ALGUNOS PERSONAJES HISTÓRICOS EN LAS CALLES DE SEVILLA
Francisco de Bruna y Ahumada.
Francisco de
Bruna y Ahumada (Granada, 1719-Sevilla, 1807) fue una de las personalidades más
poderosas e influyentes de la Sevilla ilustrada del siglo XVIII. Jurista,
magistrado, coleccionista, bibliófilo y protector de las artes y las letras,
desarrolló prácticamente toda su carrera en Sevilla, ciudad en la que dejó una
profunda huella tanto en la vida institucional como en la cultural.
Hijo del
también destacado magistrado Andrés de Bruna, recibió una esmerada formación en
el Colegio-Universidad de Santa María de Jesús de Sevilla, donde se doctoró en
Cánones y Derecho. Desde muy joven compaginó la actividad universitaria con la
magistratura y en 1744 ya formaba parte de los oidores de la Real Audiencia de
Sevilla. A diferencia de otros altos funcionarios de su tiempo, rechazó
trasladarse a la Corte y prefirió permanecer en Sevilla, donde fue acumulando
cargos y una considerable autoridad.
En 1765 fue nombrado teniente de alcalde de los Reales
Alcázares, cargo que desempeñaría durante décadas. Desde esta responsabilidad
intervino en las obras de reparación y consolidación necesarias después del
terremoto de 1755 y convirtió los espacios del Alcázar en un importante foco de
actividad cultural. Su posición le permitió impulsar iniciativas relacionadas
con las artes, la arqueología y la enseñanza, entre ellas la Escuela de las
Tres Artes Nobles, antecedente de la Academia de Bellas Artes de Sevilla.
Bruna fue también un apasionado coleccionista. Reunió
pinturas, esculturas, monedas, antigüedades, dibujos, manuscritos y una
importante biblioteca formada por unos 3.500 volúmenes. Entre sus obras más
valiosas se encontraba La adoración de los Magos de Diego Velázquez,
considerada la primera pintura realizada por el artista en Sevilla. Su
colección arqueológica, instalada en parte en los Reales Alcázares bajo el
título de “Inscripciones y Antigüedades de la Bética”, reflejaba el creciente
interés de los ilustrados por conocer y preservar el pasado histórico.
Su pasión por los libros y el conocimiento le vinculó
estrechamente con la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, de la que fue
protector. Gracias a su intervención, la institución pudo disponer de un
espacio en los Alcázares y obtuvo de Carlos III una pensión para su
funcionamiento. También mantuvo amistad con destacados intelectuales de la
época, entre ellos Gaspar Melchor de Jovellanos y Pablo de Olavide, y participó
en los círculos ilustrados sevillanos. En la tertulia de Olavide asistió
incluso a la lectura que Jovellanos hizo de El delincuente honrado.
Su interés por los problemas económicos y sociales no
fue meramente teórico. En 1768 redactó, como decano de la Real Audiencia, un
importante informe sobre la situación agraria de Andalucía. Basado en su
experiencia profesional y en su conocimiento directo del campo, analizó las
condiciones de los cultivos, los jornales, el precio de las tierras y las
dificultades de los campesinos. Propuso favorecer el cultivo de nuevas tierras,
los cercamientos y los arrendamientos de larga duración, y se mostró contrario
a determinados privilegios de la Mesta. Su pensamiento revela la mentalidad
reformista de un hombre profundamente vinculado a las preocupaciones económicas
de la Ilustración.
Su trayectoria
pública continuó con otros importantes cargos. Fue miembro del Consejo de
Castilla, consejero de Hacienda, camarista de Castilla y oidor decano de la
Real Audiencia de Sevilla, además de desempeñar diversas funciones relacionadas
con la administración económica y judicial de la ciudad. Su celo en la
persecución del contrabando y la delincuencia y la autoridad con que ejercía
sus funciones contribuyeron a crear en torno a él una imagen de hombre poderoso
y severo. El pueblo sevillano llegó a conocerlo como “el Señor del Gran Poder”.
Entre
los episodios más conocidos de su carrera se encuentra su intervención contra
el bandolerismo. Por encargo de Carlos III participó en la persecución de Diego
Corrientes Mateos, el célebre bandolero de Utrera, que fue finalmente
capturado, encarcelado en la Cárcel de la Audiencia y ejecutado en 1781.
Francisco de
Bruna murió en Sevilla en 1807, a los ochenta y ocho años, después de una larga
vida dedicada al servicio de la Monarquía y, al mismo tiempo, a la cultura.
Tras su muerte, parte de su extraordinaria biblioteca pasó a las colecciones
reales; entre los fondos conservados se encuentran incunables, manuscritos y
valiosos impresos que testimonian la amplitud de sus intereses.
Su
figura resume muchas de las contradicciones de la Ilustración sevillana: fue un
hombre de enorme poder institucional y de carácter severo, pero también un
apasionado defensor del conocimiento, las artes, la arqueología y los libros.
En él convivieron el magistrado y el coleccionista, el hombre de gobierno y el
protector de los intelectuales. Su larga presencia en la vida sevillana hizo de
Francisco de Bruna una de las personalidades fundamentales de la ciudad en la
segunda mitad del siglo XVIII.
No resulta extraño, por tanto, que el Ayuntamiento
decidiera honrar su memoria. En 1845 la antigua calle Papeleros pasó a
denominarse oficialmente calle Bruna. Durante la Segunda República recibió el
nombre de Joaquín Hazañas, en recuerdo del historiador y bibliófilo sevillano,
pero en 1952 recuperó la denominación de Francisco Bruna, que conserva en la
actualidad. De este modo, el nombre de la calle mantiene viva la memoria de uno
de los grandes protagonistas de la Sevilla ilustrada.
Calle Francisco Bruna
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