lunes, 27 de julio de 2026

AREA CENTRO 1

Capilla de la Universidad.

Historia

La actual Capilla de la Universidad de Sevilla, conocida popularmente como la Capilla de los Estudiantes, constituye uno de los espacios religiosos más emblemáticos del antiguo edificio de la Real Fábrica de Tabacos. 

Su denominación popular se debe a que desde 1966 es la sede canónica de la Hermandad de los Estudiantes y a su ubicación dentro del recinto universitario. Sin embargo, su origen fue muy distinto, pues nació como la capilla de la gran manufactura tabaquera, destinada a atender las necesidades espirituales de los miles de trabajadores que desarrollaban allí su labor.

Su construcción comenzó hacia 1757, cuando la edificación de la Real Fábrica de Tabacos se encontraba prácticamente concluida. La dirección del proyecto correspondió al ingeniero militar Sebastián Van der Borcht, autor de la traza definitiva del monumental edificio, mientras que la elegante portada de piedra fue labrada por el escultor Vicente Catalán Bengoechea. Las obras se prolongaron durante aproximadamente cinco años, dando lugar a un templo sobrio y funcional que respondía a los principios arquitectónicos del barroco clasicista imperante en la segunda mitad del siglo XVIII.

La capilla fue concebida inicialmente con una única nave y un almacén adosado en uno de sus laterales. 

En aquella época no se encontraba aislada como sucede hoy, sino integrada en el complejo fabril mediante una serie de viviendas, dependencias auxiliares y cocheras que la comunicaban con la fábrica y que permanecieron en pie hasta comienzos del siglo XX. 

Su altar mayor estaba presidido por la Virgen de los Remedios, magnífica talla de madera policromada atribuida al escultor Benito de Hita y Castillo, realizada hacia 1762. Esta imagen continúa conservándose en la capilla, aunque actualmente ocupa el retablo situado en la cabecera de la nave del Evangelio.

A comienzos del siglo XX el templo inició una nueva etapa de su historia al convertirse en sede de la Hermandad de la Sagrada Columna y Azotes, popularmente conocida como Las Cigarreras por la estrecha vinculación que mantenía con las trabajadoras de la fábrica de tabacos. La corporación abandonó la iglesia de los Terceros para instalarse aquí en 1909, permaneciendo en la capilla hasta 1956. Durante este periodo la Virgen de la Victoria pasó a ocupar el altar principal, sustituyendo a la Virgen de los Remedios como imagen que presidía el templo. Además, para atender las necesidades de la hermandad se incorporó el antiguo almacén como una nave lateral, ampliando así el espacio disponible para el culto.

La transformación más importante de la capilla llegó a mediados del siglo XX, coincidiendo con el traslado de la Universidad de Sevilla desde la antigua Casa Profesa de los Jesuitas, en la calle Laraña, al histórico edificio de la Real Fábrica de Tabacos. En un primer momento se estudió la posibilidad de construir una gran capilla universitaria de nueva planta, de más de cuatrocientos metros cuadrados, situada en el corazón del edificio, junto al Paraninfo y el Aula Máxima. El proyecto, promovido por una comisión presidida por el escultor Antonio Illanes del Río, nunca llegó a materializarse. Finalmente se optó por conservar la histórica capilla del siglo XVIII y ampliarla mediante la construcción de una tercera nave, dotándola del aspecto basilical que presenta en la actualidad.

Las obras de remodelación concluyeron en 1966. Ese mismo año la Pontificia, Patriarcal e Ilustrísima Hermandad y Archicofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Buena Muerte y María Santísima de la Angustia, fundada en 1926 por profesores y estudiantes universitarios, trasladó definitivamente su sede desde la iglesia de la Anunciación hasta este templo, donde continúa establecida. Desde entonces, la capilla pasó a ser conocida de forma popular como la Capilla de los Estudiantes, convirtiéndose además en la capilla del Rectorado y en el principal espacio de culto de la comunidad universitaria.

Arquitectónicamente destaca su armoniosa fachada de piedra, presidida por una portada de líneas barrocas de gran sobriedad, mientras que el interior combina elementos originales del siglo XVIII con las ampliaciones realizadas durante el siglo XX. Esta evolución constructiva refleja las distintas etapas históricas del edificio: primero como capilla de una de las mayores industrias de la Europa ilustrada, después como sede de la Hermandad de las Cigarreras y, finalmente, como templo universitario y sede de una de las cofradías más representativas de la Semana Santa sevillana.

