AREA CENTRO 1
Plaza de san Francisco.
La plaza de San Francisco constituye uno de los espacios
urbanos de mayor significación histórica de Sevilla. Durante siglos ha sido
escenario de la vida política, religiosa, comercial, judicial y festiva de la
ciudad, hasta convertirse en lo que tradicionalmente se ha considerado su plaza
mayor. Su dilatada historia explica que, pese a las profundas transformaciones
sufridas por su entorno, haya conservado hasta nuestros días una extraordinaria
capacidad de evocación.
El nombre de San Francisco se documenta desde el siglo XIII
y procede del convento franciscano (Leer mas) que se levantó en el
solar que actualmente ocupa la Plaza Nueva. Aunque el acceso principal al
cenobio se encontraba abierto hacia este espacio, la relación entre el convento
y la plaza fue tan estrecha que su advocación terminó dando nombre al lugar.
Esta denominación sobrevivió durante siglos, incluso cuando las autoridades
modificaron oficialmente el rótulo en diferentes momentos de la historia
contemporánea.
La plaza fue, en efecto, uno de los lugares de Sevilla donde
los cambios políticos quedaron reflejados de manera más inmediata en el
callejero. En 1812, tras la promulgación de la Constitución de Cádiz, pasó a
llamarse plaza de la Constitución. Con la restauración del absolutismo en 1814
recibió el nombre de Fernando VII; tras el pronunciamiento de Rafael del Riego
en 1820 recuperó el de Constitución. La reacción absolutista de 1823 provocó un
nuevo cambio, esta vez por plaza del Rey. En 1833, con motivo de la
proclamación de Isabel II, recibió el nombre de esta soberana. Dos años después
volvió a denominarse Constitución y, cuando Isabel II juró la Constitución en
1836, se combinaron ambas denominaciones. En 1840 quedó nuevamente como plaza
de la Constitución.
La proclamación de la Primera República en 1873 trajo
consigo otro cambio: plaza de la Libertad. El retorno de la monarquía al año
siguiente supuso la recuperación de Constitución. En 1931, con la proclamación
de la Segunda República, volvió a modificarse el rótulo por plaza de la República.
Tras el triunfo del levantamiento militar de 1936 en Sevilla, pasó a
denominarse plaza de Falange Española, nombre que conservó oficialmente hasta
1980, cuando se restituyó el tradicional de San Francisco. Es significativo
que, pese a todas estas modificaciones, la denominación de San Francisco nunca
desapareciera completamente del uso cotidiano.
Un testimonio de estas sucesivas rotulaciones es una gran
lápida de mármol con la inscripción “Constitución”, formada por letras de
bronce, que fue localizada enterrada durante unas obras de restauración y que
se conserva, como recuerdo de aquella etapa, en el vestíbulo de la actual sede
de Cajasol, antiguo edificio de Audiencia (ver). También consta documentalmente que, en 1729, una parte de la plaza
situada hacia su ángulo noroccidental era conocida como sitio o plaza de las
Provincias.
Vestíbulo
de la sede de Cajasol
Placa dedicada
a la plaza de San Francisco
Orígenes
y configuración urbana
El solar de
la actual plaza se encontraba probablemente en la periferia de la Sevilla
islámica durante los primeros siglos de dominación musulmana. Se ha planteado
la posibilidad de que en sus inmediaciones existiera una de las puertas de la
antigua muralla y, fuera del recinto, algún espacio funerario. La construcción
de la gran cerca almorávide incorporó definitivamente esta zona al interior de
la ciudad.
Su posición,
sin embargo, presentaba dificultades. La plaza se encontraba en una zona de
cota baja, afectada por la circulación de aguas procedentes de antiguos brazos
del Guadalquivir y por las escorrentías de las calles próximas. Esta
circunstancia condicionó durante siglos tanto su pavimentación como su mantenimiento
y explica las frecuentes noticias sobre lodos, aguas estancadas, residuos y
dificultades de drenaje.
Su forma general ya estaba bastante definida durante la Baja
Edad Media. Presentaba una planta aproximadamente trapezoidal y unas
dimensiones semejantes, en términos generales, a las actuales. Aunque fueron
numerosos los proyectos de ampliación, alineación y regularización, las
transformaciones más profundas se produjeron en determinadas zonas de sus
cuatro frentes.
El lado occidental quedó configurado en el siglo XVI con la
construcción de las Casas Capitulares, mientras que en el XIX experimentó una
transformación decisiva como consecuencia de la apertura de la calle Granada y
de la reforma del Ayuntamiento. En el frente septentrional se realizaron
distintas operaciones de ensanche y alineación, entre ellas la adquisición y
derribo, en 1734, de varias casas en la zona próxima a la actual calle
Francisco Bruna. La transformación más importante de este sector tuvo lugar
entre 1927 y 1931, cuando se derribaron diversas construcciones que avanzaban
sobre la plaza entre las calles Sierpes y Francisco Bruna.
