jueves, 17 de septiembre de 2026

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Convento Casa Grande de San Francisco (Derribado).

La Casa Grande de San Francisco fue el principal establecimiento de la Orden de Frailes Menores en Sevilla y, durante casi seis siglos, uno de los grandes centros religiosos, asistenciales, artísticos y sociales de la ciudad.

Los orígenes del establecimiento franciscano se remontan a los años inmediatamente posteriores a la conquista de Sevilla por Fernando III el Santo. En 1248 el monarca concedió a los franciscanos un emplazamiento para establecerse en la ciudad, aunque no está documentado con absoluta seguridad que aquel primer solar coincidiera con el definitivo. Sí consta que en 1268 la comunidad ya se encontraba asentada en la parcela que ocuparía hasta el siglo XIX. Alfonso X confirmó los privilegios concedidos por su padre y contribuyó económicamente a las obras, consolidando así la presencia franciscana en un lugar privilegiado de la Sevilla cristiana.

La ubicación del convento se encontraba en la collación de Santa María, en el centro de la ciudad, junto a las Casas Capitulares y con fachada hacia el espacio que posteriormente sería conocido como Plaza de San Francisco. Su perímetro llegó a estar delimitado por las actuales calles Albareda, Carlos Cañal, Zaragoza y Joaquín Guichot, formando una superficie considerablemente mayor que la actual Plaza Nueva. El acceso principal desde la Plaza de San Francisco se realizaba a través del célebre arquillo que todavía se conserva, verdadera supervivencia de aquel enorme complejo desaparecido.

Durante la Edad Media, la Casa Grande fue adquiriendo importancia gracias a la protección de la Corona y al apoyo económico del concejo sevillano. Sancho IV se hospedó allí en 1280 y en 1294 concedió al convento una importante limosna. Fernando IV estableció en 1303 una renta anual de mil maravedíes, mientras que Pedro I favoreció especialmente a la comunidad y sufragó en 1365 la construcción de la sacristía, a la que además donó reliquias. El Ayuntamiento tampoco permaneció ajeno a la consolidación de la institución: en 1411 entregó dinero con motivo de la celebración de un capítulo de la Orden y en 1430 aportó fondos para la construcción del coro y del órgano.

La importancia social del convento se refleja también en el elevado número de familias nobles y acomodadas que eligieron su iglesia y sus capillas como lugar de enterramiento. Desde los siglos XIV y XV se documentan las capillas funerarias de los Anríquez, Manzanedo, Marmolejo, Martínez de Medina y Cáceres, entre otras familias.

A finales de la Edad Media y comienzos de la Moderna, la Casa Grande alcanzó una extraordinaria prosperidad. Hacia 1500 había acumulado tal cantidad de propiedades y bienes que fue necesario transferir parte de ellos al convento de Santa Clara. Por estos años incluso se planteó establecer en ella un centro de estudios con rango universitario, proyecto al que el cardenal Cisneros llegó a asignar bienes procedentes de otros conventos, aunque finalmente no llegó a materializarse.

Su relación con la expansión ultramarina de Sevilla fue especialmente significativa. Hacia 1505 se estableció al sur de la Casa Grande la llamada Hospedería de Indias, destinada a alojar a los frailes que llegaban a Sevilla para embarcar hacia América o Filipinas. De este modo, el convento quedó vinculado a la intensa actividad religiosa y misionera relacionada con las flotas de Indias y se convirtió en lugar de paso de numerosos religiosos destinados a los territorios ultramarinos.

El conjunto conventual fue creciendo y transformándose durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Se convirtió en una auténtica ciudad religiosa. El recinto comprendía la gran iglesia, el claustro principal, claustros menores y patios ajardinados con fuentes, sala De Profundis, sala capitular, biblioteca, noviciado, cocinas, dependencias de servicio, cuadras, pajares, dos enfermerías, huerta, patio de boticas destinado al cultivo de plantas medicinales, cementerio, Hospedería de Indias y el Hospital de San José de la Venerable Orden Tercera. A ello se añadía un elevado número de capillas pertenecientes a hermandades, gremios, comunidades de origen y asociaciones religiosas.