Hoy la Capilla de la Universidad constituye un espacio donde convergen la historia industrial de Sevilla, el patrimonio artístico, la tradición cofrade y la vida académica. Su estrecha vinculación con la antigua Real Fábrica de Tabacos y con la Universidad de Sevilla la convierte en un singular testimonio de la evolución de uno de los edificios más importantes del patrimonio histórico de la ciudad.

Exterior

El exterior de la Capilla de la Universidad constituye un magnífico ejemplo de integración arquitectónica dentro del monumental conjunto de la antigua Real Fábrica de Tabacos. 

Aunque hoy se percibe como un edificio exento, originalmente formaba parte del complejo fabril y fue concebida para armonizar plenamente con la arquitectura diseñada por el ingeniero militar Sebastián Van der Borcht, responsable de la construcción de uno de los edificios industriales más importantes de la Europa del siglo XVIII.

Capilla de la Universidad


La capilla se sitúa en el ángulo noreste del recinto de la antigua fábrica, frente a los Jardines del Prado de San Sebastián. 

En frente se levanta un edificio de características muy similares que antiguamente albergó la cárcel de la fábrica, destinada a recluir a los trabajadores que cometían infracciones laborales o pequeños delitos dentro del propio establecimiento. 

Ambos inmuebles fueron proyectados siguiendo un mismo lenguaje arquitectónico, lo que confiere a este sector del conjunto una notable unidad estética.

La fachada responde a la sobriedad característica del barroco clasicista que define toda la Real Fábrica de Tabacos. Sus muros aparecen revocados con los tradicionales colores almagra y albero, tan representativos de la arquitectura sevillana del siglo XVIII, mientras que los elementos estructurales y decorativos se ejecutaron en piedra tallada, creando un elegante contraste cromático que realza la portada principal.

El acceso al templo se realiza a través de una portada de piedra diseñada por Vicente Catalán Bengoechea, uno de los principales escultores y canteros que trabajaron en la ornamentación del edificio. 

La portada se enmarca mediante pilastras de piedra y culmina en un elegante frontón partido que deja espacio en su centro para un óculo circular, elemento que proporciona iluminación al interior y aporta ligereza al conjunto.

Detalle de la portada

Coronando la fachada se alza una esbelta espadaña de un solo vano destinada a alojar la campana que convocaba a los oficios religiosos. Su diseño sencillo y proporcionado, rematado por formas clásicas, constituye uno de los elementos más característicos del perfil exterior de la capilla. La verticalidad de la espadaña rompe la horizontalidad del edificio y actúa como un discreto hito visual dentro del extenso conjunto de la antigua fábrica.

Detalle de la espadaña

Detalle de la cruz y la veleta

Detalle de una cruz lateral

La orientación occidental de la portada principal permite que la luz de la tarde resalte la textura de la piedra y los tonos cálidos de los paramentos, realzando la belleza de una arquitectura concebida con criterios de funcionalidad, equilibrio y monumentalidad. A pesar de la sencillez de sus formas, el conjunto transmite una notable sensación de elegancia y solidez, en perfecta consonancia con el carácter institucional de la Real Fábrica de Tabacos.

El exterior de la Capilla de la Universidad es, por tanto, un excelente ejemplo de cómo la arquitectura religiosa podía integrarse en un gran complejo industrial sin perder dignidad monumental. La armonía de sus proporciones, la calidad de su cantería y la sobriedad de su decoración reflejan los ideales arquitectónicos de la Ilustración española y convierten este edificio en una pieza inseparable del extraordinario patrimonio histórico y artístico que hoy alberga la Universidad de Sevilla.

Interior

La nave de la Epístola

Al acceder a la Capilla de la Universidad, el visitante descubre un espacio de planta de cruz griega, una solución arquitectónica poco frecuente en los templos sevillanos, en la que los cuatro brazos poseen idéntica longitud y convergen en un amplio crucero libre de obstáculos, cubierto con una bóveda baída con linterna. Las naves laterales, cubiertas con bóvedas de pañuelo, permanecen compartimentadas mediante muros, comunicándose con el espacio central a través de amplios vanos.