El frente oriental también fue objeto de reiterados intentos
de regularización. Ya en 1605, aprovechando unas obras en la fachada de la
Audiencia, se planteó su alineación con el edificio situado enfrente, aunque la
propuesta no prosperó. En 1858 se volvió a intentar rectificar la línea
comprendida entre Chicarreros y Hernando Colón, con el resultado de la
desaparición de los antiguos soportales sin que llegara a conseguirse una
alineación completa.
El frente meridional fue reconstruido prácticamente por
completo en 1833 durante la etapa del asistente José Manuel de Arjona y volvió
a transformarse en las primeras décadas del siglo XX, cuando se construyó el
edificio del Banco de España (leer mas). La apertura y ensanche
de la antigua calle Génova —actual avenida de la Constitución— terminaron
creando un amplio espacio continuo entre la plaza de San Francisco, la Plaza
Nueva y la avenida.
El
agua y la fuente
Uno de los
elementos más característicos de la plaza durante siglos fue su fuente. En 1416
el rey ordenó que se construyera con fondos municipales un pilar o fuente,
después de conceder a la plaza dieciocho pajas de agua procedentes del Alcázar,
abastecido a su vez por los Caños de Carmona. Se trataba de una dotación
excepcional para la Sevilla de la época, muy superior a la de otras fuentes
urbanas.
La primera fuente documentada fue levantada en 1539 y
posteriormente reconstruida entre 1576 y 1578 siguiendo un diseño relacionado
con Asensio de Maeda. Su aspecto debió de ser especialmente monumental. El
historiador Alonso Morgado la describió como una fuente de gran altura,
coronada por una figura de bronce colocada sobre un globo, de cuyo conjunto
manaba abundantemente el agua hasta caer sobre sucesivas pilas de jaspe (Leer mas).
Fuente de Mercurio
El intenso uso de la plaza, su enorme concurrencia y los
frecuentes actos públicos hicieron que la escultura sufriera continuos
desperfectos. En 1593 se encontraba deteriorada, hasta el punto de haber
perdido una pierna, una mano y otros elementos. En distintas ocasiones de los
siglos XVI y XVII se ordenó retirar la figura para repararla, y existen
noticias de nuevos daños intencionados en 1619 y 1626.
En 1717 el cantero Juan de Iglesias construyó una nueva
fuente de piedra coronada por una figura de bronce semejante a una Giraldilla.
Esta fuente aparece representada en diversas estampas de los siglos XVIII y
XIX. Finalmente fue sustituida en 1850 por otra conocida popularmente como la
Pila del Pato (Leer mas), nombre relacionado con la figura ornamental que la coronaba. La prensa
sevillana llegó incluso a dedicarle versos humorísticos con motivo de su
funcionamiento.
La Pila del Pato en la Plaza san Francisco. Charles
Clifford. 1862 (ver) (CC BY 3.0)
Alphose de Launay. 1851. Ayuntamiento de Sevilla, en
primer plano la Pila del Pato (ver) (CC BY 3.0)
En 1872 la Pila del Pato fue trasladada al centro de la
plaza y protegida mediante una verja. Se instalaron además dos fuentes
laterales destinadas al abastecimiento de los vecinos y de los aguadores. La
fuente principal adquirió entonces un carácter fundamentalmente ornamental.
1880. Plaza de san Francisco con la Pila del Pato
desplazada al centro de la plaza (ver) (CC BY 3.0)
En 1881 fue trasladada a la Alameda de Hércules y durante
décadas la plaza permaneció sin fuente.
La Pila del Pato en la Alameda (ver) (CC BY 3.0)
La reorganización del espacio realizada en 1979 permitió
recuperar la presencia de este elemento. Se habilitó delante del Banco de
España un espacio circular ligeramente elevado, pavimentado con chino lavado y
adoquines dispuestos radialmente, en cuyo centro se instaló una fuente de
mármol coronada por una figura de Mercurio, que constituye actualmente uno de
los elementos ornamentales más singulares de la plaza.
Fuente de
Mercurio delante de la fachada del Banco de España
Fuente de
Mercurio
La fuente nunca ocupó exactamente el centro geométrico del
espacio. Desde época medieval se situó desplazada hacia el frente meridional,
probablemente para dejar libre el área central, imprescindible para las
numerosas actividades públicas que se desarrollaban en ella.
