lunes, 28 de septiembre de 2026

ALGUNAS CURIOSIDADES DE SEVILLA

El afilador.

Durante siglos, cuando las herramientas no se sustituían al primer signo de desgaste y cada cuchillo, tijera, navaja o instrumento de trabajo representaba un objeto que debía conservarse durante años, el afilador desempeñó una función esencial. Su oficio consistía en devolver el filo a los útiles de corte mediante piedras abrasivas, esmeriles y una técnica adquirida fundamentalmente a través de la experiencia. Pero el afilador fue mucho más que un especialista en sacar filo: fue un personaje característico de las calles y caminos, un pequeño comerciante ambulante, reparador de objetos domésticos y, en muchos lugares, transmisor de noticias entre pueblos.

La antigüedad del afilado se remonta a los propios orígenes de las herramientas. Desde la Prehistoria, el ser humano aprendió que determinadas piedras podían producir bordes cortantes mediante golpes, abrasión y desgaste. Con la aparición de los metales, la conservación del filo adquirió todavía mayor importancia. Cuchillos, navajas, tijeras, hoces, instrumentos agrícolas y numerosas herramientas de los oficios artesanales necesitaban ser periódicamente afilados para recuperar su capacidad de trabajo. En las sociedades tradicionales, donde predominaba la reparación y el aprovechamiento frente a la sustitución, esta tarea adquirió una importancia extraordinaria.

El origen concreto de la profesión de afilador resulta difícil de establecer. Existen referencias a cuchilleros y afiladores en la Europa medieval y, al menos desde el siglo XIII, está documentada en París la existencia de actividades relacionadas con estos oficios. El afilado estuvo inicialmente vinculado a herreros, cuchilleros y otros artesanos que trabajaban el metal. Con el perfeccionamiento de las piedras y ruedas abrasivas surgió progresivamente una especialización propia.

 Una de las primeras representaciones del afilador. Siglo XV. (ver) (CC BY 3.0)


En España, la tradición del afilador quedó especialmente vinculada a Galicia y, sobre todo, a la provincia de Ourense. Una antigua tradición sitúa uno de los episodios fundamentales de esta historia en Nogueira de Ramuín, en Ourense. Según la leyenda, un afilador extranjero llegó con su rueda deteriorada y solicitó la ayuda de un carpintero de Luintra. El artesano no solo consiguió repararla, sino que estudió su mecanismo y realizó un modelo que podía reproducirse en su propio taller. De esta tradición procede la expresión “Ourense, terra de chispas”, evocadora de los destellos producidos por las piedras de afilar cuando entraban en contacto con el metal.

La rueda de afilar, conocida en Galicia con nombres como tarazana o gacheira, fue durante mucho tiempo el elemento fundamental del oficio. Los primeros modelos podían ser transportados a hombros o desplazados haciendo rodar la propia estructura. Más tarde aparecieron carritos de madera que permitieron transportar con mayor facilidad la pesada piedra abrasiva y los restantes utensilios.

Antiguo oficio, el afilador de tijeras y cuchillos. (ver) (CC BY 3.0)

Antiguo oficio, el afilador de tijeras y cuchillos. (ver) (CC BY 3.0)


El mecanismo era ingenioso y sencillo. Una gran rueda hacía girar, mediante una correa, el eje de la piedra de afilar. El movimiento se conseguía con un pedal accionado por el pie del artesano, de modo que las manos quedaban libres para sujetar y orientar la pieza que debía afilarse. En determinados modelos, la rueda podía levantarse de su posición de transporte y convertirse en una pequeña estación de trabajo. El agua, contenida en un recipiente, servía para refrigerar la pieza y la piedra, evitando un calentamiento excesivo del metal durante la operación.

Rueda de afilar primitiva movida por un pedal. (ver) (CC BY 3.0)


La itinerancia fue una de las características más singulares del oficio. La expansión de la actividad ambulante se hizo más importante a partir del siglo XVIII y alcanzó una gran difusión durante el XIX, cuando el crecimiento de las ciudades y la mejora de las comunicaciones facilitaron los desplazamientos.