Vista de la nave de la epístola desde los pies

Bóveda baída con linterna

Bóvedas de pañuelo

Sobre la puerta de acceso a la nave de la Epístola puede contemplarse una cartela con indulgencias concedidas a quienes rezaran ante las imágenes allí veneradas, testimonio de la intensa vida devocional que caracterizó a este templo. A ambos lados de la inscripción se disponen dos pequeños lienzos de San Cosme y san Damián.

Zona de la puerta de acceso a la nave de la Epístola

Cartela con indulgencias

Pequeño lienzo de San Cosme y san Damián

Pequeño lienzo de San Cosme y san Damián

Visita del rey Alfonso XIII

Al atravesar el umbral de la nave de la Epístola, el muro de los pies está presidido por un interesante lienzo de grandes dimensiones que representa la Anunciación. Aunque se desconoce tanto su autor como su fecha de ejecución, la composición sigue los modelos iconográficos propios de la escuela sevillana, con claras influencias del ambiente pictórico murillesco, tan difundido durante los siglos XVII y XVIII.

Muro de los pies

Anunciación

Flanqueando este espacio se encuentran dos delicadas esculturas de tamaño académico que representan a san Joaquín y santa Ana enseñando a la Virgen María en su infancia. Ambas imágenes, realizadas por un escultor anónimo durante la primera mitad del siglo XVIII, destacan por la elegancia de sus proporciones y por la serena expresión de sus rostros, respondiendo plenamente al gusto barroco sevillano por las escenas familiares de la vida de la Virgen. 

Santa Ana enseñando a la Virgen María en su infancia

San Joaquín

Completan este sector de la nave varios lienzos devocionales, entre ellos un Crucificado y un San Jerónimo penitente, obras concebidas para favorecer la meditación y la oración.

Crucificado

San Jerónimo penitente

Uno de los conjuntos escultóricos más valiosos de esta nave es la Virgen de Belén, situada sobre una sencilla peana de mármol rojo. Se trata de una magnífica escultura en barro cocido policromado, de aproximadamente 1,30 metros de altura, realizada durante la primera mitad del siglo XVI dentro del círculo artístico de Pietro Torrigiano (ver). Su composición reproduce el  modelo creado por el escultor florentino para el monasterio jerónimo de San Jerónimo de Buenavista, conservado actualmente en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. 

Pared

Virgen de Belén

Detalle

Detalle

La trayectoria histórica de esta escultura ha sido especialmente significativa. En 1619 presidía el altar de las reliquias de la antigua iglesia de la Anunciación, instalada en la primitiva sacristía del templo. Posteriormente fue trasladada a un pedestal junto a la escalera de la Casa Profesa de los jesuitas y, más tarde, regresó nuevamente a la iglesia de la Anunciación, ocupando distintos emplazamientos próximos al crucero, al sepulcro de Catalina de Ribera e incluso al altar mayor. Tras la importante restauración realizada en 1993 bajo la dirección técnica del profesor Arquillo, la imagen fue instalada en el lugar que ocupa actualmente, escoltada por dos magníficos ángeles lampadarios del siglo XVIII, atribuidos a Benito de Hita y Castillo, cuya refinada talla contribuye a realzar la solemnidad del conjunto.

Ángel lampadario

Detalle

Detalle

La cabecera de la nave está ocupada por el retablo barroco-rococó dedicado a la Virgen de la Angustia, una de las advocaciones más queridas por la Hermandad de los Estudiantes desde su fundación en 1924. 

Durante los primeros años, la corporación rindió culto a una Dolorosa donada por uno de sus hermanos, sustituida en 1931 por una imagen de candelero realizada gratuitamente por el escultor Antonio Bidón Villar. Sin embargo, aquella talla no terminó de satisfacer plenamente las aspiraciones de la hermandad, que buscaba una imagen capaz de expresar con mayor intensidad el dolor de María ante la muerte de Cristo.

