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Cárcel Real (derribado).
Pocos transeúntes que se deslizan cada día por la calle
Sierpes advierten que se alzaba uno de los espacios más oscuros, densos y
humanos del Siglo de Oro: la Cárcel Real de Sevilla.
Pues, la Cárcel
Real de Sevilla fue durante más de seis siglos uno de los espacios más
singulares y sombríos del corazón de la ciudad. Situada en la calle Sierpes,
muy cerca de la plaza de San Francisco, ocupaba el solar donde hoy se levanta
el edificio de CaixaBank-Cajasol, en el número 85 de la calle.
Su historia se
remonta a los primeros tiempos de la Sevilla cristiana y quedó estrechamente
vinculada a la vida política, social y literaria de la ciudad. Por sus
dependencias pasaron delincuentes anónimos, condenados por deudas, pobres y
marginados, pero también algunos de los grandes nombres de la cultura española
del Siglo de Oro: Bartolomé Morel, fundidor del Giraldillo, Mateo Alemán,
Alonso Cano, Juan Martínez Montañés y, sobre todo, Miguel de Cervantes.
El origen de la
institución se sitúa en el Repartimiento realizado después de la conquista de
Sevilla por Fernando III en el siglo XIII. El edificio se encontraba ya en
estado ruinoso en 1418, cuando fue reconstruido a expensas de Guiomar Manuel,
dama perteneciente a la nobleza sevillana y benefactora de distintas obras de
la ciudad, entre ellas las de la Catedral, donde está enterrada. Aquella
construcción medieval constituyó el núcleo de una prisión que experimentaría
sucesivas ampliaciones y transformaciones durante los siglos siguientes.
La reforma
decisiva tuvo lugar en la segunda mitad del siglo XVI. Durante el gobierno del
asistente Francisco Chacón y Téllez se acordó ampliar el edificio mediante una
nueva crujía de fachada y una portada monumental. El proyecto provocó un largo
conflicto con la Iglesia, pues para ampliar la cárcel era necesario derribar
unas casas de propiedad eclesiástica. A cambio
se les ofreció el Cabildo viejo, situado en el Corral de los Olmos, y una
tienda de especias en la Alcaicería. Pero, la actuación del
Ayuntamiento sin haber alcanzado previamente un acuerdo definitivo llegó a
provocar la excomunión del asistente. Finalmente, las gestiones del nuevo
asistente, Francisco Hurtado de Mendoza, conde de Monteagudo y marqués de
Almazán, permitieron resolver el conflicto y reanudar las obras.
La construcción
fue iniciada por Hernán Ruiz II y, tras su fallecimiento el 21 de abril de
1569, concluida por Benvenuto Tortello, maestro mayor de obras del cabildo. La
nueva cárcel quedó terminada ese mismo año, durante el reinado de Felipe II, y
su monumental portada convirtió el edificio en una presencia arquitectónica
destacada de la calle Sierpes.
La puerta
estaba flanqueada por pilastras y adornada con los escudos de Francisco Hurtado
de Mendoza. Sobre ellos se disponían una inscripción conmemorativa y las armas
reales, sostenidas por dos leones, mientras que el remate estaba formado por
una representación de la Justicia acompañada por las alegorías de la Fortaleza
y la Templanza.
La portada tuvo
además un carácter religioso. En 1587 el pintor portugués Vasco Pereira recibió
140 ducados por realizar un retablo y una pintura de la Visitación para la
puerta de la cárcel. Esta obra permaneció allí hasta la desaparición del
edificio y constituye uno de los elementos que permiten reconstruir visualmente
el aspecto de aquella fachada.
Gracias a los
planos conservados en el Archivo Histórico Nacional de Madrid podemos conocer
con bastante precisión la configuración del edificio en los últimos tiempos de
su existencia. Se trataba de una construcción de tres plantas organizada
alrededor de un patio principal, en cuyo centro había una fuente octogonal
abastecida por los Caños de Carmona. Alrededor del patio se distribuían los
calabozos, algunos de ellos pertenecientes a la fábrica medieval y con una
profundidad aproximada de tres metros. El conjunto contaba también con capilla,
enfermería, sala de visitas, dependencias para los carceleros y una zona
específica destinada a las mujeres.
