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Iglesia del Salvador. Hermandad de san Crispín y san Crispiniano.
La Hermandad de
San Crispín y San Crispiniano fue una de las más importantes corporaciones
gremiales de la Sevilla moderna y constituye un magnífico ejemplo de la
estrecha relación que existió durante siglos entre los oficios artesanales, la
vida religiosa y la organización social de la ciudad.
Fundada en 1515
por el gremio de los zapateros, estableció su sede en la Iglesia Colegial del
Divino Salvador, el segundo templo más importante de Sevilla después de la
Catedral, circunstancia que refleja el elevado prestigio y la notable capacidad
económica alcanzada por este colectivo profesional.
La hermandad
nació con un marcado carácter gremial. Para pertenecer a ella era
imprescindible ejercer el oficio de zapatero, de modo que la corporación
funcionaba como una institución cerrada cuyos miembros compartían no solo una
misma profesión, sino también una profunda devoción hacia sus santos patronos.
Entre sus principales fines figuraban el culto a San Crispín y San Crispiniano,
la asistencia mutua entre los hermanos y la garantía de un entierro digno para
todos sus integrantes, una de las principales funciones de las antiguas
hermandades gremiales.
Los titulares
de la corporación fueron San Crispín y San Crispiniano, dos hermanos de origen
romano que, según la tradición cristiana, vivieron durante el siglo III.
Pertenecientes a una familia noble, huyeron de la persecución contra los
cristianos y se establecieron en la ciudad de Soissons, en la Galia. Allí
trabajaban como zapateros durante el día para ganarse el sustento mientras
dedicaban su tiempo libre a predicar el Evangelio. Su fidelidad a la fe les
llevó finalmente al martirio, convirtiéndose desde entonces en patronos
universales de los zapateros, curtidores, peleteros y de todos los oficios
relacionados con el cuero. Su festividad litúrgica se celebra el 25 de octubre
y durante siglos fue una fecha especialmente señalada para el gremio sevillano.
La importancia
alcanzada por los zapateros en la Sevilla del Renacimiento queda reflejada en
la fuerza de su organización profesional. A comienzos del siglo XVI el gremio
reunía alrededor de 350 maestros y oficiales, situándose entre los más
numerosos y poderosos de la ciudad. La industria del cuero constituía entonces
una de las principales actividades económicas sevillanas, favorecida por el
extraordinario crecimiento urbano y comercial derivado del monopolio del
comercio con América. Hermandad y gremio eran, en la práctica, una misma
institución, de modo que el prestigio económico del oficio se traducía también en
una destacada presencia dentro de la vida religiosa de la ciudad.
Desde sus
primeros tiempos la corporación contó con un altar propio en una de las naves
laterales de la antigua colegiata del Salvador. Sin embargo, tras la
reconstrucción barroca del templo, concluida a comienzos del siglo XVIII, los
hermanos consideraron que el antiguo retablo resultaba insuficiente para la
magnificencia del nuevo edificio. En 1730 decidieron sustituirlo por otro de
mayor riqueza artística, afirmando en sus acuerdos que el existente era «de
fábrica antigua y de decencia no correspondiente» a la grandiosidad alcanzada
por la iglesia. El nuevo retablo fue encargado a los ensambladores y
arquitectos Francisco José y José Fernando de Medinilla, quienes realizaron una
elegante estructura barroca adaptada al esplendor del renovado templo.
Este retablo se
conserva todavía en la cabecera de la nave de la Epístola de la Iglesia del
Salvador, aunque hoy preside el altar una imagen de la Sagrada Entrada en
Jerusalén, conocida popularmente como “La Borriquita”. No obstante, permanecen
en él las esculturas de San Crispín y San Crispiniano, situadas a ambos lados
de la hornacina principal, silenciosos testigos de la antigua presencia de la
hermandad zapatera. Constituyen uno de los escasos vestigios materiales que
recuerdan la existencia de aquella corporación gremial que durante más de tres
siglos desempeñó un importante papel en la religiosidad sevillana.
Retablo de la
Borriquita
Santos Crispín
y Crispiniano
La vinculación
del gremio con el entorno del Salvador también quedó reflejada en el urbanismo
de la ciudad. Muy cerca del templo, especialmente en la actual calle Córdoba,
que durante largo tiempo recibió el nombre de calle de los Zapateros Viejos, se
concentraba un elevado número de talleres y viviendas pertenecientes a los
artesanos del calzado. Aquella presencia marcó profundamente el carácter
comercial de la zona y explica que todavía hoy continúe siendo uno de los lugares
de Sevilla donde se concentran numerosos establecimientos dedicados a la venta
de calzado, manteniendo de forma indirecta una tradición iniciada hace más de
quinientos años.
Como ocurrió
con muchas otras hermandades gremiales, la corporación comenzó a perder fuerza
durante el siglo XIX. La desaparición progresiva de los antiguos gremios, las
transformaciones económicas derivadas de la industrialización y el clima de
inestabilidad política y religiosa de la época acabaron provocando su
extinción. Mientras otras cofradías lograron adaptarse transformándose en
hermandades abiertas a todos los fieles, la estricta vinculación de la
Hermandad de San Crispín y San Crispiniano al oficio de zapatero dificultó su
supervivencia cuando el antiguo sistema gremial desapareció.
Pese a ello, la memoria de esta corporación permanece viva en el patrimonio de la Iglesia del Salvador y en la propia historia de Sevilla. Su antiguo retablo, las imágenes de sus santos patronos y el recuerdo de los antiguos barrios de zapateros evocan una época en la que los oficios artesanales constituían uno de los pilares fundamentales de la sociedad urbana. La Hermandad de San Crispín y San Crispiniano representa así el legado de una Sevilla donde el trabajo, la fe y la solidaridad se encontraban profundamente unidos, dejando una huella que aún hoy puede descubrirse entre las capillas y las calles que rodean el histórico templo del Salvador.
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