Retablo de la Virgen de la Angustia

La solución llegó con la incorporación de la actual Virgen de la Angustia, magnífica obra de Juan de Astorga (ver) realizada en 1817. La escultura pertenecía a la desaparecida Hermandad del Desprendimiento de Cristo, Santísimo Cristo de las Virtudes y Dulce Nombre de María, conocida popularmente como la Cofradía de los Pescadores, establecida en la iglesia de San Isidoro. Astorga, uno de los grandes imagineros del neoclasicismo sevillano, logró imprimir en esta Dolorosa una extraordinaria mezcla de elegancia, dulzura y profundo sentimiento, convirtiéndola en una de las imágenes marianas de mayor calidad artística conservadas en la ciudad.

Virgen de la Angustia

Detalle de la cara

Detalle de la cara

Junto al retablo se encuentra una imagen moderna de san Juan Evangelista, realizada en 1976 por el escultor sevillano Juan Abascal Fuentes, que acompaña simbólicamente a la Virgen en su dolor, siguiendo el relato evangélico. 

San Juan Evangelista

Detalle del rostro

Detalle de un pie

Nave Central

Antes de llegar al presbiterio, el visitante se sitúa en el corazón de la capilla, el amplio espacio central que articula la planta de cruz griega del edificio. Sobre él se eleva una magnífica bóveda vaída, una de las soluciones arquitectónicas más elegantes del Renacimiento tardío, que se ilumina gracias a una linterna abierta en su parte superior. La luz natural desciende desde lo alto y baña el crucero, acentuando el carácter solemne del templo y dirigiendo la mirada hacia el altar mayor, verdadero centro espiritual de la capilla.

Cubierta del crucero

El Altar Mayor está ocupado por un elegante retablo neoclásico, realizado durante el siglo XIX, de líneas sobrias y equilibradas que permite centrar la atención en la imagen que preside el conjunto: el Santísimo Cristo de la Buena Muerte (leer mas). En los laterales dos ángeles lampareros.

Presbiterio y Altar Mayor

Ángel lamparero

Nos encontramos ante una de las cumbres absolutas de la escultura barroca española. El Santísimo Cristo de la Buena Muerte fue tallado en 1620 por Juan de Mesa y Velasco, el más brillante discípulo de Juan Martínez Montañés y uno de los mayores imagineros del Siglo de Oro.

La obra fue encargada por una hermandad de sacerdotes establecida en la Casa Profesa de los Jesuitas, anexa a la iglesia de la Anunciación. El contrato firmado con el escultor resulta especialmente interesante, pues no menciona aún la advocación de la Buena Muerte y obliga al artista a realizar “dos imágenes de escultura, la una con Cristo Crucificado y la otra una Magdalena abrazada al pie de la Cruz, de madera de cedro, ambas de estatura ordinaria humana”. El paradero de aquella imagen de Santa María Magdalena continúa siendo hoy un misterio.

La primera referencia documental que denomina a esta imagen como Cristo de la Buena Muerte aparece en 1725, con motivo de la fundación de una congregación que adoptó dicha advocación. 

Más de dos siglos después, en 1926, tan solo dos años después de la creación de la Hermandad de los Estudiantes, el Crucificado realizaría por primera vez su estación de penitencia por las calles de Sevilla, iniciando una de las páginas más brillantes de la Semana Santa hispalense.

Durante siglos la autoría de esta excepcional escultura permaneció atribuida a Juan Martínez Montañés, debido a la enorme influencia que el maestro ejerció sobre su discípulo. La cuestión quedó definitivamente resuelta en 1983, cuando la imagen sufrió un desafortunado accidente durante su traslado desde esta capilla hasta la iglesia de la Anunciación para la celebración de su quinario. Al desprenderse la cabeza fue necesario acometer una profunda restauración dirigida por el profesor Francisco Arquillo. En el interior de la talla apareció un documento manuscrito con la inscripción latina: «Ego feci Joannes de Mesa, anno de 1620» («Yo lo hice, Juan de Mesa, año de 1620»). Este hallazgo constituyó la prueba definitiva de su autoría y permitió devolver la obra al escultor que realmente la concibió. Resulta inevitable lamentar que Juan de Mesa falleciera prematuramente, con tan solo cuarenta y cuatro años, dejando una producción relativamente escasa y permaneciendo durante mucho tiempo injustamente eclipsado por la fama de su maestro.