La cárcel era,
en realidad, una pequeña ciudad encerrada dentro de otra ciudad. El testimonio
del jesuita Pedro de León, que ejerció su ministerio entre los presos
sevillanos durante varias décadas, permite acercarse a la compleja organización
de aquel mundo. Había tabernas y bodegones, tiendas de fruta y aceite, enfermería,
espacios donde se comerciaba con objetos y prendas, y presos que desempeñaban
distintos oficios. Existían además diversas categorías y espacios de reclusión,
identificados mediante nombres tan expresivos como Sala Vieja, Galera Vieja, Bravos,
Tragedia, Cámara de Hierro, Galera Nueva, Pestilencia, Miserable, Ginebra,
Chupadera, Casa de Meca o Laberinto.
La desigualdad
social del exterior se reproducía incluso dentro de la prisión. Pedro de León
habla de tres puertas con nombres reveladores: la de Oro, reservada a quienes
tenían dinero (oro) suficiente para acceder a los aposentos del alcaide; la de
Hierro o Cobre, destinada a quienes podían pagar con moneda de menor valor (dineros
de cobre y vellón); y la de Plata, cuyo acceso permitía permanecer sin grillos
mediante dinero o influencias (plata). La cárcel era, por tanto, un reflejo de
la sociedad sevillana.
Las condiciones
de vida eran extremadamente duras. La abundancia de presos, la escasez de
espacio, la suciedad y las deficientes condiciones higiénicas favorecían las
enfermedades y convertían el recinto en un lugar insalubre. Cristóbal de
Chaves, abogado de la Audiencia y autor de una Relación de la Cárcel de
Sevilla, dejó un testimonio estremecedor sobre la acumulación de inmundicias y
el hacinamiento de los reclusos. Pedro de León, por su parte, describió una
comunidad sometida a la violencia, los juegos, las pendencias y las duras
reglas internas. Juan de Mal
Lara cuenta que cuando Felipe II visitó la ciudad en 1570 y su
cortejo pasó frente a la prisión se produjo tal griterío entre las reclusas
pidiendo clemencia que el rey pidió que el cortejo se detuviera. El 4 de marzo
de 1624 Felipe IV, durante su visita a Sevilla de dos semanas, estuvo en
esta cárcel y liberó a algunos de sus presos, tras considerar sus
circunstancias.
Pero aquel
universo no estaba completamente aislado de la ciudad. Las puertas permanecían
abiertas durante buena parte del día y entraban visitantes, familiares y otras
personas. Las prostitutas, disfrazadas de
amigas o parientas, entraban con la asiduidad de una visita de cortesía. Con
ellas no solo venía consuelo: también contrabando, armas blancas y rumores. Existía
un intenso intercambio de bienes, favores y noticias. Los presos habían creado
sus propias normas y jerarquías, y hasta disponían de una cofradía de
disciplina que salía el Viernes Santo por lo alto de la cárcel y descendía al
patio. La religiosidad convivía así con la violencia y la marginalidad, hasta
el punto de que, al llegar la noche, los presos rezaban conjuntamente en los
distintos aposentos.
La Cárcel Real
llamó también la atención de algunos de los grandes escritores del momento.
Mateo Alemán, que estuvo preso en ella, la convirtió en escenario literario y
la describió en la segunda parte de “Guzmán de Alfarache” como un lugar de
arrepentimiento, engaños, sufrimiento y confusión. Lope de Vega situó asimismo
en este edificio una escena de su comedia “El amigo hasta la muerte”. La
prisión llegó a convertirse en una especie de microcosmos en el que se
concentraban los vicios, conflictos, miserias y contradicciones de la sociedad
de su tiempo.
