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Convento Casa Grande de San Francisco (Derribado).
La Casa Grande
de San Francisco fue el principal establecimiento de la Orden de Frailes
Menores en Sevilla y, durante casi seis siglos, uno de los grandes centros
religiosos, asistenciales, artísticos y sociales de la ciudad.
Los orígenes
del establecimiento franciscano se remontan a los años inmediatamente
posteriores a la conquista de Sevilla por Fernando III el Santo. En 1248 el
monarca concedió a los franciscanos un emplazamiento para establecerse en la
ciudad, aunque no está documentado con absoluta seguridad que aquel primer
solar coincidiera con el definitivo. Sí consta que en 1268 la comunidad ya se
encontraba asentada en la parcela que ocuparía hasta el siglo XIX. Alfonso X
confirmó los privilegios concedidos por su padre y contribuyó económicamente a
las obras, consolidando así la presencia franciscana en un lugar privilegiado
de la Sevilla cristiana.
La ubicación
del convento se encontraba en la collación de Santa María, en el centro de la
ciudad, junto a las Casas Capitulares y con fachada hacia el espacio que
posteriormente sería conocido como Plaza de San Francisco. Su perímetro llegó a
estar delimitado por las actuales calles Albareda, Carlos Cañal, Zaragoza y
Joaquín Guichot, formando una superficie considerablemente mayor que la actual
Plaza Nueva. El acceso principal desde la Plaza de San Francisco se realizaba a
través del célebre arquillo que todavía se conserva, verdadera supervivencia de
aquel enorme complejo desaparecido.
Durante la Edad
Media, la Casa Grande fue adquiriendo importancia gracias a la protección de la
Corona y al apoyo económico del concejo sevillano. Sancho IV se hospedó allí en
1280 y en 1294 concedió al convento una importante limosna. Fernando IV
estableció en 1303 una renta anual de mil maravedíes, mientras que Pedro I
favoreció especialmente a la comunidad y sufragó en 1365 la construcción de la
sacristía, a la que además donó reliquias. El Ayuntamiento tampoco permaneció
ajeno a la consolidación de la institución: en 1411 entregó dinero con motivo
de la celebración de un capítulo de la Orden y en 1430 aportó fondos para la
construcción del coro y del órgano.
La importancia
social del convento se refleja también en el elevado número de familias nobles
y acomodadas que eligieron su iglesia y sus capillas como lugar de
enterramiento. Desde los siglos XIV y XV se documentan las capillas funerarias
de los Anríquez, Manzanedo, Marmolejo, Martínez de Medina y Cáceres, entre
otras familias.
A finales de la
Edad Media y comienzos de la Moderna, la Casa Grande alcanzó una extraordinaria
prosperidad. Hacia 1500 había acumulado tal cantidad de propiedades y bienes
que fue necesario transferir parte de ellos al convento de Santa Clara. Por
estos años incluso se planteó establecer en ella un centro de estudios con
rango universitario, proyecto al que el cardenal Cisneros llegó a asignar
bienes procedentes de otros conventos, aunque finalmente no llegó a
materializarse.
Su relación con
la expansión ultramarina de Sevilla fue especialmente significativa. Hacia 1505
se estableció al sur de la Casa Grande la llamada Hospedería de Indias,
destinada a alojar a los frailes que llegaban a Sevilla para embarcar hacia
América o Filipinas. De este modo, el convento quedó vinculado a la intensa
actividad religiosa y misionera relacionada con las flotas de Indias y se
convirtió en lugar de paso de numerosos religiosos destinados a los territorios
ultramarinos.
El conjunto
conventual fue creciendo y transformándose durante los siglos XVI, XVII y
XVIII. Se convirtió en una auténtica ciudad religiosa. El recinto comprendía la
gran iglesia, el claustro principal, claustros menores y patios ajardinados con
fuentes, sala De Profundis, sala capitular, biblioteca, noviciado, cocinas,
dependencias de servicio, cuadras, pajares, dos enfermerías, huerta, patio de
boticas destinado al cultivo de plantas medicinales, cementerio, Hospedería de
Indias y el Hospital de San José de la Venerable Orden Tercera. A ello se
añadía un elevado número de capillas pertenecientes a hermandades, gremios,
comunidades de origen y asociaciones religiosas.
