jueves, 13 de agosto de 2026

AREA CENTRO 2

Jardín Botánico de Monardes (derribado).

En el número 19 de la calle Sierpes, sobre el elegante rótulo comercial en madera y azulejos de la Relojería “Enrique Sanchís, El Cronómetro”, podemos leer una placa cerámica del Ayuntamiento colocada en conmemoración del cuarto centenario de la muerte de un extraordinario científico sevillano del siglo XVI, Nicolás Monardes Alfaro.

El Cronómetro

Azulejo de Nicolás Monardes: En este lugar estuvo situado el jardín botánico medicinal de Nicolás Monardes Alfaro (1493-1588) sevillano universal e introductor de la materia médica americana en Europa. El Excmo. Ayuntamiento acordó la colocación de esta cerámica en el IV centenario de su muerte. Sevilla, 10 octubre 1988

Nicolás Monardes nació en Sevilla hacia finales del siglo XV o comienzos del XVI, según las distintas fuentes, y falleció en la ciudad en 1588. Hijo del librero genovés Niculosu de Monardis y de Ana de Alfaro, estudió Artes, Filosofía y Medicina en la Universidad de Alcalá de Henares, dentro del ambiente intelectual del humanismo renacentista. De regreso a Sevilla desarrolló una brillante carrera médica, se doctoró en el Colegio de Santa María de Jesús y llegó a alcanzar una posición económica que le permitió dedicar buena parte de sus recursos a sus investigaciones sobre los productos procedentes de América.

En 1577 falleció su esposa, vivió sus últimos años con su hija Jerónima, y murió el 10 de octubre de 158 de una apoplejía, siendo enterrado en el Convento de San Leandro.

Nicolás Monardes

El jardín se encontraba en la parte posterior de su casa, en el entorno de la actual calle Sierpes, probablemente próximo al callejón de Azofaifo. No conocemos con precisión su extensión ni su distribución, y tampoco se conservan planos que permitan reconstruirlo con seguridad. Se supone, que la entrada principal estaría cerca de dónde encuentra la placa cerámica, y el jardín ocuparía la parte trasera de los espacios donde están los actuales edificios. Nada queda físicamente de aquel jardín, pues los cambios urbanísticos borraron el pequeño huerto.

Todo indica que debió de ser un espacio relativamente reducido, pero dotado de una enorme importancia científica. Allí Monardes cultivaba y aclimataba las nuevas especies, observaba su desarrollo y estudiaba sus propiedades, mientras que en dependencias de la propia casa disponía de un gabinete, un laboratorio y una colección de productos naturales. El conjunto constituía, en la práctica, un auténtico centro privado de investigación médica y botánica.

Su actividad científica estuvo estrechamente relacionada con la privilegiada posición de Sevilla como Puerto de Indias. Los barcos que llegaban de América traían consigo semillas, raíces, cortezas, frutos, resinas y otras materias desconocidas o apenas conocidas en Europa. Monardes, que nunca viajó al Nuevo Mundo, obtuvo información y muestras a través de pasajeros de Indias, médicos que habían ejercido en América, funcionarios, soldados, comerciantes, religiosos y marineros que regresaban a Sevilla. De este modo convirtió la ciudad portuaria en una extraordinaria fuente de información botánica y médica.

La finalidad principal del jardín era medicinal. Monardes quería comprobar personalmente las propiedades de aquellas plantas que llegaban de las Indias Occidentales y determinar cómo podían ser utilizadas en la práctica médica. En aquel jardín crecieron por primera vez en Europa numerosas plantas americanas, cuya adaptación al clima sevillano permitió estudiar sus propiedades, formas de cultivo y posibles aplicaciones médicas. Entre las especies que estudió figuraban el tabaco, el sasafrás, el guayaco o guayacán, la zarzaparrilla, la jalapa, el mechoacán, el cardo santo, la cebadilla, el ricino, el bálsamo de Tolú, el bálsamo del Perú, la pimienta, el copal y la canela de Indias. Algunas eran completamente desconocidas para los europeos; otras habían llegado anteriormente, pero carecían todavía de una descripción científica adecuada. Algunas de ellas se utilizaron para tratar enfermedades tan extendidas como la sífilis, las fiebres, los problemas digestivos o las afecciones respiratorias, mientras que otras despertaron un enorme interés por sus aplicaciones farmacológicas o comerciales.

El jardín tuvo además una importancia decisiva en la difusión de numerosos alimentos que terminarían transformando la alimentación europea. Monardes contribuyó a dar a conocer la piña tropical, el cacahuete, el maíz, la batata, la coca y la zarzaparrilla, entre otros productos americanos. Sorprende sin embargo que no llegara ni siquiera a cultivar el tomate, del que se dice, por otro lado, que entró en Sevilla a escondidas lo que deja de ser bastante curioso. De lo que no hay duda alguna es que su huerto y azotea fueron los primeros lugares del viejo mundo donde se vieron, por primera vez, muchos de estos cultivos, entre ellos la patata.

Entre todas las plantas ocupó un lugar especial el tabaco. Monardes le atribuyó numerosas virtudes terapéuticas y lo consideró un remedio de extraordinaria amplitud, hasta el punto de preparar fórmulas medicinales a base de esta planta. Sus conclusiones deben entenderse dentro de los conocimientos médicos del siglo XVI, cuando todavía se desconocían los efectos de la nicotina y las consecuencias perjudiciales del consumo de tabaco que hoy conocemos. El episodio constituye, precisamente, un buen ejemplo de la mentalidad experimental de la época: observar una nueva planta, ensayar sus efectos y buscarle aplicaciones dentro de la medicina disponible.

El trabajo realizado en este pequeño jardín sevillano desembocó en la gran obra de Monardes, “Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales”, publicada en varias partes entre 1565 y 1574. En ella reunió descripciones de plantas, productos y sustancias americanas, explicando sus características y, sobre todo, sus posibles usos medicinales y las formas de preparación y administración.

La trascendencia de la obra fue extraordinaria. Las traducciones al latín, francés, italiano, inglés y otras lenguas hicieron que los conocimientos reunidos por Monardes desde Sevilla circularan rápidamente por toda Europa. El médico sevillano se convirtió así en uno de los principales introductores de la materia médica americana en el Viejo Mundo y en una figura fundamental para la historia de la farmacognosia. Sus escritos no se limitaron a enumerar plantas: describían los productos, sus características, la manera de prepararlos y las aplicaciones terapéuticas que se les atribuían.

Así, entre comercios, escaparates y el continuo movimiento de una de las calles más transitadas de Sevilla, resulta difícil imaginar que, en este mismo lugar, hace más de cuatro siglos, existió un pequeño jardín en el que crecieron plantas llegadas de un mundo recién incorporado al conocimiento europeo.

La importancia del recuerdo a Monardes llevó a crear en su honor la “Asociación Nicolás Monardes” de médicos escritores y artistas de Sevilla fundada en 1989 por un grupo de médicos con inquietudes literarias y artísticas, entre los que me cuento.

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