ALGUNAS CURIOSIDADES DE SEVILLA
Los Arrieros.
Los arrieros
constituyeron durante siglos una de las figuras esenciales del transporte y del
comercio en la Península Ibérica, pues su origen se atribuye a los
árabes asentados en la Península.
Grabado de Arrieros (ver) (CC BY 3.0)
Su oficio consistía en conducir recuas de mulas, burros
o caballos cargados con mercancías, enlazando pueblos, ciudades y cortijos a
través de caminos, cañadas y senderos de montaña por los que era imposible
transitar con carros. Antes del desarrollo de la red ferroviaria y de las
carreteras modernas, la arriería fue el principal sistema de distribución de
productos de primera necesidad y un elemento indispensable para la articulación
económica del territorio.
Arrieros
con burros aparejados con angarillas de bolsa en Castro del Río (Córdova)
(ver) (CC BY 3.0)
El término “arriero” deriva del verbo arrear, es decir, guiar a las bestias mediante órdenes
breves como “¡arre!” para iniciar la marcha o “¡so!” para detenerla. Los
animales viajaban agrupados en recuas o arrías y, en los pasos más estrechos,
avanzaban sujetos unos a otros formando una reata.
Las mulas eran el animal más
valorado por su resistencia, seguridad en
terrenos escarpados y capacidad para transportar grandes cargas, que podía oscilar entre los
90 y los 130 kilos, mientras que los burros transportaban menos peso. A diferencia de los bueyes, las acémilas soportaban mejor el
calor y requerían menos recursos para alimentarse, una ventaja decisiva en
tiempos de penuria como los de la posguerra española.
El trabajo del arriero exigía una notable experiencia.
Era necesario distribuir cuidadosamente la carga mediante albardas, serones,
alforjas o angarillas para evitar que el peso desequilibrara al animal o dañara
la mercancía. Además de transportar productos ajenos, muchos arrieros actuaban
como comerciantes ambulantes, comprando y vendiendo aceite, vino, sal, tejidos,
cereales, carbón, madera, frutas o materiales de construcción, aprovechando las
diferencias de producción entre unas comarcas y otras. Su conocimiento de los
caminos y de los mercados los convirtió en intermediarios fundamentales entre
el mundo rural y los centros urbanos.
La arriería tuvo una especial relevancia en las
regiones montañosas, donde la complicada orografía impedía el uso de vehículos
de ruedas. En numerosos lugares de España surgieron auténticas comunidades de
arrieros, algunas de gran prestigio, como los célebres maragatos leoneses. En
otras zonas, como la Sierra de Gredos, la Vera, el Valle del Jerte o las Cinco
Villas abulenses, las recuas transportaban corcho, aceite, vino, higos,
aceitunas, frutas, carbón, pimentón o tabaco hacia las tierras altas y
regresaban cargadas de patatas, legumbres, harina o ganado, estableciendo un
continuo intercambio comercial entre ambas vertientes de la sierra.
Arrieros
La vida del arriero era dura y sacrificada. Pasaba
largas temporadas lejos de su hogar, pernoctando en ventas, posadas o incluso
al aire libre junto a sus animales. El cuidado de las caballerías era esencial,
pues constituían su principal patrimonio y medio de subsistencia. Mientras
ellos recorrían los caminos, la familia permanecía en el hogar atendiendo las
labores agrícolas y ganaderas, de modo que la arriería solía complementarse con
el cultivo de la tierra.
Durante la posguerra española el oficio recuperó una
importancia extraordinaria. La escasez de combustible, el deterioro de los
vehículos y el aislamiento económico hicieron que las recuas de mulas y burros
volvieran a convertirse en un medio de transporte imprescindible. En muchos
casos, los arrieros participaron también en el estraperlo, trasladando de noche
harina, aceite, trigo, azúcar o tabaco por senderos secundarios para eludir los
controles oficiales. Aquella actividad, aunque arriesgada, permitió abastecer a
numerosas poblaciones rurales en unos años marcados por la escasez.
Además de transportar mercancías, los arrieros
desempeñaban un importante papel social. Eran portadores de noticias, cartas,
relatos y canciones populares, contribuyendo a mantener la comunicación entre
comunidades alejadas. No es casual que de su mundo naciera el conocido refrán
«Arrieros somos y en el camino nos encontraremos», expresión que refleja la
continua relación entre quienes compartían los caminos y la idea de que las
acciones de cada uno terminan encontrando respuesta con el paso del tiempo.
La expansión del ferrocarril, la mejora de las carreteras y, sobre todo, la generalización del transporte por camión durante la segunda mitad del siglo XX provocaron el progresivo abandono de la arriería. Aunque hoy el oficio prácticamente ha desaparecido, salvo en contados trabajos agrícolas en zonas de difícil acceso, su legado permanece vivo en la memoria popular, en numerosas fiestas tradicionales y en el rico patrimonio etnográfico español, recordándonos la decisiva contribución de aquellos hombres y sus caballerías al desarrollo económico y a la vertebración del territorio.





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