Entre todos sus
moradores destaca Miguel de Cervantes. El escritor estuvo preso en la Cárcel
Real en 1597, aunque la documentación disponible no permite afirmar con
seguridad que permaneciera allí durante cinco años ni que regresara a ella en
1602. Su encarcelamiento estuvo relacionado con su actividad como recaudador de
impuestos. La tradición sevillana ha querido situar entre estos muros la
gestación del Quijote, apoyándose en las palabras del propio Cervantes en el
prólogo de la primera parte, publicada en 1605: “como quien se engendró en una
cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace
su habitación”.
Miguel de Cervantes preso imaginando El
Quijote. Óleo de Mariano de la Roca y Delgado. Museo del Prado.
La vinculación
entre Cervantes y la Cárcel Real ha adquirido con el tiempo una dimensión casi
legendaria. No puede demostrarse que allí escribiera o concibiera materialmente
el Quijote, pero resulta indudable que la experiencia de la prisión sevillana
formó parte de su biografía y que la imagen de una obra nacida “en una cárcel”
quedó incorporada para siempre a la memoria literaria de Sevilla.
La vida del edificio
se prolongó entre continuas reparaciones. Durante los siglos XVII y XVIII
intervinieron en él arquitectos y maestros mayores como Juan de Oviedo, Pedro
Sánchez Falconete, Pedro del Valle, Acisclo Burgueño y Luis de Vega. En 1716 el
arquitecto Juan Navarro realizó un detallado informe acompañado de planos en el
que advertía del estado ruinoso del inmueble. Posteriormente se sucedieron
nuevas obras, pero el deterioro continuó. El terremoto de Lisboa de 1755 agravó
la situación y una inspección realizada al día siguiente señaló el peligro de
la fachada principal y la necesidad de reparar también las viviendas, la
enfermería y las cubiertas.
Finalmente, en
1835 la Cárcel Real abandonó su emplazamiento histórico y fue trasladada al desamortizado
convento de los agustinos recoletos de Nuestra Señora del Pópulo, que pasó a
conocerse como Cárcel del Pópulo. Poco después desapareció el viejo edificio de
la calle Sierpes. El solar, de 1.667 varas cuadradas, conoció sucesivos usos:
en 1905 fue ocupado por el Círculo de Labradores y Propietarios que
posteriormente se trasladó en 1951 a la calle Pedro Caravaca; posteriormente
acogió unos baños, un hotel y un café, antes de convertirse en sede bancaria.
Aunque la
cárcel desapareció físicamente, su memoria quedó incorporada al paisaje urbano.
En 1905 la Real Academia Sevillana de Buenas Letras colocó, en la esquina con la calle Francisco Bruna, una lápida
dedicada a Cervantes y a la tradición según la cual allí se engendró el
Quijote.
En el recinto de estas
casas, antes Cárcel Real estuvo preso 1597-1602, Miguel de Cervantes Saavedra.
Aquí se engendró para asombro y deleite del mundo “El ingenioso Hidalgo Don
Quijote de la Mancha”
En 1984 se
instaló además un azulejo que reproduce la fachada de la antigua prisión,
incluyendo el desaparecido retablo de la Visitación.
La Cárcel Real.
Gonzalo Bilbao
Y, muy cerca,
en la calle Entrecárceles, se levantó en 1974 una estatua de Cervantes
realizada por Sebastián Santos Rojas.
Estatua de Cervantes
Hoy resulta difícil imaginar que bajo el bullicio comercial de la calle Sierpes se levantó durante siglos aquel edificio oscuro y abigarrado. Sin embargo, la Cárcel Real constituye uno de esos lugares desaparecidos que siguen formando parte de la memoria profunda de Sevilla. Fue prisión, refugio de la marginalidad, escenario de conflictos, espacio de religiosidad y sufrimiento, pero también lugar de inspiración literaria. Entre sus muros convivieron la miseria y el ingenio, la violencia y la fe, la desesperación y la esperanza. Y sobre todo quedó asociada para siempre a uno de los grandes misterios de la literatura universal: la posibilidad de que, en aquel “infierno” de la Sevilla del Siglo de Oro, Miguel de Cervantes encontrara el escenario vital que ayudaría a alumbrar al ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.
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