ALGUNAS CURIOSIDADES DE SEVILLA
El Cosario.
El cosario fue una figura indispensable en la vida
cotidiana de los pueblos españoles hasta bien entrada la segunda mitad del
siglo XX. Heredero directo de los antiguos arrieros, este oficio desempeñó un
papel esencial en una época en la que las comunicaciones eran escasas, los
desplazamientos resultaban lentos y la mayoría de las familias carecía de
vehículo propio. Su labor consistía en transportar personas, mercancías y toda
clase de encargos entre las capitales y las localidades de su entorno, convirtiéndose
en el principal vínculo entre el mundo rural y la ciudad.
Cosario de Arahal a Sevilla (ver) (CC BY 3.0)
El nombre de “cosario” procede precisamente de la
palabra “cosa”, pues su cometido era llevar y traer cualquier tipo de objeto
que se le confiara. En sus viajes transportaba medicinas, alimentos, telas,
herramientas, piezas de repuesto, compras realizadas en los comercios de la
capital e incluso pequeños encargos personales que las familias necesitaban con
urgencia. Todo aquello que no podía encontrarse en el pueblo llegaba gracias al
cosario. Solo existía una excepción: las cartas, cuya distribución correspondía
en exclusiva al servicio de Correos, por lo que los cosarios tenían prohibido
transportar correspondencia.
La
jornada del cosario comenzaba muy temprano. Habitualmente recorría cada día la
misma ruta entre la capital y varios pueblos, recogiendo los encargos de
comerciantes y particulares para entregarlos en su destino. En las ciudades era
fácil localizarlo, pues solía tener una parada fija en una fonda, una posada o
una plaza donde acudían quienes necesitaban enviar o recoger mercancías. En
muchos lugares estos espacios acabaron identificándose popularmente con el
oficio, como ocurrió con la conocida Plaza de los Carros (actual Monte Sión), punto habitual de
reunión y salida de estos transportistas.
Los primeros cosarios realizaban sus recorridos a pie,
con caballerías o utilizando carros tirados por animales, siguiendo las
antiguas rutas de los arrieros. Con el paso del tiempo incorporaron medios de
transporte más modernos que les permitieron aumentar la carga y reducir los
tiempos de viaje. Durante las décadas centrales del siglo XX era frecuente
verlos conducir motocarros, sidecares, pequeños camiones, camionetas o
furgonetas, aunque en algunos pueblos todavía continuaron utilizando carros,
carretillas e incluso bicicletas para completar el reparto.
Más que simples transportistas, los cosarios eran
personajes muy conocidos y respetados por todos. Conocían a las familias,
sabían quién esperaba un paquete o quién necesitaba un medicamento urgente, y a
menudo actuaban como intermediarios entre comerciantes, agricultores y vecinos.
Gracias a ellos circulaban no solo los productos, sino también las noticias,
los periódicos y las novedades procedentes de la capital, contribuyendo a
romper el aislamiento en el que vivían muchas poblaciones.
La desaparición del oficio llegó de forma paulatina a
partir de los años sesenta y setenta. La mejora de las carreteras, la
generalización del automóvil, el desarrollo de las empresas de transporte y
mensajería y el aumento del nivel de vida hicieron innecesaria la figura del
cosario. Cada familia pudo desplazarse por sus propios medios y los
comerciantes comenzaron a recibir directamente los suministros de sus
proveedores.
Hoy el término apenas se utiliza y ha sido sustituido
por palabras como “mensajero” o, más recientemente, por el anglicismo “rider”.
Sin embargo, el viejo cosario representó mucho más que un simple repartidor.
Fue un auténtico nexo entre el campo y la ciudad, una figura imprescindible
para el funcionamiento de la economía local y un testimonio de una forma de
vida basada en la confianza, la cercanía y el conocimiento personal de quienes
dependían de sus viajes diarios para mantener el contacto con el exterior.

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