El afilador caminaba de pueblo en pueblo llevando consigo su pequeño taller y acudía directamente hasta la puerta de las casas o de los establecimientos.

Para anunciar su llegada, el afilador disponía de uno de los reclamos sonoros más reconocibles de la cultura popular española: el chiflo, chifle, chifro, pito o xipro. Se trataba de un pequeño instrumento de viento, relacionado con la flauta de Pan, compuesto tradicionalmente por varios tubos de caña o madera y, posteriormente, fabricado también en plástico. Su característica sucesión de notas graves y agudas, semejante a una pequeña escala musical, podía escucharse desde bastante distancia. A veces el sonido se acompañaba del pregón: “¡El afilador!”, “¡Se afilan tijeras y navajas!”.

El afilador tampoco se limitaba siempre a afilar. Muchos eran también paragüeros y reparaban varillas, mangos y otros componentes de los paraguas. Algunos realizaban pequeñas reparaciones de utensilios domésticos, como remendar recipientes metálicos o solucionar desperfectos de ollas y calderos.

Por ello se convirtió en un personaje que comunicaba indirectamente unos pueblos con otros. Su presencia aportaba noticias, conversaciones y novedades de lugares lejanos. El afilador era, en cierto modo, una figura de enlace dentro de un mundo rural en el que la información circulaba mucho más lentamente que en la actualidad.

La evolución tecnológica modificó progresivamente la apariencia del oficio. Durante el siglo XIX la pesada rueda podía transportarse todavía a la espalda; posteriormente se generalizaron los carros. A mediados del siglo XX comenzó una transformación decisiva: la bicicleta permitió instalar el mecanismo de afilado en su parte posterior y aprovechar la fuerza del propio pedaleo.

El Afilador (ver) (CC BY 3.0)

El afilador en bicicleta (ver) (CC BY 3.0)


Más adelante, la bicicleta fue sustituida en muchos casos por la motocicleta, cuyo motor proporcionaba la energía necesaria para hacer girar el esmeril. También existieron adaptaciones a automóviles y otros vehículos, aunque fueron menos características que las realizadas sobre bicicletas y motocicletas. 

El afilador en motocicleta (ver) (CC BY 3.0)


La importancia del oficio quedó reflejada incluso en la pintura. El llamado Afilador callejero, atribuido al pintor orensano Antonio de Puga y fechado hacia 1640, conservado en el Museo del Hermitage de San Petersburgo, constituye uno de los testimonios pictóricos asociados a esta actividad. 

El amolador. Antonio de Puga. Hacia 1640. Óleo sobre lienzo. 118 × 158 cm. Museo del Hermitage, San Petersburgo. (ver) (CC BY 3.0)

Más conocido aún es El afilador pintado por Francisco de Goya hacia 1808-1812, actualmente en el Museo de Bellas Artes de Budapest. Estas representaciones demuestran que el personaje del afilador había adquirido ya una presencia reconocible dentro del imaginario europeo.

El afilador. Francisco de Goya. 1808-1812.  Óleo sobre lienzo. 68 x 50,5 cm. Szépmüvészeti Muzeum. Budapest. Hungría. (ver) (CC BY 3.0)

También la literatura se hizo eco de él. Benito Pérez Galdós incorporó a sus Episodios Nacionales la figura del amolador madrileño Pacorro Chinitas, personaje que comparte conversaciones con el joven Gabriel de Araceli. La presencia del afilador en la pintura y en la literatura demuestra que no era únicamente un trabajador anónimo, sino una figura perfectamente reconocible dentro de la vida cotidiana de la sociedad tradicional.

El oficio alcanzó su mayor desarrollo durante los siglos XVIII y XIX y comenzó a declinar de forma acelerada durante el siglo XX. La transformación de las sociedades rurales, la mecanización de las tareas agrícolas, la aparición de nuevas herramientas y el abaratamiento de los utensilios de corte redujeron progresivamente la necesidad de recurrir al artesano ambulante. A ello se añadió un cambio fundamental en los hábitos de consumo: la sustitución de la cultura de reparar y conservar por la de comprar un objeto nuevo cuando el antiguo deja de funcionar correctamente.

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