miércoles, 22 de julio de 2026

ALGUNAS CURIOSIDADES DE SEVILLA

El Cosario.

El cosario fue una figura indispensable en la vida cotidiana de los pueblos españoles hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX. Heredero directo de los antiguos arrieros, este oficio desempeñó un papel esencial en una época en la que las comunicaciones eran escasas, los desplazamientos resultaban lentos y la mayoría de las familias carecía de vehículo propio. Su labor consistía en transportar personas, mercancías y toda clase de encargos entre las capitales y las localidades de su entorno, convirtiéndose en el principal vínculo entre el mundo rural y la ciudad.

Cosario de Arahal a Sevilla (ver) (CC BY 3.0)

El nombre de “cosario” procede precisamente de la palabra “cosa”, pues su cometido era llevar y traer cualquier tipo de objeto que se le confiara. En sus viajes transportaba medicinas, alimentos, telas, herramientas, piezas de repuesto, compras realizadas en los comercios de la capital e incluso pequeños encargos personales que las familias necesitaban con urgencia. Todo aquello que no podía encontrarse en el pueblo llegaba gracias al cosario. Solo existía una excepción: las cartas, cuya distribución correspondía en exclusiva al servicio de Correos, por lo que los cosarios tenían prohibido transportar correspondencia.

La jornada del cosario comenzaba muy temprano. Habitualmente recorría cada día la misma ruta entre la capital y varios pueblos, recogiendo los encargos de comerciantes y particulares para entregarlos en su destino. En las ciudades era fácil localizarlo, pues solía tener una parada fija en una fonda, una posada o una plaza donde acudían quienes necesitaban enviar o recoger mercancías. En muchos lugares estos espacios acabaron identificándose popularmente con el oficio, como ocurrió con la conocida Plaza de los Carros (actual Monte Sión), punto habitual de reunión y salida de estos transportistas.

Los primeros cosarios realizaban sus recorridos a pie, con caballerías o utilizando carros tirados por animales, siguiendo las antiguas rutas de los arrieros. Con el paso del tiempo incorporaron medios de transporte más modernos que les permitieron aumentar la carga y reducir los tiempos de viaje. Durante las décadas centrales del siglo XX era frecuente verlos conducir motocarros, sidecares, pequeños camiones, camionetas o furgonetas, aunque en algunos pueblos todavía continuaron utilizando carros, carretillas e incluso bicicletas para completar el reparto.

Más que simples transportistas, los cosarios eran personajes muy conocidos y respetados por todos. Conocían a las familias, sabían quién esperaba un paquete o quién necesitaba un medicamento urgente, y a menudo actuaban como intermediarios entre comerciantes, agricultores y vecinos. Gracias a ellos circulaban no solo los productos, sino también las noticias, los periódicos y las novedades procedentes de la capital, contribuyendo a romper el aislamiento en el que vivían muchas poblaciones.

La desaparición del oficio llegó de forma paulatina a partir de los años sesenta y setenta. La mejora de las carreteras, la generalización del automóvil, el desarrollo de las empresas de transporte y mensajería y el aumento del nivel de vida hicieron innecesaria la figura del cosario. Cada familia pudo desplazarse por sus propios medios y los comerciantes comenzaron a recibir directamente los suministros de sus proveedores.

Hoy el término apenas se utiliza y ha sido sustituido por palabras como “mensajero” o, más recientemente, por el anglicismo “rider”. Sin embargo, el viejo cosario representó mucho más que un simple repartidor. Fue un auténtico nexo entre el campo y la ciudad, una figura imprescindible para el funcionamiento de la economía local y un testimonio de una forma de vida basada en la confianza, la cercanía y el conocimiento personal de quienes dependían de sus viajes diarios para mantener el contacto con el exterior.

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