Grabado realizado por Pedro Tortorello en 1783 que muestra la Casa Consistorial y al fondo un remonte de la casa grande de San Francisco. Por el arco situado en la parte izquierda del grabado se accedía aun atrio del convento. (ver) (CC BY 3.0)

La iglesia, concluida en torno a 1400, presentaba una planta de cruz latina, aunque los brazos del crucero eran poco acusados. Su cuerpo estaba constituido por una sola nave flanqueada por dos hileras de capillas laterales. Según los datos aportados, alcanzaba aproximadamente 44 metros de longitud y 17,5 metros de anchura, incluyendo las capillas, y disponía de dieciséis capillas y cinco puertas. Se trataba, por tanto, de un templo de considerable capacidad, adecuado a la importancia alcanzada por la comunidad franciscana y por las numerosas hermandades que se establecieron en él.

La Capilla Mayor constituía uno de los espacios artísticos más destacados. En ella se levantaba un monumental retablo de mármol policromado y dorado, relacionado con los maestros genoveses Antonio María Aprile da Carona y Pier Angello della Scalla. El conjunto se encontraba vinculado al patronazgo de los marqueses de Ayamonte, cuyos sepulcros flanqueaban el retablo. Tras el incendio de 1716 se situó en el altar mayor la célebre Inmaculada Concepción conocida como “La Sevillana”, obra atribuida a Juan de Mesa, con intervención posterior de Juan de Astorga en las manos, actualmente conservada en la iglesia de San Buenaventura.

La riqueza artística de la Casa Grande no se limitaba al altar mayor. Sus capillas estaban decoradas con retablos, esculturas, pinturas y sepulcros de gran calidad, muchos de ellos encargados por hermandades, gremios y familias particulares. Entre las piezas vinculadas al convento destacaron obras de Pedro Roldán, Juan Martínez Montañés, Bernardo Simón de Pineda, Juan de Mesa y otros destacados artistas de la escuela sevillana.

Entre los testimonios conservados destaca el púlpito de mármoles rojos y negros realizado en Estepa en 1630, actualmente en la iglesia del Sagrario de la Catedral de Sevilla. Estaba decorado con representaciones de santos franciscanos y de los cuatro Evangelistas. También procedía de la Casa Grande el monumental relieve del Descendimiento de Cristo realizado por Pedro Roldán en 1667 y policromado por Juan de Valdés Leal en 1671, actualmente situado en el altar mayor del Sagrario (leer mas).

Especial interés posee asimismo el retablo de San Onofre. La estructura arquitectónica fue realizada por Juan Martínez Montañés en 1606, mientras que la escultura central del santo fue ejecutada por Pedro Díaz de la Cueva en 1599. En la misma capilla se conserva el retablo de Ánimas, realizado por Bernardo Simón de Pineda en 1682 y dorado al año siguiente por Miguel Parrilla. Estos elementos constituyen algunos de los testimonios materiales más importantes de la antigua Casa Grande que han sobrevivido a su desaparición (leer mas).

El convento fue también un extraordinario centro de religiosidad corporativa. Sus capillas estuvieron ocupadas por hermandades vinculadas a diferentes gremios, colectivos profesionales y comunidades de procedencia. Allí tuvieron presencia la Hermandad de la Vera Cruz y Sangre de Cristo, la Hermandad de Nuestra Señora de los Reyes de los Sastres, la de San Eloy de los plateros, la Concepción de los Burgaleses, la Piedad de los Vizcaínos, San Antonio de los Portugueses, San Antonio de los Castellanos, San Onofre, Santa Lucía, la Hermandad del Pecado Mortal, las hermandades del Rescate, de la Buena Muerte, del Cristo Nazareno y de la Pura y Limpia Concepción, entre muchas otras. En total, a lo largo de los casi seis siglos de existencia del convento, llegaron a sucederse más de cuarenta hermandades y asociaciones.

