ALGUNAS CURIOSIDADES DE SEVILLA
Los Médicos Rurales.
Hubo un tiempo en que ser médico rural significaba
mucho más que ejercer una profesión. Era asumir una forma de vida, una
responsabilidad y, en cierto modo, un compromiso moral con las personas a las
que se había decidido servir.
Médico rural. (ver) (CC BY 3.0)
En aquellos años, el médico rural era una figura
imprescindible en la vida de los pueblos. Conocía a sus enfermos por su nombre,
pero también conocía a sus familias, sus casas, sus preocupaciones, sus
alegrías y sus desgracias. Sabía quién había nacido, quién estaba enfermo,
quién esperaba un hijo y quién atravesaba los últimos momentos de su vida. Su
conocimiento de las personas iba mucho más allá de los síntomas escritos en una
historia clínica: conocía de memoria (“sin ordenador”) la historia de cada
familia.
Médico rural. (ver) (CC BY 3.0)
Mi
padre, Andrés Carranza Cano, fue este tipo de médico rural. Ejerció en Alcalá
del Río, pero su labor no se limitó a este pueblo. Simultáneamente atendía
también a los vecinos de Burguillos, Cantillana y Villaverde. Aquella forma de
ejercer la medicina pertenecía a un tiempo en el que el médico de pueblo era
mucho más que un profesional de la salud: era una presencia permanente, alguien
a quien se recurría a cualquier hora y para quien la distancia, la noche o las
dificultades del camino no podían convertirse en una excusa cuando había un
enfermo que necesitaba su ayuda.
Médico rural. (ver) (CC BY 3.0)
Mi padre vivió esa medicina cercana, casi artesanal, en
la que los medios eran escasos y la responsabilidad enorme. El instrumental de
aquellos médicos podía parecer hoy rudimentario: un fonendoscopio, un
tensiómetro, un termómetro, una jeringuilla y algunos instrumentos básicos.
Pero cuando los recursos no estaban al alcance de la mano, había que suplirlos
con conocimientos, experiencia, capacidad de observación y, sobre todo, con ese
misterioso “ojo clínico” que se adquiría después de muchos años junto a los
enfermos.
Su consulta, no
en un ambulatorio sino en una habitación de mi casa, no terminaba cuando
acababa la jornada. En realidad, nunca sabía exactamente cuándo terminaba. El
teléfono, una llamada a la puerta o alguien que llegaba apresuradamente podían
interrumpir la comida, el descanso o el sueño. Y había que acudir.
Pues, al
médico rural se le podía llamar a cualquier hora. Una llamada en plena noche
podía significar levantarse, vestirse deprisa y salir hacia una casa donde
alguien esperaba angustiado. Podía ser un parto, una fiebre, un accidente, un
dolor que no podía esperar o simplemente el miedo de una familia que necesitaba
que alguien les dijera qué estaba ocurriendo. En muchas ocasiones había que
desplazarse a lugares alejados, por caminos difíciles y con independencia de
que hiciera frío, lloviera o fuera de madrugada.
Médico rural. (ver) (CC BY 3.0)
Hoy,
cuando la medicina dispone de hospitales, ambulancias, centros de salud, medios
diagnósticos y una tecnología que permite conocer en pocos minutos lo que antes
exigía experiencia y paciencia, resulta difícil imaginar lo que significaba
ejercer de aquella manera. El médico rural, como mi padre, tenía que confiar en
sus conocimientos, en su experiencia, y como hemos comentado, en ese “ojo
clínico” adquirido después de años de observar a los enfermos.
El médico rural
tenía también que aprender a convivir con la incertidumbre. Había enfermedades
para las que no existía remedio, diagnósticos que no podían confirmarse con las
pruebas que hoy consideramos imprescindibles y situaciones en las que el médico
solo podía hacer lo que estaba en sus manos: “aliviar, acompañar, consolar”.
Porque curar no siempre era posible, pero nunca debía faltar la presencia
humana.
Siguiendo
el antiguo aforismo “Curar a veces, aliviar a menudo, consolar siempre”,
atribuido a figuras como Hipócrates, Ambroise Paré, Claude Bernard, Pasteur,
Osler o Alexis Carrel: “Si no se puede curar, se debe ayudar. Si no se puede
aliviar, se debe consolar. Y si nada de eso es posible, al menos se debe acompañar”.
Mi padre no fue solamente el hombre que curaba
enfermedades. Fue también quien tranquilizaba a una madre, quien acompañaba a
un anciano, quien atendía un parto, quien llegaba a una casa cuando todos
estaban asustados y quien, tantas veces, debía enfrentarse también al dolor de
no haber podido salvar una vida. El médico rural conocía la alegría de devolver
la salud, pero conocía igualmente la tristeza de contemplar cómo un enfermo se
iba apagando delante de él.
Había, además, una relación de confianza difícil de
imaginar en la medicina actual. Era impensable una agresión incluso en la
soledad de una noche oscura. El médico formaba parte de la comunidad. Era una
persona a la que se recurría no solo ante una enfermedad, sino también ante una
duda, un temor o una desgracia. Se convertía en consejero, confidente y, en
muchas ocasiones, en amigo. El médico rural conocía las miserias y las
grandezas de sus vecinos y guardaba en silencio innumerables historias que
nunca llegaron a escribirse.
Cuando
comencé a estudiar Medicina tuve la oportunidad de acercarme a su trabajo desde
un lugar muy especial: no solo como hijo, sino también como estudiante que
empezaba a descubrir la profesión a la que él había dedicado su vida. Algunas
veces le ayudaba en la consulta y, en muchas ocasiones, lo acompañaba en sus
visitas nocturnas a domicilio, acompañado del Sereno y de Pepe el Practicante.
