domingo, 9 de agosto de 2026

ALGUNAS CURIOSIDADES DE SEVILLA

Los Médicos Rurales.

Hubo un tiempo en que ser médico rural significaba mucho más que ejercer una profesión. Era una forma de vida y, sobre todo, un compromiso con las personas a las que se había decidido servir.

Médico rural. (ver) (CC BY 3.0)

En aquellos años, el médico rural era una figura imprescindible en la vida de los pueblos. Conocía a sus enfermos por su nombre, pero también a varias generaciones de una misma familia, sus casas, sus preocupaciones, sus alegrías y sus desgracias. Sabía quién había nacido, quién estaba enfermo, quién esperaba un hijo y quién afrontaba sus últimos momentos. Conocía de memoria, “sin ordenador”, la historia de cada familia. Muchas familias dependían de su disponibilidad y él debía estar preparado para acudir a cualquier hora, por caminos difíciles y sin importar la noche, el frío o la lluvia.

Médico rural. (ver) (CC BY 3.0)

Mi padre, Andrés Carranza Cano, fue uno de aquellos médicos. Ejerció en Alcalá del Río y, simultáneamente, atendió también a los vecinos de Burguillos, Cantillana y Villaverde. Su consulta estaba en una habitación de nuestra casa y su jornada no terminaba nunca del todo. Una llamada telefónica, unos golpes en la puerta o alguien que llegaba apresuradamente podían interrumpir la comida, el descanso o el sueño. Y había que acudir.

Médico rural. (ver) (CC BY 3.0)

Hoy, cuando la medicina dispone de hospitales, ambulancias, centros de salud y medios diagnósticos resulta difícil imaginar lo que significaba ejercer de aquella manera, pues era una medicina cercana, casi artesanal, con medios muy limitados: fonendoscopio, tensiómetro, termómetro, jeringuilla y poco más.

Cuando no existían las pruebas diagnósticas ni los recursos actuales, había que confiar en los conocimientos, la experiencia, la capacidad de observación y ese “ojo clínico” que solo proporcionaba la experiencia de los años junto a los enfermos. También había que convivir con la incertidumbre y aceptar que no siempre era posible curar. Quedaba entonces aliviar, consolar y acompañar.

Siguiendo el antiguo aforismo “Curar a veces, aliviar a menudo, consolar siempre”, atribuido a figuras como Hipócrates, Ambroise Paré, Claude Bernard, Pasteur, Osler o Alexis Carrel: “Si no se puede curar, se debe ayudar. Si no se puede aliviar, se debe consolar. Y si nada de eso es posible, al menos se debe acompañar”.

Mi padre no fue solamente quien trataba enfermedades. Era también quien tranquilizaba a una madre, acompañaba a un anciano, atendía un parto o llegaba de madrugada a una casa donde una familia esperaba angustiada. 

Conocía las alegrías de devolver la salud, pero también el dolor de no poder salvar una vida.

Formaba parte de la comunidad y, además de médico, podía convertirse en consejero, confidente y amigo. Había, además, una relación de confianza difícil de imaginar en la medicina actual. Era impensable una agresión incluso en la soledad de una noche oscura. El médico rural conocía las miserias y las grandezas de sus vecinos y guardaba en silencio innumerables historias que nunca llegaron a escribirse.

Cuando comencé a estudiar Medicina tuve el privilegio de acercarme a su trabajo desde una perspectiva nueva. Algunas veces le ayudaba en la consulta y muchas otras lo acompañaba en sus visitas nocturnas a domicilio, junto al Sereno y a Pepe el Practicante.

Aquellas noches fueron, probablemente, mis mejores lecciones de Medicina. No estaban en los libros. No se aprendían en las aulas ni aparecían en los programas de las asignaturas. Se aprendía observando cómo hablaba con una familia, cómo escuchaba al enfermo, cómo preguntaba, cómo examinaba y, sobre todo, cómo transmitía serenidad incluso en las situaciones difíciles.

Recuerdo especialmente una visita, por su contenido profesional y humano.  Era de noche, aproximadamente las cinco de la madrugada, cuando fuimos a visitar a un niño que tenía fiebre. 


Mi padre, todavía con el cansancio de la noche, comenzó a hacer las preguntas habituales a la madre para conocer la evolución del pequeño: ¿Desde cuándo tiene fiebre el niño?

Ella respondió: "Desde las doce de la mañana, pero no lo llamé para no molestarlo".

Mi padre me miró y la miró y, con la ironía que formaba parte de su carácter, respondió: "Pues a las doce no me hubiera molestado".

Una frase aparentemente sencilla que resume mucho de aquella manera de entender la profesión. La madre había esperado horas antes de llamar al médico, quizá por respeto, quizá por no interrumpir su descanso. Y, finalmente, cuando la noche estaba ya avanzada, y no le cedía la fiebre consideró que era el momento de recurrir a Don Andrés. Mi padre sabía que aquello formaba parte de su oficio y utilizó su ironía para quitar dramatismo a la situación y, al mismo tiempo, enseñar que al médico había que llamarlo cuando el enfermo lo necesitaba.

Aquellas visitas nocturnas, para atender partos, metrorragias, crisis de hemoptisis en tuberculosos, asfixias de niños con tosferina, ictus y tantas otras enfermedades, me permitieron conocer a mi padre de una manera diferente. Vi al médico, pero también al hombre: su cansancio y su paciencia, su preocupación ante la enfermedad y su serenidad ante el sufrimiento.

No había aplausos para aquellas visitas de madrugada. Solo una palangana con agua limpia, una pastilla de jabón sin estrenar y una toalla blanca “limpísima” para que Don Andrés pudiera lavarse las manos y un “gracias, Don Andrés”.