Religiosidad
y elementos simbólicos
La plaza
también contó con diversos elementos de carácter religioso. En 1694 el Cabildo
acordó colocar junto al arco de acceso al antiguo convento de San Francisco,
conocido popularmente como el Arquillo, una cruz de piedra de jaspe sobre una
peana, acompañada de un farol. Cinco años después se protegió mediante una
verja. La cruz se deterioró hacia 1840 y fue sustituida posteriormente por la
que todavía puede contemplarse en este lugar (leer
mas).
Rincón que forman el Arquillo del Ayuntamiento
de Sevilla y la puerta del Apeadero que da acceso a la antigua Sala
Capitular baja
Cruz de las Siete Cabezas
Existieron además varios retablos callejeros. Uno estuvo
dedicado a la Inmaculada Concepción y fue ampliado en 1748. Otro, de grandes
dimensiones, estaba dedicado al Cristo de la Expiración, representado en la
cruz, y era atendido por el gremio de plateros. Estos elementos muestran cómo
la plaza no era únicamente un espacio civil y comercial, sino también un lugar
integrado en la religiosidad cotidiana de la ciudad.
Pavimentación,
iluminación y mobiliario urbano
Los problemas
derivados de las aguas fueron constantes. Las lluvias y los caños de las calles
circundantes convergían hacia la plaza, a lo que se añadían las aguas
procedentes de la Audiencia y de las cárceles próximas. Desde allí eran
conducidas hacia la zona de la laguna de la Pajería. Las referencias históricas
a suciedad, barro, escombros y residuos son numerosas, especialmente durante
los siglos XVI y XVII.
La plaza estaba ya pavimentada en 1432
y consta que al menos desde 1576 disponía de empedrado. Para las corridas de
toros se cubría parcialmente de arena, mientras que después de autos de fe,
celebraciones y otros acontecimientos era necesario reparar los huecos
producidos por las estructuras provisionales.
Una obra
importante se realizó en 1617, cuando se canalizaron bajo el nuevo pavimento
las corrientes de agua. En 1677 se enlosaron los laterales. En el siglo XIX,
González de León describía el pavimento como un empedrado de pequeñas piedras
acompañado de franjas de losas que formaban dibujos.
El adoquinado se introdujo en 1866 y fue renovado en
diferentes ocasiones. Durante el siglo XX se incorporó el acerado y,
posteriormente, se extendió el asfalto. La ordenación de 1979 recuperó en buena
medida el adoquín que permanecía bajo la capa asfáltica y reorganizó la
circulación mediante grandes macetones y espacios diferenciados para peatones y
vehículos.
La iluminación también experimentó una larga evolución.
Desde el siglo XVI se recurría a barriles de alquitrán durante las grandes
celebraciones. En el XIX se generalizó el alumbrado mediante faroles y en 1891
llegó el gas. En 1902 fue sustituido por iluminación eléctrica. La plaza ha
conocido diferentes modelos de farolas, entre los que destacan actualmente las
de estilo fernandino.
Durante distintas épocas también se
instalaron quioscos de agua. El primero documentado apareció en la década de
1860 y desapareció unos veinte años después. A comienzos del siglo XX llegaron
a existir dos en el centro de la plaza, que permanecieron hasta décadas
posteriores.
Las Casas Capitulares y el Ayuntamiento (leer
mas)
La presencia del poder municipal
convirtió definitivamente a San Francisco en uno de los centros fundamentales
de Sevilla. El concejo había utilizado anteriormente dependencias del convento
franciscano y otros espacios, pero durante el siglo XVI se decidió trasladar el
gobierno municipal al entorno de la plaza.
En 1527
comenzó la construcción de las nuevas Casas Capitulares, destinadas a sustituir
las dependencias del antiguo Corral de los Olmos. Diego de Riaño fue su primer
arquitecto y, a partir de 1535, las obras continuaron bajo la dirección de Juan
Sánchez. Aunque las dependencias comenzaron a utilizarse antes de que el
conjunto estuviera completamente terminado, la construcción quedó esencialmente
concluida en 1564.
El edificio original, de dos plantas, constituía una de las
grandes obras del Renacimiento sevillano. Su fachada plateresca incorporaba una
gran logia o balconada desde la que el Cabildo podía contemplar las ceremonias,
procesiones, corridas de toros y demás acontecimientos celebrados en la plaza.
El edificio sufrió posteriormente numerosas reparaciones y transformaciones.
A mediados del siglo XIX, la desaparición del convento de
San Francisco y la apertura de la Plaza Nueva hicieron que incluso se planteara
la demolición del Ayuntamiento para crear un enorme espacio unitario. La
Comisión Central de Monumentos se opuso a esta propuesta, evitando la
desaparición del histórico edificio municipal.