Aquellas noches
fueron, probablemente, mis mejores lecciones de Medicina. No estaban en los
libros. No se aprendían en las aulas ni aparecían en los programas de las
asignaturas. Se aprendían acompañando al médico, observando cómo hablaba con
una familia, cómo escuchaba a un enfermo, cómo preguntaba, cómo examinaba y,
sobre todo, cómo sabía transmitir tranquilidad incluso cuando la situación no
era sencilla.
Recuerdo
especialmente una de aquellas visitas, por su contenido profesional y humano. Era
de noche, aproximadamente las cinco de la madrugada, cuando fuimos a visitar a
un niño que tenía fiebre.
Mi
padre, todavía con el cansancio de la noche, comenzó a hacer las preguntas
habituales a la madre para conocer la evolución del pequeño: ¿Desde cuándo
tiene fiebre el niño?
La madre
respondió: “Desde las doce de la mañana, pero no lo llamé para no molestarlo”.
Mi padre
me miró y la miró y, con aquella cierta ironía y sarcasmo que formaba parte de
su manera de ser, le contestó: “Pues a las doce no me hubiera molestado”.
Porque
aquella pequeña escena contiene mucho de lo que era mi padre y de lo que
significaba ser médico rural. Muchas horas habían transcurrido desde que el
niño comenzó con fiebre. Durante todo ese tiempo la madre había considerado que
llamar al médico podía “molestarlo”. Y, finalmente, cuando la noche estaba ya
avanzada, y no le cedía la fiebre consideró que era el momento de recurrir a
Don Andrés.
Mi padre, naturalmente, sabía que aquello formaba parte
de su oficio. No podía enfadarse realmente. Sabía que en los pueblos la
relación entre el médico y sus pacientes estaba hecha también de confianza, de
respeto y, a veces, de una peculiar manera de entender cuándo era el momento de
llamar al doctor. Su ironía era una forma de quitar dramatismo a la situación
y, probablemente, también de dejar una pequeña enseñanza: al médico había que
llamarlo cuando el enfermo lo necesitaba, no cuando ya habían pasado horas de
preocupación.
Aquellas
visitas nocturnas para atender partos, metrorragias, crisis de hemoptisis de tuberculosos,
de asfixia de niños con tosferina, ictus y múltiples afecciones, me permitieron
conocer una faceta de mi padre que difícilmente habría podido descubrir de otra
manera. Vi al médico, pero también al hombre. Vi su cansancio y su paciencia;
su preocupación ante la enfermedad y su capacidad para mantener la serenidad;
su forma de hablar con las familias y de entrar libremente en las casas de los
enfermos como alguien que, de alguna manera, ya formaba parte de ellas.
El médico rural vivía rodeado de historias humanas.
Conocía a varias generaciones de una misma familia. Había atendido a sus padres
y después a sus hijos; había acompañado nacimientos y enfermedades y, cuando
llegaba el momento inevitable, también había acompañado a quienes morían. Esa
proximidad hacía que la relación entre médico y paciente fuera mucho más
profunda que la que puede establecerse actualmente en una consulta apresurada, “delante
de la pantalla de un ordenador”. El médico conocía no solo la enfermedad, sino
también las circunstancias en las que vivía el enfermo.
Mi padre perteneció a esa generación de médicos que
entendían la profesión como un servicio. Su territorio era amplio: Alcalá del
Río, Burguillos, Cantillana y Villaverde. Cuatro localidades y numerosas
familias que dependían de su disponibilidad. Había que desplazarse de un lugar
a otro, atender consultas, acudir a domicilios y estar dispuesto a responder
cuando llegara una llamada.
No
existían aplausos para las visitas de madrugada, solo una palangana con agua
limpia, una pastilla de jabón y una toalla ”limpísima” para que Don Andrés se
lavara las manos. Nadie veía al médico cuando atravesaba una carretera de noche
para acudir a una casa. Nadie sabía las veces que su descanso había quedado
interrumpido ni las preocupaciones que podía llevarse consigo después de cerrar
la puerta de una vivienda. El reconocimiento, cuando llegaba, era mucho más
sencillo: la confianza de los vecinos, un saludo en la calle, un “gracias, Don
Andrés”.
Con el
paso de los años, aquella etapa de mi padre se ha convertido para mí en un
recuerdo especialmente valioso. Porque tuve la fortuna de compartir con él,
aunque solo fuera durante algunas consultas y algunas noches, una parte de su
vida profesional. Con los años he comprendido que aquellas noches fueron un
privilegio. No solo porque me permitieron acercarme a la profesión que yo había
elegido, sino porque me permitieron conocer mejor a mi padre. El padre que
durante el día era simplemente mi padre se transformaba, al entrar en la
consulta o al acudir a una casa de madrugada, en el médico en quien tantas
personas habían depositado su confianza. Y aquellas noches forman parte de las
mejores lecciones de Medicina que he recibido en mi vida.
Hoy me ha
apetecido escribir sobre la profesión de Médico Rural y recordar a mi padre no
solo como profesional, sino también como hombre. Recuerdo sus noches, sus
viajes, sus consultas y sus visitas. Recuerdo al padre que me permitió
acompañarlo cuando yo comenzaba a descubrir la Medicina. Y recuerdo, sobre
todo, el privilegio de haber podido caminar alguna vez a su lado, de madrugada mientras
él acudía a casa de alguien que lo necesitaba.
Y recordar una de aquellas frases suyas, llenas de ironía y de humanidad: “A las doce no me hubiera molestado”. Hoy aquella frase me hace sonreír, pero también me emociona.
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