miércoles, 22 de julio de 2026

 ALGUNAS CURIOSIDADES DE SEVILLA

Los Recoveros.

Durante buena parte del siglo XX, y especialmente en los difíciles años de la posguerra española, la supervivencia de miles de familias rurales dependió de una economía basada en el autoconsumo, el aprovechamiento de todos los recursos disponibles y el intercambio de productos. En ese contexto surgió una figura imprescindible, hoy prácticamente desaparecida y casi olvidada: el recovero.

Durante buena parte del siglo XX, y especialmente en los difíciles años de la posguerra española, la supervivencia de miles de familias rurales dependió de una economía basada en el autoconsumo, el aprovechamiento de todos los recursos disponibles y el intercambio de productos. En ese contexto surgió una figura imprescindible, hoy prácticamente desaparecida y casi olvidada: el recovero.

Los recoveros eran comerciantes ambulantes que recorrían pueblos, aldeas y cortijos transportando sus mercancías a lomos de mulos, burros o caballos, y más tarde en pequeñas furgonetas cuando mejoraron las comunicaciones. Su labor iba mucho más allá de la simple venta de productos. Actuaban como intermediarios entre el mundo rural y las poblaciones de mayor tamaño, llevando hasta los lugares más aislados aquellos artículos que las familias campesinas no podían producir por sí mismas.

Recovero (ver) (CC BY 3.0)

La economía de muchas comarcas españolas apenas generaba dinero en efectivo. Los jornales eran escasos y mal remunerados, mientras que las familias obtenían la mayor parte de su sustento de sus propias huertas, corrales y pequeños rebaños. Sin embargo, necesitaban adquirir telas, calzado, azúcar, arroz, café, jabón, utensilios domésticos, menaje, pescado en salazón o herramientas. Para conseguir estos bienes recurrían al trueque, sistema en el que el recovero desempeñaba un papel fundamental.

Los productos entregados como pago eran muy variados. Los huevos constituían la principal moneda de cambio debido a su gran demanda en las ciudades, aunque también se intercambiaban gallinas, pollos, conejos, pavos, trigo, cebada, lana recién esquilada, productos de la huerta, pieles de animales e incluso leña en determinadas comarcas serranas. Aunque el pago se realizaba en especie, cada mercancía era valorada en pesetas para facilitar la contabilidad. El recovero anotaba cuidadosamente las operaciones en una libreta y ajustaba las cuentas según la cotización semanal de los productos, especialmente la del huevo, cuyo precio variaba según la época del año.

Recovero (ver) (CC BY 3.0)

En torno al comercio del huevo llegó a desarrollarse toda una actividad económica. Los recoveros recorrían las aldeas recogiendo docenas que después protegían cuidadosamente con paja o virutas dentro de cajas y jaulas de madera para evitar roturas durante el transporte. Una vez reunidas grandes cantidades, los cargamentos eran enviados en camiones hacia las ciudades, donde eran vendidos en mercados y tiendas de alimentación. En algunas zonas incluso surgieron pequeñas explotaciones avícolas para abastecer esta creciente demanda.

El recovero no solo comerciaba. Era también recadero, mensajero e incluso portavoz de noticias. Transportaba cartas, encargos y pequeños paquetes entre pueblos, transmitía avisos familiares y mantenía informadas a las personas que vivían en cortijos alejados de cualquier núcleo urbano. En una época sin teléfono, televisión ni buenas carreteras, su llegada suponía conocer las novedades de la comarca: nacimientos, bodas, fallecimientos o cualquier otro acontecimiento importante. Para muchas familias era el único contacto periódico con el exterior.

El oficio requería un profundo conocimiento del territorio y una enorme resistencia física. Las jornadas comenzaban antes del amanecer y podían prolongarse durante varios días recorriendo caminos de montaña, veredas embarradas y senderos prácticamente intransitables. Además, era necesario disponer de una autorización municipal para ejercer legalmente la actividad, conocida popularmente como matrícula o licencia de ropavejero.

El declive de los recoveros comenzó a finales de la década de 1960. La mecanización del campo, el éxodo rural, la mejora de las carreteras, la aparición de nuevas explotaciones ganaderas próximas a las ciudades y el desarrollo del comercio tradicional hicieron innecesaria su labor.

Hoy la figura del recovero forma parte de la memoria colectiva de la España rural. Representa una época marcada por la escasez, el ingenio y la solidaridad vecinal, en la que el intercambio de productos permitió sobrevivir a miles de familias. Su trabajo no solo facilitó el abastecimiento de las aldeas más aisladas, sino que contribuyó a mantener unidos territorios enteros mediante una red de confianza construida sobre el esfuerzo, la palabra dada y el conocimiento mutuo. Aunque el progreso económico acabó haciendo desaparecer este singular oficio, los recoveros dejaron una huella imborrable en la historia cotidiana del mundo rural español como auténticos enlaces entre el campo y la ciudad.

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