lunes, 10 de agosto de 2026

ALGUNOS PERSONAJES HISTÓRICOS EN LAS CALLES DE SEVILLA

Francisco de Bruna y Ahumada.

Francisco de Bruna y Ahumada (Granada, 1719-Sevilla, 1807) fue una de las personalidades más poderosas e influyentes de la Sevilla ilustrada del siglo XVIII. Jurista, magistrado, coleccionista, bibliófilo y protector de las artes y las letras, desarrolló prácticamente toda su carrera en Sevilla, ciudad en la que dejó una profunda huella tanto en la vida institucional como en la cultural.

Hijo del también destacado magistrado Andrés de Bruna, recibió una esmerada formación en el Colegio-Universidad de Santa María de Jesús de Sevilla, donde se doctoró en Cánones y Derecho. Desde muy joven compaginó la actividad universitaria con la magistratura y en 1744 ya formaba parte de los oidores de la Real Audiencia de Sevilla. A diferencia de otros altos funcionarios de su tiempo, rechazó trasladarse a la Corte y prefirió permanecer en Sevilla, donde fue acumulando cargos y una considerable autoridad.

Retrato de Francisco de Bruna y Ahumada. Real Academia de Bellas Artes de santa Isabel de Hungría. (ver)(CC BY 3.0)

En 1765 fue nombrado teniente de alcalde de los Reales Alcázares, cargo que desempeñaría durante décadas. Desde esta responsabilidad intervino en las obras de reparación y consolidación necesarias después del terremoto de 1755 y convirtió los espacios del Alcázar en un importante foco de actividad cultural. Su posición le permitió impulsar iniciativas relacionadas con las artes, la arqueología y la enseñanza, entre ellas la Escuela de las Tres Artes Nobles, antecedente de la Academia de Bellas Artes de Sevilla.

Bruna fue también un apasionado coleccionista. Reunió pinturas, esculturas, monedas, antigüedades, dibujos, manuscritos y una importante biblioteca formada por unos 3.500 volúmenes. Entre sus obras más valiosas se encontraba La adoración de los Magos de Diego Velázquez, considerada la primera pintura realizada por el artista en Sevilla. Su colección arqueológica, instalada en parte en los Reales Alcázares bajo el título de “Inscripciones y Antigüedades de la Bética”, reflejaba el creciente interés de los ilustrados por conocer y preservar el pasado histórico.

Su pasión por los libros y el conocimiento le vinculó estrechamente con la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, de la que fue protector. Gracias a su intervención, la institución pudo disponer de un espacio en los Alcázares y obtuvo de Carlos III una pensión para su funcionamiento. También mantuvo amistad con destacados intelectuales de la época, entre ellos Gaspar Melchor de Jovellanos y Pablo de Olavide, y participó en los círculos ilustrados sevillanos. En la tertulia de Olavide asistió incluso a la lectura que Jovellanos hizo de El delincuente honrado.

Su interés por los problemas económicos y sociales no fue meramente teórico. En 1768 redactó, como decano de la Real Audiencia, un importante informe sobre la situación agraria de Andalucía. Basado en su experiencia profesional y en su conocimiento directo del campo, analizó las condiciones de los cultivos, los jornales, el precio de las tierras y las dificultades de los campesinos. Propuso favorecer el cultivo de nuevas tierras, los cercamientos y los arrendamientos de larga duración, y se mostró contrario a determinados privilegios de la Mesta. Su pensamiento revela la mentalidad reformista de un hombre profundamente vinculado a las preocupaciones económicas de la Ilustración.

Su trayectoria pública continuó con otros importantes cargos. Fue miembro del Consejo de Castilla, consejero de Hacienda, camarista de Castilla y oidor decano de la Real Audiencia de Sevilla, además de desempeñar diversas funciones relacionadas con la administración económica y judicial de la ciudad. Su celo en la persecución del contrabando y la delincuencia y la autoridad con que ejercía sus funciones contribuyeron a crear en torno a él una imagen de hombre poderoso y severo. El pueblo sevillano llegó a conocerlo como “el Señor del Gran Poder”.

Entre los episodios más conocidos de su carrera se encuentra su intervención contra el bandolerismo. Por encargo de Carlos III participó en la persecución de Diego Corrientes Mateos, el célebre bandolero de Utrera, que fue finalmente capturado, encarcelado en la Cárcel de la Audiencia y ejecutado en 1781.

Francisco de Bruna murió en Sevilla en 1807, a los ochenta y ocho años, después de una larga vida dedicada al servicio de la Monarquía y, al mismo tiempo, a la cultura. Tras su muerte, parte de su extraordinaria biblioteca pasó a las colecciones reales; entre los fondos conservados se encuentran incunables, manuscritos y valiosos impresos que testimonian la amplitud de sus intereses.

Su figura resume muchas de las contradicciones de la Ilustración sevillana: fue un hombre de enorme poder institucional y de carácter severo, pero también un apasionado defensor del conocimiento, las artes, la arqueología y los libros. En él convivieron el magistrado y el coleccionista, el hombre de gobierno y el protector de los intelectuales. Su larga presencia en la vida sevillana hizo de Francisco de Bruna una de las personalidades fundamentales de la ciudad en la segunda mitad del siglo XVIII.

No resulta extraño, por tanto, que el Ayuntamiento decidiera honrar su memoria. En 1845 la antigua calle Papeleros pasó a denominarse oficialmente calle Bruna. Durante la Segunda República recibió el nombre de Joaquín Hazañas, en recuerdo del historiador y bibliófilo sevillano, pero en 1952 recuperó la denominación de Francisco Bruna, que conserva en la actualidad. De este modo, el nombre de la calle mantiene viva la memoria de uno de los grandes protagonistas de la Sevilla ilustrada.

Calle Francisco Bruna

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