La iglesia,
concluida en torno a 1400, presentaba una planta de cruz latina, aunque los
brazos del crucero eran poco acusados. Su cuerpo estaba constituido por una
sola nave flanqueada por dos hileras de capillas laterales. Según los datos
aportados, alcanzaba aproximadamente 44 metros de longitud y 17,5 metros de
anchura, incluyendo las capillas, y disponía de dieciséis capillas y cinco
puertas. Se trataba, por tanto, de un templo de considerable capacidad,
adecuado a la importancia alcanzada por la comunidad franciscana y por las
numerosas hermandades que se establecieron en él.
La Capilla
Mayor constituía uno de los espacios artísticos más destacados. En ella se
levantaba un monumental retablo de mármol policromado y dorado, relacionado con
los maestros genoveses Antonio María Aprile da Carona y Pier Angello della
Scalla. El conjunto se encontraba vinculado al patronazgo de los marqueses de
Ayamonte, cuyos sepulcros flanqueaban el retablo. Tras el incendio de 1716 se
situó en el altar mayor la célebre Inmaculada Concepción conocida como “La
Sevillana”, obra atribuida a Juan de Mesa, con intervención posterior de Juan
de Astorga en las manos, actualmente conservada en la iglesia de San
Buenaventura.
La riqueza
artística de la Casa Grande no se limitaba al altar mayor. Sus capillas estaban
decoradas con retablos, esculturas, pinturas y sepulcros de gran calidad,
muchos de ellos encargados por hermandades, gremios y familias particulares.
Entre las piezas vinculadas al convento destacaron obras de Pedro Roldán, Juan
Martínez Montañés, Bernardo Simón de Pineda, Juan de Mesa y otros destacados
artistas de la escuela sevillana.
Entre los
testimonios conservados destaca el púlpito de mármoles rojos y negros realizado
en Estepa en 1630, actualmente en la iglesia del Sagrario de la Catedral de
Sevilla. Estaba decorado con representaciones de santos franciscanos y de los
cuatro Evangelistas. También procedía de la Casa Grande el monumental relieve
del Descendimiento de Cristo realizado por Pedro Roldán en 1667 y policromado
por Juan de Valdés Leal en 1671, actualmente situado en el altar mayor del
Sagrario (leer mas).
Especial
interés posee asimismo el retablo de San Onofre. La estructura arquitectónica
fue realizada por Juan Martínez Montañés en 1606, mientras que la escultura
central del santo fue ejecutada por Pedro Díaz de la Cueva en 1599. En la misma
capilla se conserva el retablo de Ánimas, realizado por Bernardo Simón de
Pineda en 1682 y dorado al año siguiente por Miguel Parrilla. Estos elementos
constituyen algunos de los testimonios materiales más importantes de la antigua
Casa Grande que han sobrevivido a su desaparición (leer mas).
El convento fue
también un extraordinario centro de religiosidad corporativa. Sus capillas
estuvieron ocupadas por hermandades vinculadas a diferentes gremios, colectivos
profesionales y comunidades de procedencia. Allí tuvieron presencia la
Hermandad de la Vera Cruz y Sangre de Cristo, la Hermandad de Nuestra Señora de
los Reyes de los Sastres, la de San Eloy de los plateros, la Concepción de los
Burgaleses, la Piedad de los Vizcaínos, San Antonio de los Portugueses, San
Antonio de los Castellanos, San Onofre, Santa Lucía, la Hermandad del Pecado
Mortal, las hermandades del Rescate, de la Buena Muerte, del Cristo Nazareno y
de la Pura y Limpia Concepción, entre muchas otras. En total, a lo largo de los
casi seis siglos de existencia del convento, llegaron a sucederse más de
cuarenta hermandades y asociaciones.
