miércoles, 16 de septiembre de 2026

AREA CENTRO 1

Edificio-Bar Laredo.

El edificio del Bar Laredo constituye uno de los conjuntos más reconocibles del paisaje urbano de la Plaza de San Francisco. Situado en un punto particularmente estratégico, en la confluencia de las calles Sierpes, Polavieja y Granada con la propia plaza, el inmueble forma una de esas esquinas de Sevilla que, por su arquitectura y por la prolongada actividad de su establecimiento hostelero, han terminado incorporándose a la memoria colectiva de la ciudad.

Conviene, sin embargo, distinguir la historia del edificio de la del conocido bar que le ha dado nombre. El inmueble es muy anterior al establecimiento Laredo. Su proyecto fue realizado en 1918 por el arquitecto Ramón Balbuena y Huertas, dentro de las corrientes del regionalismo sevillano.

 El edificio, de cinco plantas sobre la baja, fue objeto posteriormente de diversas intervenciones y modificaciones. Entre ellas destacan las realizadas en 1927 y 1930, relacionadas con los arquitectos Manuel Cuadrillero Sáez y Jesús Yanguas, que introdujeron o alteraron determinados aspectos de su configuración.

Por ello, la sucesión de actuaciones explica que el inmueble que hoy contemplamos no deba considerarse exclusivamente como el resultado de un único proyecto de 1918, sino como el producto de un proceso constructivo y ornamental desarrollado durante más de una década.

La planta baja tendría posteriormente una historia propia. Antes de la aparición del Laredo existía en este lugar la llamada Cervecería Sevillana, establecimiento que fue adquirido en 1939 por Rodrigo Díaz, empresario de origen montañés establecido en Sevilla. La transformación del negocio supuso un cambio radical del local y, finalmente, la adopción del nombre de Laredo, en recuerdo de la localidad cántabra de la que procedía su propietario.

La renovación del local en 1940 contó con un planteamiento estético propio, asociado al diseño de Juan Manuel Sánchez, y con la participación de destacados artistas y artesanos vinculados a las artes plásticas, entre ellos el pintor José Ruesga Salazar. La intervención transformó sustancialmente el establecimiento preexistente y dotó al nuevo bar de una personalidad diferenciada respecto de la arquitectura exterior del inmueble.

Bar Laredo (ver) (CC BY 3.0)

Las fuentes sitúan la apertura del establecimiento Laredo en distintos momentos, señalándose 1930 en algunas referencias y 1945 en otras. Esta aparente contradicción puede explicarse si se distingue entre los establecimientos hosteleros que ocuparon anteriormente el local y la apertura del Laredo propiamente dicho tras la profunda renovación acometida en la década de 1940. Es precisamente 1945 la fecha que se relaciona con la configuración del establecimiento que convirtió al Laredo en el célebre bar que ha llegado hasta nuestros días.

La fachada constituye uno de los mejores ejemplos del carácter ornamental que alcanzó el regionalismo sevillano en el ámbito de la arquitectura residencial y comercial. Su composición combina balcones y balconeras de madera con revestimientos cerámicos, ladrillo aplantillado y una abundante decoración de inspiración barroca. Las barandillas de forja, los capiteles, roleos, molduras y distintos elementos de remate contribuyen a crear una imagen monumental, mientras que los jarrones cerámicos que coronan la fachada acentúan su carácter sevillano.

El resultado es una fachada de acusado carácter neobarroco, rica en recursos decorativos y concebida para adquirir una especial presencia en uno de los espacios urbanos más transitados de Sevilla.

Edificio Laredo

Edificio Laredo

Detalle de los jarrones cerámicos que coronan la fachada

Detalle de los jarrones cerámicos que coronan la fachada

Detalle de ventanas

Detalle de azulejos

Detalle de azulejos

Desde entonces, el nombre de Laredo fue adquiriendo una fuerza extraordinaria en la percepción de los sevillanos hasta el punto de acabar identificando no solamente al establecimiento, sino al propio edificio.

En algún momento de su historia reciente llegó incluso a plantearse la continuidad del establecimiento, poniendo en peligro la permanencia de uno de los negocios más tradicionales del centro sevillano. Finalmente, el Laredo logró sobrevivir y mantener su actividad, conservando una imagen que, pese a las necesarias adaptaciones, continúa evocando la de aquel establecimiento que se incorporó definitivamente al paisaje de la Plaza de San Francisco durante el siglo XX.