AREA CENTRO 2
Jardín Botánico de Monardes (derribado).
En el número 19 de la calle Sierpes, sobre
el elegante rótulo comercial en madera y azulejos de la Relojería “Enrique
Sanchís, El Cronómetro”, podemos leer una placa cerámica del Ayuntamiento
colocada en conmemoración del cuarto centenario de la muerte de un
extraordinario científico sevillano del siglo XVI, Nicolás
Monardes Alfaro.
El Cronómetro
Azulejo de Nicolás Monardes:
Nicolás
Monardes nació en Sevilla hacia finales del siglo XV o comienzos del XVI, según
las distintas fuentes, y falleció en la ciudad en 1588. Hijo del librero
genovés Niculosu de Monardis y de Ana de Alfaro, estudió Artes, Filosofía y
Medicina en la Universidad de Alcalá de Henares, dentro del ambiente
intelectual del humanismo renacentista. De regreso a Sevilla desarrolló una
brillante carrera médica, se doctoró en el Colegio de Santa María de Jesús y
llegó a alcanzar una posición económica que le permitió dedicar buena parte de
sus recursos a sus investigaciones sobre los productos procedentes de América.
En 1577
falleció su esposa, vivió sus últimos años con su hija Jerónima, y murió el 10
de octubre de 158 de una apoplejía, siendo enterrado en el Convento de San
Leandro.
Nicolás Monardes
El jardín se
encontraba en la parte posterior de su casa, en el entorno de la actual calle
Sierpes, probablemente próximo al callejón de Azofaifo. No conocemos con
precisión su extensión ni su distribución, y tampoco se conservan planos que permitan
reconstruirlo con seguridad. Se supone, que la entrada principal estaría
cerca de dónde encuentra la placa cerámica, y el jardín ocuparía la parte
trasera de los espacios donde están los actuales edificios. Nada
queda físicamente de aquel jardín, pues los cambios urbanísticos borraron el
pequeño huerto.
Todo indica que
debió de ser un espacio relativamente reducido, pero dotado de una enorme
importancia científica. Allí Monardes cultivaba y aclimataba las nuevas
especies, observaba su desarrollo y estudiaba sus propiedades, mientras que en
dependencias de la propia casa disponía de un gabinete, un laboratorio y una
colección de productos naturales. El conjunto constituía, en la práctica, un
auténtico centro privado de investigación médica y botánica.
Su actividad
científica estuvo estrechamente relacionada con la privilegiada posición de Sevilla
como Puerto de Indias. Los barcos que llegaban de América traían consigo
semillas, raíces, cortezas, frutos, resinas y otras materias desconocidas o
apenas conocidas en Europa. Monardes, que nunca viajó al Nuevo Mundo, obtuvo
información y muestras a través de pasajeros de Indias, médicos que habían
ejercido en América, funcionarios, soldados, comerciantes, religiosos y
marineros que regresaban a Sevilla. De este modo convirtió la ciudad portuaria
en una extraordinaria fuente de información botánica y médica.
La finalidad
principal del jardín era medicinal. Monardes quería comprobar personalmente las
propiedades de aquellas plantas que llegaban de las Indias Occidentales y
determinar cómo podían ser utilizadas en la práctica médica. En aquel jardín
crecieron por primera vez en Europa numerosas plantas americanas, cuya
adaptación al clima sevillano permitió estudiar sus propiedades, formas de
cultivo y posibles aplicaciones médicas. Entre las
especies que estudió figuraban el tabaco, el sasafrás, el guayaco o guayacán,
la zarzaparrilla, la jalapa, el mechoacán, el cardo santo, la cebadilla, el
ricino, el bálsamo de Tolú, el bálsamo del Perú, la pimienta, el copal y la
canela de Indias. Algunas eran completamente desconocidas para los europeos;
otras habían llegado anteriormente, pero carecían todavía de una descripción
científica adecuada. Algunas de ellas se utilizaron para tratar enfermedades tan
extendidas como la sífilis, las fiebres, los problemas digestivos o las
afecciones respiratorias, mientras que otras despertaron un enorme interés por
sus aplicaciones farmacológicas o comerciales.
El jardín tuvo además una importancia decisiva en la difusión de numerosos alimentos que terminarían transformando la alimentación europea. Monardes contribuyó a dar a conocer la piña tropical, el cacahuete, el maíz, la batata, la coca y la zarzaparrilla, entre otros productos americanos. Sorprende sin embargo que no llegara ni siquiera a cultivar el tomate, del que se dice, por otro lado, que entró en Sevilla a escondidas lo que deja de ser bastante curioso. De lo que no hay duda alguna es que su huerto y azotea fueron los primeros lugares del viejo mundo donde se vieron, por primera vez, muchos de estos cultivos, entre ellos la patata.
Entre todas las
plantas ocupó un lugar especial el tabaco. Monardes le atribuyó numerosas
virtudes terapéuticas y lo consideró un remedio de extraordinaria amplitud,
hasta el punto de preparar fórmulas medicinales a base de esta planta. Sus
conclusiones deben entenderse dentro de los conocimientos médicos del siglo
XVI, cuando todavía se desconocían los efectos de la nicotina y las
consecuencias perjudiciales del consumo de tabaco que hoy conocemos. El
episodio constituye, precisamente, un buen ejemplo de la mentalidad
experimental de la época: observar una nueva planta, ensayar sus efectos y
buscarle aplicaciones dentro de la medicina disponible.
El trabajo
realizado en este pequeño jardín sevillano desembocó en la gran obra de
Monardes, “Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias
Occidentales”, publicada en varias partes entre 1565 y 1574. En ella reunió
descripciones de plantas, productos y sustancias americanas, explicando sus
características y, sobre todo, sus posibles usos medicinales y las formas de
preparación y administración.
La
trascendencia de la obra fue extraordinaria. Las traducciones al latín,
francés, italiano, inglés y otras lenguas hicieron que los conocimientos
reunidos por Monardes desde Sevilla circularan rápidamente por toda Europa. El
médico sevillano se convirtió así en uno de los principales introductores de la
materia médica americana en el Viejo Mundo y en una figura fundamental para la
historia de la farmacognosia. Sus escritos no se limitaron a enumerar plantas:
describían los productos, sus características, la manera de prepararlos y las
aplicaciones terapéuticas que se les atribuían.
Así, entre
comercios, escaparates y el continuo movimiento de una de las calles más
transitadas de Sevilla, resulta difícil imaginar que, en este mismo lugar, hace
más de cuatro siglos, existió un pequeño jardín en el que crecieron plantas
llegadas de un mundo recién incorporado al conocimiento europeo.
La importancia del recuerdo a Monardes
llevó a crear en su honor la “Asociación Nicolás Monardes” de médicos
escritores y artistas de Sevilla fundada en 1989 por un grupo de médicos con
inquietudes literarias y artísticas, entre los que me cuento.
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