Como es característico en los crucificados del escultor cordobés, la imagen presenta unas dimensiones ligeramente superiores al tamaño natural. Cristo aparece muerto en la cruz, sujeto mediante tres clavos sobre un madero de aspecto arbóreo. La anatomía está tratada con un extraordinario rigor, fruto de un profundo conocimiento del cuerpo humano, pero al mismo tiempo suavizada por una idealización clásica que evita cualquier exceso dramático. La cabeza, vencida sobre el pecho, transmite serenidad y aceptación del sacrificio redentor, mientras que el modelado de la musculatura, las venas, las manos y los pies revela la extraordinaria maestría técnica de Juan de Mesa.

Santísimo Cristo de la Buena Muerte

Detalle del rostro

Detalle del rostro

Detalle de los pies

Detalle de los pies

Especialmente llamativo es el paño de pureza, una de las señas de identidad del escultor. Se dispone con un elegante movimiento y aparece sujeto mediante una cuerda anudada sobre la cadera derecha, dejando visible parte de la silueta del cuerpo y aportando dinamismo a una composición dominada por el equilibrio y la armonía. Todo ello convierte la imagen en un magnífico ejemplo de la perfecta síntesis entre el naturalismo barroco y la belleza ideal heredada del clasicismo.

Detalle del paño de pureza

No es extraño que los historiadores del arte consideren esta talla una de las obras maestras de la imaginería universal. La propia Hermandad de los Estudiantes recoge en su página oficial que los especialistas coinciden en señalarla como una de las creaciones más clásicas de Juan de Mesa, la más cercana a los modelos de Martínez Montañés y, al mismo tiempo, una de las esculturas más perfectas jamás realizadas dentro de la imaginería barroca.

Finalmente, cerrando el eje de la nave principal hacia los pies del templo, se localiza el cancel de madera de la puerta de entrada que sustenta en su parte superior la tribuna del Coro.

Detalle de los pies del templo

Detalle del coro con el órgano

La nave del Evangelio

Regresamos nuevamente al espacio central de la capilla y nos dirigimos ahora hacia la nave del Evangelio, situada a la izquierda del altar mayor. Al igual que sucede en la nave de la Epístola, este ámbito conserva un interesante conjunto de obras pictóricas y escultóricas que testimonian la intensa vida religiosa que desarrolló la antigua Universidad de Sevilla y, anteriormente, la Real Fábrica de Tabacos.

Sobre la puerta que comunica con la nave opuesta puede contemplarse una cartela en la que se recogen las indulgencias concedidas a los fieles que rezasen ante las imágenes veneradas en este templo. Este tipo de inscripciones, muy habituales entre los siglos XVII y XVIII, reflejan la importancia que la Iglesia concedía a determinadas prácticas devocionales y el deseo de fomentar la oración mediante la concesión de beneficios espirituales. La cartela aparece enmarcada por pinturas dedicadas a la vida, milagros y martirio de los santos Cosme y Damián, médicos y patronos de los cirujanos, cuya presencia recuerda los estrechos vínculos históricos entre la antigua Universidad y los estudios de Medicina.

Zona de puerta de acceso a la nave del Evangelio

Cartela con indulgencias

San Cosme y san Damián

San Cosme y san Damián

Pila de agua bendita

En el tramo de los pies de la nave destaca un gran lienzo con la representación de la Adoración de los Pastores, una composición de marcado sabor murillesco, probablemente realizada por un seguidor del gran maestro sevillano o copiada de alguno de sus modelos más difundidos. Flanquean este cuadro dos esculturas colocadas sobre peanas: una imagen de San Antonio de Padua, fácilmente reconocible por el hábito franciscano y el Niño que suele portar entre sus brazos, y otra tradicionalmente identificada con Santiago el Mayor, representado como apóstol.

Pies de la nave

Detalle del pie de la nave

Adoración de los Pastores

Detalle de la Adoración de los Pastores

San Antonio de Padua

Santiago el Mayor

Avanzando por el muro encontramos uno de los elementos decorativos más originales de toda la capilla: un magnífico retablo-marco barroco de la primera mitad del siglo XVIII que alberga una pequeña pintura anónima de la Virgen sentada con el Niño. Más que un retablo convencional, se trata de un exuberante marco escultórico donde la talla en madera alcanza un extraordinario protagonismo. Estípites, roleos, hojarasca, frutos, cabezas de querubines y pequeños putti se entrelazan formando un conjunto de gran riqueza ornamental, característico del barroco sevillano en su etapa final. En la parte superior se dispone un medallón con la representación de la Santísima Trinidad, mientras que el ático aparece coronado por una delicada imagen de la Inmaculada Concepción, hoy lamentablemente mutilada al haber perdido ambas manos.

