ALGUNAS CURIOSIDADES DE SEVILLA
El Calero.
El calero fue
uno de los oficios más duros y esenciales de la España tradicional. Durante
siglos, y de manera muy especial en la posguerra, estos artesanos desempeñaron
un papel imprescindible en la construcción, cuando la escasez de materiales
industriales obligaba a aprovechar los recursos que ofrecía la naturaleza. Su
trabajo consistía en transformar la piedra caliza en cal mediante un complejo
proceso de cocción en hornos tradicionales, un material indispensable para
levantar viviendas, fabricar morteros, revestir muros, encalar fachadas e
incluso desinfectar corrales, establos y aljibes.
Caleros trabajando en horno de cal (ver) (CC BY 3.0)
Se trataba de un oficio que, por lo general, se
transmitía de padres a hijos, requiriendo una amplia experiencia y un profundo
conocimiento del terreno. El calero no solo elaboraba la cal, sino que
controlaba todo el proceso productivo: localizaba las canteras de piedra
caliza, extraía el material con cuñas de hierro —y más tarde con pequeñas
cargas de pólvora—, transportaba las piedras en carros tirados por bueyes o mulas,
preparaba el horno, dirigía la cocción y, finalmente, distribuía la cal entre
albañiles, agricultores y particulares. Era una industria completamente
integrada en el medio rural, que aprovechaba los recursos del entorno sin
apenas depender de maquinaria.
Las caleras, u hornos de cal, se construían
habitualmente en parajes donde abundaban tanto la piedra caliza como la leña
necesaria para alimentar el fuego. Eran grandes pozos circulares excavados en
el terreno, de unos cuatro metros de profundidad y aproximadamente tres de
diámetro, cuyas paredes se revestían de arcilla para conservar mejor el calor.
La preparación del horno era una auténtica labor de ingeniería popular. Las
piedras más grandes se colocaban cuidadosamente formando una falsa bóveda que
debía soportar el peso de toda la carga sin derrumbarse. Una vez levantada esta
estructura, el resto del horno se rellenaba con nuevas capas de piedra y
combustible.
La cocción
constituía la fase más delicada. Durante tres días y tres noches el fuego debía
mantenerse vivo de manera constante, alcanzando temperaturas cercanas a los mil
grados. Los trabajadores se relevaban periódicamente para alimentar el horno
con leña, controlar el tiro del fuego y vigilar la evolución del humo, cuya
tonalidad permitía conocer el estado de la calcinación. Una atención
insuficiente podía echar a perder varios días de esfuerzo. Tras la quema, el
horno permanecía cerrado durante varios días más para que el enfriamiento se
produjera lentamente. Solo entonces se extraía la piedra ya convertida en cal
viva; las piezas que no habían alcanzado una cocción adecuada eran desechadas o
volvían a introducirse en una nueva hornada. Todo el proceso podía prolongarse
cerca de diez días.
La cal obtenida
tenía múltiples aplicaciones. Mezclada con arena daba lugar a morteros de gran
resistencia utilizados en la construcción tradicional; disuelta en agua servía
para blanquear las fachadas de las viviendas, proporcionando luminosidad y
actuando además como desinfectante natural gracias a sus propiedades
bactericidas. También se empleaba en la agricultura, la ganadería y diversas
labores artesanales, convirtiéndose en un producto imprescindible para la vida
cotidiana de los pueblos.
En muchas sierras españolas, como las de Andalucía, la
actividad de los caleros constituyó durante décadas el principal sustento
económico de numerosas familias. La calidad de la cal dependía de la pureza de
la roca empleada: las calizas más limpias producían las denominadas "cales
grasas", muy apreciadas en la construcción, mientras que las piedras con
mayor contenido arcilloso daban lugar a las llamadas "cales magras",
de menores prestaciones.
El oficio comenzó a desaparecer a partir de la década de 1960, cuando el cemento Portland, las pinturas industriales y la mecanización de la construcción sustituyeron progresivamente a la cal artesanal. Los hornos fueron abandonándose y muchas de aquellas caleras acabaron derruidas o cubiertas por la vegetación. Sin embargo, algunas han sido restauradas y protegidas como parte del patrimonio etnográfico, destacando las Caleras de la Sierra de Morón, en Sevilla, donde todavía se conserva la producción tradicional de cal y se mantiene viva la memoria de un oficio que fue fundamental para la arquitectura popular y para la economía rural durante generaciones.

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