AREA CENTRO 1
Edificio-Bar Laredo.
El edificio del Bar Laredo constituye uno de los
conjuntos más reconocibles del paisaje urbano de la Plaza de San Francisco.
Situado en un punto particularmente estratégico, en la confluencia de las
calles Sierpes, Polavieja y Granada con la propia plaza, el inmueble forma una
de esas esquinas de Sevilla que, por su arquitectura y por la prolongada
actividad de su establecimiento hostelero, han terminado incorporándose a la
memoria colectiva de la ciudad.
Conviene, sin embargo, distinguir la historia del
edificio de la del conocido bar que le ha dado nombre. El inmueble es muy
anterior al establecimiento Laredo. Su proyecto fue realizado en 1918 por el
arquitecto Ramón Balbuena y Huertas, dentro de las corrientes del regionalismo
sevillano.
El edificio, de
cinco plantas sobre la baja, fue objeto posteriormente de diversas
intervenciones y modificaciones. Entre ellas destacan las realizadas en 1927 y
1930, relacionadas con los arquitectos Manuel Cuadrillero Sáez y Jesús Yanguas,
que introdujeron o alteraron determinados aspectos de su configuración.
Por ello, la
sucesión de actuaciones explica que el inmueble que hoy contemplamos no deba
considerarse exclusivamente como el resultado de un único proyecto de 1918,
sino como el producto de un proceso constructivo y ornamental desarrollado
durante más de una década.
La planta baja tendría posteriormente una historia
propia. Antes de la aparición del Laredo existía en este lugar la llamada
Cervecería Sevillana, establecimiento que fue adquirido en 1939 por Rodrigo
Díaz, empresario de origen montañés establecido en Sevilla. La transformación
del negocio supuso un cambio radical del local y, finalmente, la adopción del
nombre de Laredo, en recuerdo de la localidad cántabra de la que procedía su
propietario.
La renovación
del local en 1940 contó con un planteamiento estético propio, asociado al
diseño de Juan Manuel Sánchez, y con la participación de destacados artistas y
artesanos vinculados a las artes plásticas, entre ellos el pintor José Ruesga
Salazar. La intervención transformó sustancialmente el establecimiento
preexistente y dotó al nuevo bar de una personalidad diferenciada respecto de
la arquitectura exterior del inmueble.
Las fuentes sitúan la apertura del establecimiento
Laredo en distintos momentos, señalándose 1930 en algunas referencias y 1945 en
otras. Esta aparente contradicción puede explicarse si se distingue entre los
establecimientos hosteleros que ocuparon anteriormente el local y la apertura
del Laredo propiamente dicho tras la profunda renovación acometida en la década
de 1940. Es precisamente 1945 la fecha que se relaciona con la configuración
del establecimiento que convirtió al Laredo en el célebre bar que ha llegado
hasta nuestros días.
La fachada constituye uno de los mejores ejemplos del
carácter ornamental que alcanzó el regionalismo sevillano en el ámbito de la
arquitectura residencial y comercial. Su composición combina balcones y
balconeras de madera con revestimientos cerámicos, ladrillo aplantillado y una
abundante decoración de inspiración barroca. Las barandillas de forja, los
capiteles, roleos, molduras y distintos elementos de remate contribuyen a crear
una imagen monumental, mientras que los jarrones cerámicos que coronan la
fachada acentúan su carácter sevillano.
El resultado es una fachada de acusado carácter
neobarroco, rica en recursos decorativos y concebida para adquirir una especial
presencia en uno de los espacios urbanos más transitados de Sevilla.
Edificio
Laredo
Edificio
Laredo
Detalle
de los jarrones cerámicos que coronan la fachada
Detalle
de ventanas
Detalle
de azulejos
Desde
entonces, el nombre de Laredo fue adquiriendo una fuerza extraordinaria en la
percepción de los sevillanos hasta el punto de acabar identificando no
solamente al establecimiento, sino al propio edificio.
En algún
momento de su historia reciente llegó incluso a plantearse la continuidad del
establecimiento, poniendo en peligro la permanencia de uno de los negocios más tradicionales
del centro sevillano. Finalmente, el Laredo logró sobrevivir y mantener su
actividad, conservando una imagen que, pese a las necesarias adaptaciones,
continúa evocando la de aquel establecimiento que se incorporó definitivamente
al paisaje de la Plaza de San Francisco durante el siglo XX.