ALGUNAS CURIOSIDADES DE SEVILLA
Repartidor de hielo.
Hubo un tiempo, no tan lejano, en que combatir el calor
sevillano exigía ingenio, paciencia y el aprovechamiento de unos recursos muy
distintos de los actuales.
En los años
cuarenta, cincuenta y primeros sesenta del siglo XX, cuando el frigorífico
eléctrico era un artículo excepcional, el hielo constituía uno de los bienes
más apreciados durante los interminables veranos en los que el termómetro podía
alcanzar y superar con facilidad los 40 grados.
Una de las
estampas que permanece en la memoria de muchos sevillanos de aquella generación
es la del vendedor de hielo recorriendo las calles con su característico “carro
de la nieve”, para repartir en casas, bares, heladerías y otros
establecimientos que dependían del hielo para conservar alimentos o preparar y
mantener frías sus bebidas y productos.
Desde las
fábricas, el transporte hasta los distintos puntos de reparto se realizaba
inicialmente mediante carros y, posteriormente, mediante vehículos adaptados
para conservar el producto. El aislamiento disponible era muy rudimentario y uno
de los materiales fundamentales era el corcho, capaz de retrasar la fusión del
hielo durante el trayecto.
Carro de Hielo. (ver) (CC BY 3.0)
Las barras eran voluminosas y pesadas y
el repartidor las transportaba sobre el hombro, protegido mediante un trozo de
saco o tela gruesa. Era un trabajo duro, especialmente bajo el sol sevillano,
que obligaba a manipular continuamente grandes bloques helados que,
inevitablemente, comenzaban a derretirse desde el momento en que salían de la
fábrica.
La barra de “nieve” se vendía y cortaba
en porciones. Una de las medidas habituales para el consumo doméstico era
aproximadamente un cuarto de barra.
Corte de la barra de nieve. (ver) (CC BY 3.0)
En los hogares, las antiguas neveras domésticas
constituían un elemento esencial de este sistema. No eran todavía los
frigoríficos eléctricos que hoy conocemos, sino unos armarios de madera
elevados sobre patas y aislados interiormente mediante corcho. En su interior
se colocaba un trozo de barra de hielo que proporcionaba el frío necesario para
conservar los alimentos. En algunos modelos, el hielo se situaba sobre una
estructura metálica o una espiral por la que circulaba el agua destinada al
consumo, consiguiendo así mantenerla fresca.
A medida que transcurría el día, el
bloque iba perdiendo volumen y convirtiéndose lentamente en agua. Al final de
la jornada era necesario retirar el agua del deshielo, renovar el hielo y
volver a llenar el depósito destinado al agua de beber. De esta manera, mantener
agua fresca y conservar los alimentos durante el verano exigía una tarea
cotidiana que hoy resulta difícil de imaginar.
Antigua nevera de madera. (ver) (CC BY 3.0)
La progresiva electrificación y la
incorporación de sistemas de refrigeración eléctrica fueron haciendo
innecesario el suministro diario de hielo. En los bares, la modernización de
las máquinas de refrigeración durante la segunda mitad de los años cincuenta y
comienzos de los sesenta supuso un golpe definitivo para el negocio
tradicional.
Así desapareció paulatinamente una profesión que durante décadas había formado parte de la vida cotidiana de Sevilla y el oficio del repartidor de hielo nos recuerda hasta qué punto ha cambiado la vida cotidiana en apenas unas generaciones.