Especialmente
importante fue la presencia de la Hermandad de la Vera Cruz (Leer mas).
Desde al menos 1370 se reunían en el convento devotos de la Vera Cruz y en 1448
se constituyó formalmente la hermandad, que dispuso de capilla propia. Durante
los siglos XV, XVI y XVII pertenecieron a ella destacados miembros del gobierno
municipal sevillano y el propio Felipe II. La actual Hermandad de la Vera Cruz
conserva su sede en la Capilla del Dulce Nombre de Jesús, de modo que la
institución actual mantiene un vínculo histórico con aquel desaparecido espacio
franciscano.
También resulta
significativa la relación de la Casa Grande con la Hermandad de los Sastres,
una de las corporaciones gremiales de más antigua tradición sevillana,
vinculada tradicionalmente a Fernando III. Tras su paso por el monasterio de
San Isidoro del Campo y por el Hospital de San Mateo, se estableció en una de
las capillas de la iglesia franciscana. Después de la desaparición del convento
se trasladó a San Ildefonso, donde se conservaron algunas de sus obras. Entre
ellas figuraban las esculturas de San Fernando y San Hermenegildo realizadas
por Pedro Roldán en 1674 y una Virgen de los Reyes del siglo XVI.
La Casa Grande
sufrió a lo largo de su historia numerosos incendios y episodios destructivos.
La iglesia padeció incendios en 1527, 1630, 1658 y 1716, mientras que en 1577
otro incendio afectó a los corredores altos del claustro principal. El
terremoto de Lisboa de 1755 provocó nuevos daños, especialmente en el claustro,
el campanario y la Capilla de los Portugueses, situada en el compás del
convento. Pese a estas adversidades, la comunidad consiguió reconstruir y
mantener el complejo, que continuó siendo uno de los grandes establecimientos
religiosos de Sevilla.
En el siglo
XVIII la institución conservaba todavía una notable dimensión y seguía siendo,
por tanto, un importante foco de vida religiosa, intelectual y asistencial en
la Sevilla del Antiguo Régimen.
El final de la
Casa Grande estuvo ligado a la profunda crisis política y social que
experimentó España durante las primeras décadas del siglo XIX. En febrero de
1810, tras la entrada de las tropas napoleónicas en Sevilla, el convento fue
ocupado y convertido en cuartel. Durante la ocupación se produjo el expolio de
numerosas obras de arte sacro, muchas de las cuales fueron trasladadas a
Francia por el mariscal Soult y posteriormente dispersadas entre diferentes
museos y colecciones. En noviembre de 1810 un incendio destruyó buena parte del
edificio, aunque sobrevivieron la iglesia y las tapias.
Los
franciscanos regresaron posteriormente y emprendieron la reparación del
complejo, pero la situación ya era irreversible. En 1821, durante el Trienio
Liberal, el Ayuntamiento planteó nuevamente la creación de una gran plaza en el
lugar y la utilización de parte de los terrenos para ampliar las Casas
Capitulares. Finalmente, en 1835, el convento fue exclaustrado y desamortizado,
instalándose en una parte de sus dependencias el cuartel del Primer Batallón de
la Guardia Nacional. En 1840 la Junta Popular de Gobierno acordó su demolición
y en 1843 el convento ya figuraba oficialmente como derruido.
Hoy la huella de la Casa Grande de San Francisco puede resultar difícil de percibir en el paisaje urbano de Sevilla. Sin embargo, algunos elementos permiten reconstruir su presencia. El más evidente es el arquillo de la Plaza de San Francisco (leer mas), antigua portada monumental sustituida en 1527 y vinculada a Diego de Riaño, que conserva en su parte superior los escudos de las Cinco Llagas. También sobreviven la Capilla de San Onofre (leer mas) y numerosas obras de arte procedentes de sus antiguos altares y capillas, actualmente repartidas por diferentes iglesias como el Sagrario de la Catedral, San Ildefonso, San Buenaventura y en otras iglesias donde fueron acogidos sus bienes y sus hermandades.
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