Retablo-marco 

Detalle de la Virgen sentada con el Niño

Los muros de esta nave conservan además varios lienzos de interés, entre ellos una representación de San Gregorio Magno y otra de San Agustín, dos de los grandes Padres de la Iglesia latina cuyas enseñanzas ejercieron una profunda influencia en la teología y en la formación universitaria durante siglos.

San Gregorio Magno

San Agustín

Crucificado

La cabecera de la nave está presidida por uno de los conjuntos artísticos más sobresalientes de la capilla: el retablo de la Virgen de los Remedios.

Se trata del antiguo retablo mayor de la capilla de la Real Fábrica de Tabacos, trasladado a este lugar tras las reformas efectuadas en el edificio. Fue contratado en 1762 con el ensamblador Julián Jiménez y constituye una magnífica obra de transición entre el barroco tardío y el rococó sevillano.

Cabecera de la nave del evangelio

Su estructura responde al modelo tradicional de banco, cuerpo principal de tres calles —destacando la central por su mayor amplitud— y ático. Sin embargo, este último desapareció cuando el retablo fue trasladado desde su ubicación original, ya que la menor altura de esta nave impedía su colocación. Con él desapareció también la imagen de San Fernando que, según la documentación conservada, remataba originalmente el conjunto.

Uno de los aspectos que hacen especialmente singular este retablo es su policromía. A diferencia de los dorados intensos que predominan en la retablística barroca andaluza, aquí toda la arquitectura aparece lacada en un elegante blanco roto, delicadamente enriquecido con motivos dorados. Esta refinada combinación cromática, muy propia del gusto rococó, aporta una extraordinaria luminosidad y delicadeza al conjunto.

Retablo

Presidiendo la hornacina central se alza la monumental imagen de la Virgen de los Remedios, antigua titular mariana de la capilla de la Real Fábrica de Tabacos. Tallada en madera de cedro policromada, alcanza cerca de dos metros de altura, lo que le confiere una notable presencia. La Virgen aparece de pie sobre una nube sostenida por tres querubines, siguiendo la iconografía habitual de esta advocación. Con la mano izquierda sostiene al Niño Jesús, situado junto al corazón como expresión de su maternidad divina, mientras extiende la derecha portando un cetro, símbolo de su condición de Reina del Cielo y dispensadora de gracias. El Niño, completamente desnudo, representa la pureza, la inocencia y la plena realidad de la Encarnación.

Virgen de los Remedios

Detalle de la Virgen de los Remedios

A ambos lados de la imagen principal se sitúan las esculturas de San José con el Niño y San Carlos Borromeo, uno de los grandes santos de la Reforma Católica surgida tras el Concilio de Trento. Coronando las columnas laterales aparecen dos elegantes ángeles sedentes que completan la composición.

San José con el Niño

Detalle de San José con el Niño

San Carlos Borromeo

Detalle de San Carlos Borromeo

Ángel sedente

Todas las esculturas del retablo fueron realizadas en 1762 por Benito de Hita y Castillo (ver), uno de los imagineros sevillanos más destacados de la segunda mitad del siglo XVIII.

La nave del Evangelio constituye así un excelente recorrido por la evolución del arte sacro sevillano entre los siglos XVII y XVIII. Pintura, escultura y retablística conviven en un espacio de gran equilibrio, recordando tanto el pasado de la antigua capilla de la Real Fábrica de Tabacos como la intensa actividad religiosa que durante siglos acompañó a la Universidad de Sevilla.

El Vía Crucis

El Vía Crucis cerámico de la Capilla de la Universidad constituye una de las aportaciones artísticas más significativas incorporadas al templo en época contemporánea. Fue promovido por la Hermandad de los Estudiantes con motivo de la celebración del LXXV aniversario de su fundación (1924-1999) y del XXV aniversario de la creación de su cuadrilla de hermanos costaleros, enriqueciendo el patrimonio de la capilla con una obra que combina tradición cerámica sevillana, espiritualidad y un profundo simbolismo cofrade.