Especialmente importante fue la presencia de la Hermandad de la Vera Cruz (Leer mas). Desde al menos 1370 se reunían en el convento devotos de la Vera Cruz y en 1448 se constituyó formalmente la hermandad, que dispuso de capilla propia. Durante los siglos XV, XVI y XVII pertenecieron a ella destacados miembros del gobierno municipal sevillano y el propio Felipe II. La actual Hermandad de la Vera Cruz conserva su sede en la Capilla del Dulce Nombre de Jesús, de modo que la institución actual mantiene un vínculo histórico con aquel desaparecido espacio franciscano.

También resulta significativa la relación de la Casa Grande con la Hermandad de los Sastres, una de las corporaciones gremiales de más antigua tradición sevillana, vinculada tradicionalmente a Fernando III. Tras su paso por el monasterio de San Isidoro del Campo y por el Hospital de San Mateo, se estableció en una de las capillas de la iglesia franciscana. Después de la desaparición del convento se trasladó a San Ildefonso, donde se conservaron algunas de sus obras. Entre ellas figuraban las esculturas de San Fernando y San Hermenegildo realizadas por Pedro Roldán en 1674 y una Virgen de los Reyes del siglo XVI.

La Casa Grande sufrió a lo largo de su historia numerosos incendios y episodios destructivos. La iglesia padeció incendios en 1527, 1630, 1658 y 1716, mientras que en 1577 otro incendio afectó a los corredores altos del claustro principal. El terremoto de Lisboa de 1755 provocó nuevos daños, especialmente en el claustro, el campanario y la Capilla de los Portugueses, situada en el compás del convento. Pese a estas adversidades, la comunidad consiguió reconstruir y mantener el complejo, que continuó siendo uno de los grandes establecimientos religiosos de Sevilla.

En el siglo XVIII la institución conservaba todavía una notable dimensión y seguía siendo, por tanto, un importante foco de vida religiosa, intelectual y asistencial en la Sevilla del Antiguo Régimen.

El final de la Casa Grande estuvo ligado a la profunda crisis política y social que experimentó España durante las primeras décadas del siglo XIX. En febrero de 1810, tras la entrada de las tropas napoleónicas en Sevilla, el convento fue ocupado y convertido en cuartel. Durante la ocupación se produjo el expolio de numerosas obras de arte sacro, muchas de las cuales fueron trasladadas a Francia por el mariscal Soult y posteriormente dispersadas entre diferentes museos y colecciones. En noviembre de 1810 un incendio destruyó buena parte del edificio, aunque sobrevivieron la iglesia y las tapias.

Los franciscanos regresaron posteriormente y emprendieron la reparación del complejo, pero la situación ya era irreversible. En 1821, durante el Trienio Liberal, el Ayuntamiento planteó nuevamente la creación de una gran plaza en el lugar y la utilización de parte de los terrenos para ampliar las Casas Capitulares. Finalmente, en 1835, el convento fue exclaustrado y desamortizado, instalándose en una parte de sus dependencias el cuartel del Primer Batallón de la Guardia Nacional. En 1840 la Junta Popular de Gobierno acordó su demolición y en 1843 el convento ya figuraba oficialmente como derruido.

Calotipo de F. Leygonier. El convento medio derribado en 1841. Al fondo la Colegiata del Salvador (ver) (CC BY 3.0)

Hoy la huella de la Casa Grande de San Francisco puede resultar difícil de percibir en el paisaje urbano de Sevilla. Sin embargo, algunos elementos permiten reconstruir su presencia. El más evidente es el arquillo de la Plaza de San Francisco (leer mas), antigua portada monumental sustituida en 1527 y vinculada a Diego de Riaño, que conserva en su parte superior los escudos de las Cinco Llagas. También sobreviven la Capilla de San Onofre (leer mas) y numerosas obras de arte procedentes de sus antiguos altares y capillas, actualmente repartidas por diferentes iglesias como el Sagrario de la Catedral, San Ildefonso, San Buenaventura y en otras iglesias donde fueron acogidos sus bienes y sus hermandades.

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