente inalterada a pesar de los numerosos proyectos de alineación
aprobados entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, que
pretendían ensanchar la calle para facilitar la circulación. Ninguno de ellos
llegó a ejecutarse por completo, permitiendo que el recorrido conserve hoy el
encanto de las antiguas callejas sevillanas.
Desde la calle Buiza y Mensaque
desemboca uno de sus laterales y, aproximadamente a la altura del número 8, un
pasaje cubierto abierto durante una intervención urbanística moderna comunica
directamente con la calle Cuna, constituyendo un discreto acceso entre ambas
vías.
Actualmente sigue siendo una vía
peatonal, sin aceras diferenciadas y con algunos antiguos salvarruedas de
piedra adosados a las fachadas, elementos destinados a proteger las esquinas
del roce de carros y carruajes que aún recuerdan la intensa actividad urbana de
otros tiempos.
La edificación combina viviendas
tradicionales de finales del siglo XIX, muchas organizadas alrededor del
clásico patio sevillano, con edificios de mayor altura construidos durante el
siglo XX. Entre ellas sobresalen dos antiguos corrales de vecinos, testimonios
de una forma de vida comunitaria que durante siglos fue habitual en Sevilla.
Especialmente significativo resulta el situado en el número 5, cuya sencilla
fachada apenas deja entrever la existencia del patio interior, todavía
habitado, conservando buena parte de su estructura original.
Durante el siglo XIX la calle mantuvo
cierta actividad económica. En ella se encontraba la prestigiosa imprenta de
Gironés y Orduña, dedicada a la edición de numerosas publicaciones, así como un
colegio de primera y segunda enseñanza bajo la advocación del Divino Salvador.
En la actualidad predomina el uso residencial, aunque la proximidad de Cuna,
Lineros y Puente y Pellón mantiene cierta presencia comercial, especialmente en
la confluencia con esta última calle, donde los grandes establecimientos ocupan
buena parte de la manzana.
Uno de los elementos más llamativos de
la calle se encuentra precisamente en la esquina con Puente y Pellón. Sobre la
fachada de un edificio rehabilitado en 2008 trepa un enorme caracol de bronce,
obra del escultor sevillano Chiqui Díaz, reconocido por sus esculturas urbanas
inspiradas en el mundo animal. La pieza, titulada “Caracol”,
formó parte de la exposición “Arte Animalista del
Mediterráneo”, celebrada durante la Feria del Libro de Sevilla de
2008 en la plaza de San Francisco. Tras finalizar la muestra, la escultura fue
instalada de forma permanente en este edificio, convirtiéndose en una de las
curiosidades artísticas más originales del centro histórico. Su presencia
sorprende al paseante y constituye un excelente ejemplo de la integración del
arte contemporáneo en el patrimonio urbano de Sevilla.
Esquina de Lagar con Puente y Pellón
Detalle del Caracol
Hoy, la calle Lagar continúa siendo un rincón tranquilo dentro del bullicioso centro comercial sevillano. Su nombre recuerda la importancia que tuvo la industria de la cera en la ciudad; su trazado conserva la esencia del urbanismo medieval; sus antiguos corrales de vecinos evocan formas de vida desaparecidas y el gran caracol de bronce añade una inesperada nota contemporánea. Todo ello convierte a esta pequeña calle en un espacio donde conviven la memoria de los antiguos oficios, la arquitectura tradicional y la creatividad artística del presente.
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