La iniciativa nació en 1997 por impulso del entonces director espiritual de la Hermandad y director del Servicio de Asistencia Religiosa de la Universidad de Sevilla, el reverendo Juan Manuel del Río Martín, dentro de los actos de preparación para el Gran Jubileo del año 2000. Como modelo iconográfico se eligió el Vía Crucis celebrado por san Juan Pablo II en el Coliseo de Roma durante el Viernes Santo de 1993, que introducía una importante novedad respecto al tradicional recorrido de catorce estaciones: la incorporación de una decimoquinta estación dedicada a la Resurrección de Cristo, culminando así el camino de la Pasión con el triunfo definitivo sobre la muerte.

La obra fue bendecida el 15 de mayo de 1999, tras la celebración del Rosario de la Aurora presidido por la Virgen de la Angustia. Su ejecución fue confiada al taller Barroco Cerámica, integrado por los ceramistas Juan Manuel Herrera Suárez y Rocío Almarcha Pardo, formados en la prestigiosa Escuela de Artesanos Della Robbia de Gelves, centro de referencia en la recuperación y enseñanza de la cerámica artística andaluza. La coordinación general y el diseño de las escenas correspondieron al ceramista, licenciado en Bellas Artes y profesor de dicha escuela, Juan José Lupión Álvarez, mientras que la pintura de los paneles fue realizada por alumnos del propio centro bajo su supervisión.

La ejecución de esta obra fue supervisada directamente por el reverendo Juan Manuel del Río Martín, impulsor del proyecto, junto con la junta de gobierno de la Hermandad de los Estudiantes y el entonces decano de la Facultad de Químicas, Vicente Flores Luque. Este último, profundamente vinculado a la tradición artística trianera, era hijo del recordado pintor y ceramista Vicente Flores Navarro, quien en su juventud cultivó con notable destreza el arte de la cerámica. Asimismo, pertenecía a una familia estrechamente relacionada con este oficio, al estar emparentado con el prestigioso ceramista Antonio Kiernam Flores, una de las figuras más destacadas de la cerámica sevillana del siglo XX.

Cada estación está compuesta por una placa cerámica de aproximadamente treinta por veinte centímetros, realizada mediante la técnica tradicional del azulejo plano pintado. A pesar de sus reducidas dimensiones, los paneles destacan por la riqueza cromática, la expresividad de las figuras y la cuidada composición, siguiendo la mejor tradición de la cerámica sevillana.

Uno de los aspectos más originales de este Vía Crucis es su planteamiento iconográfico. En lugar de representar escenas genéricas de la Pasión, cada estación toma como referencia imágenes titulares de distintas hermandades penitenciales de Sevilla, convirtiéndose en un auténtico recorrido por la Semana Santa hispalense y convierte el Vía Crucis en un verdadero homenaje a la imaginería procesional sevillana. 

I.  La oración en el Huerto se inspira en el Señor de Montesión.

II. El Prendimiento en la Hermandad de la Redención. 

III. La comparecencia ante Caifás en el Soberano Poder de San Gonzalo.

IV. Las negaciones de San Pedro en el Señor de la Paz del Carmen Doloroso.

V. La Presentación al Pueblo en el misterio de San Benito.

VI. La Flagelación y Coronación de Espinas en el Cristo de la Coronación del Valle.

VII. El camino hacia el Calvario en Nuestro Padre Jesús del Gran Poder.

VIII. La ayuda del Cirineo en Jesús de las Penas de San Roque.

IX. El encuentro con las mujeres de Jerusalén en Jesús con la Cruz al Hombro del Valle

X. La Crucifixión en el Cristo de la Exaltación.

XI. La promesa al Buen Ladrón en el Cristo de la Conversión de Montserrat.

XII. La presencia de la Virgen y San Juan al pie de la Cruz en el Cristo de las Siete Palabras,

XIII. La muerte de Cristo se representa mediante el Santísimo Cristo de la Buena Muerte, titular de la propia Hermandad de los Estudiantes.

XIV. El traslado al sepulcro toma como modelo el Cristo de la Caridad de la Hermandad de Santa Marta.

XV. Finalmente, la Resurrección se inspira en el Señor Resucitado de la Hermandad de la Resurrección.

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