Con los años he comprendido el valor de aquellas noches. Fueron un privilegio, no solo porque me permitieron acercarme a la profesión que yo había elegido, sino porque me permitieron conocer mejor a mi padre. Durante el día era simplemente mi padre; al entrar en la consulta o acudir de madrugada a una casa, se convertía en el médico en quien tantas personas habían depositado su confianza.

Hoy me ha apetecido escribir sobre la profesión de Médico Rural y recordar a mi padre no solo como profesional, sino también como hombre.  Recuerdo al padre que me permitió acompañarlo cuando yo comenzaba a descubrir la Medicina. Y recuerdo, con especial emoción, el privilegio de haber caminado a su lado, de madrugada, mientras acudía a casa de alguien que lo necesitaba.

Y recordar una de aquellas frases suyas, llenas de ironía y de humanidad: “A las doce no me hubiera molestado”. Hoy aquella frase me hace sonreír, pero también me emociona.

15 comentarios:

  1. Andrés que grande recuerdo yo al terminar la carrera me fui a ejercer de médico de “ pueblo “ fue en Villamanrique de la Condesa y como tu describe no había horario , fue una gran experiencia con satisfacción y alegría A. Iglesias

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  2. Muchas gracias Andres por recordar aquella época de la q yo llamo medicina heroica. Tuve la suerte de conocer parte de aquella medicina de 24 horas en nuestro querido Alcalá del Río aunque con algunos medios más. Un cariñoso abrazo

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  3. Gracias por hablar del Médico en su concepto más puro.

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  4. Buen y emocionado relato cuajado de frases dignas de ser parafraseadas, y que ponen de manifiesto que esa profesión, además de conocimiento, necesita de un plus que es la vocación. Solamente así se entiende ese desvelo por los pacientes. “ Á las dice no me hubiera molestado”.

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  5. Magnifico el comentario y la narracion de lo que vonyebaba ser un medico rural no he visto en tu comentario aparte de no cobrar nada en muchas ocasiones le daba las medicinas y hasta le daba para leche o alimentos sobre esto he leido mucho.

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  6. De bien nacido ser agradecido. De tal palo tal astilla. Suerte de haber tenido ese padre

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  7. Julio Sánchez Román16 de agosto de 2026 a las 5:04

    Muchas gracias Andrés por trasladarnos a esa época heroica de la Medicina (con mayúscula).
    Yo he vivido también, aunque con mucha menos intensidad que tu padre, una Medicina buen distinta de la que hemos vivido tú y yo en grandes hospitales. Las consultas, como médico de la Beneficencia Municipal, en las zonas alejadas de la capital (Charco Redondo, La Corchuela...) y esas visitas nocturnas y en solitario a barrios marginales (Las Tres Mil, las Letanías, "La verea der poco aseite"...), incluso la atención a un anciano, a una parturienta o a un lactante, a la luz lúgubre de una lámpara de carburo, en las chabolas del Vacíe. Claro que con una ambulancia en vez del caballo, pero con las mismas escasas armas en el maletín que las que tenía tu padre. Eso si, con un amor a la profesión, como él y como tú, que se nos salía por los poros.
    Cuanto le debo a esa época: como médico y como ser humano.
    Un fuerte abrazo.

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  8. Domingo Acosta Delgado16 de agosto de 2026 a las 9:35

    Muchas gracias Andrés. Me he visto retratado en ese relato sobre tu padre. Yo tuve la oportunidad, más bien diria la suerte, de vivir esa cara de la profesion durante unos meses antes de iniciar la residencia en el hospital. Fué especialmente enriquecedor.

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  9. Andrés llevas escrito muchas páginas de cultura, que nos han enseñado mucho, pero tu escrito de hoy es una lección magistral de la historia de la Medicina y mas aun referida y contada a la enseñanza tan grande que tu padre supuso para ti en tus comienzos de medico.
    Emociona leerla, y mas tratándose de un familiar nuestro.
    Mi padre no ejerció la medicina rural, como todos sabéis, pero si esa medicina clásica y con tantos valores humanos.

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  10. Gracias Maestro por compartir esta experiencia de incalculable valor humanístico, en tiempos en los que cada vez cobra mayor importancia “Si no se puede curar, se debe ayudar. Si no se puede aliviar, se debe consolar. Y si nada de eso es posible, al menos se debe acompañar”.un abrazo

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  11. Desde el museo del Médico rural de Maceda le envío mi más sincera felicitación por mostrar la esencia del Médico rural.... Vocacional y humanitaria... Puede ver en nuestra página web lo que estamos desarrollando

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  12. Emotiva historia por la que todos nos hicimos médicos. Los tiempos modernos y la tecnología nos ha ido cambiando. Pero todavía sigue existiendo la figura de ese médico rural que has ensalzado. Precioso jefe.

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  13. Magnífico y precioso relato de padre e hijo unidos por el amor a la medicina, con enseñanzas que efectivamente no se aprenden en libros. Un fuerte abrazo. Angel

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  14. Me ha encantado la historia y me ha recordado a mi padre médico de pueblo, tal como la describes.
    Como anécdota después de subir varios pisos para ver un enfermo ,
    La frase. “Don Manuel le oigo y ya me encuentro mejor “ mi padre con humor siempre decía “pues llámame por teléfono”
    Grandes médicos los rurales

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  15. Gracias Andrés por hacernos llegar las peripecias del médico rural, tan importante y hoy tan poco valorado. Me ha gustado tu exposición llena de sentimientos, cierta nostalgia y muy reveladora del cariño y la ternura que se ve le profesabas y aún mantienes en tus recuerdos. Un abrazo amigo Andrés.

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