La reforma que finalmente se llevó a cabo fue, sin embargo,
de gran importancia. Balbino Marrón proyectó hacia 1862 la nueva fachada
orientada a la Plaza Nueva y remodeló la fachada de San Francisco. Se cerró la
antigua balconada, se incorporó una tercera planta en el cuerpo central y se
derribaron varias construcciones adosadas. Demetrio de los Ríos intervino
posteriormente en la fachada situada frente a la calle Granada.
Estas actuaciones proporcionaron al edificio una composición
más simétrica, con los dos cuerpos laterales retranqueados que caracterizan su
imagen actual. La decoración plateresca no quedó concluida de una sola vez:
distintas campañas posteriores, entre ellas las realizadas en 1890, 1920 y
1980, ampliaron las zonas escultóricas de la fachada.
La
Real Audiencia (Leer mas)
Frente al
Ayuntamiento se encontraba otro de los grandes centros del poder sevillano: la
Cuadra de la Justicia, documentada al menos desde 1481 y convertida
posteriormente en sede de la Real Audiencia.
El edificio fue reconstruido en 1595
con fondos municipales, circunstancia que originó un conflicto entre la
Audiencia y el Ayuntamiento acerca de la colocación de las armas reales y las
de la ciudad en la fachada. En los siglos siguientes experimentó diversas
reformas. Su fachada fue modificada en 1824 y nuevamente en 1860, sin que
prosperaran los proyectos de alineación con la plaza.
Un incendio
ocurrido en 1879 produjo daños relativamente limitados, pero el de 1918 tuvo
consecuencias mucho mayores. Aníbal González dirigió la restauración y el
edificio fue reinaugurado en 1924. La Audiencia permaneció aquí hasta su
traslado al Prado de San Sebastián durante la década de 1960.
Posteriormente el inmueble fue adquirido por la Caja de
Ahorros San Fernando para instalar en él su sede central. La restauración
dirigida por Rafael Manzano culminó con su inauguración en 1987. El edificio
conserva la fachada neorrenacentista proyectada por Aníbal González, con un
frontón sobre el balcón central y escudos de León, Castilla, Andalucía y
Sevilla.
Edificio de la
antigua Real Audiencia de Sevilla, en la Plaza de San Francisco
Las
viviendas y los antiguos soportales
Los restantes frentes de la plaza
estuvieron ocupados históricamente por viviendas y establecimientos
comerciales. Uno de sus rasgos más característicos fueron los soportales de las
plantas bajas, documentados desde el siglo XIII.
Plaza de San
Francisco. Año 1886
En un
principio debieron ser estructuras de madera; posteriormente fueron sustituidos
por soportales de piedra o mármol. Su altura permitía incluso el paso de
caballerías. Bajo ellos se desarrollaba buena parte de la vida comercial de la
plaza, mientras que los balcones de las plantas superiores podían alquilarse
durante las corridas de toros, autos de fe y otras grandes celebraciones.
Detalle de los
soportales de la Plaza de San Francisco. Año 1859
Plaza de san
Francisco en 1890. Se podía pasar de punta a punta, incluso a acaballo, bajo
sus soportales
A partir de finales del siglo XVI se intentó limitar su
reconstrucción, pero la importancia económica de las actividades que albergaban
hizo que se mantuviera una cierta tolerancia en espacios comerciales como
Gradas, Salvador y San Francisco.
El frente meridional fue reconstruido prácticamente por
completo en 1833 y mantuvo sus soportales durante varias décadas. Sin embargo,
en 1878 se autorizó que los propietarios los incorporaran a sus edificios,
ocupando el espacio abierto que había caracterizado las plantas bajas. Así
desapareció, en apenas unas décadas, uno de los elementos arquitectónicos que
más claramente habían definido la imagen tradicional de la plaza desde la Edad Media.
Plaza
de san Francisco. Finales del siglo XIX
El frente oriental fue reconstruido principalmente durante
las primeras décadas del siglo XX, aunque mantuvo la estrechez y profundidad de
las parcelas medievales. Entre sus edificios destacan las casas proyectadas por
José Gómez Millán, Juan Talavera y Heredia y José Espiau y Muñoz (leer mas). El conjunto mantiene
una notable uniformidad de alturas, balcones y cierros, resultado de la
voluntad posterior de conservar la imagen arquitectónica de este frente.
El lado meridional fue sustituido casi por completo en 1918,
coincidiendo con el proyecto del nuevo Banco de España (leer mas). El concurso fue ganado por Antonio Illanes del Río y el edificio se
construyó entre 1925 y 1928. Su arquitectura monumental, organizada en tres
plantas y con un cuerpo central retranqueado, constituye actualmente uno de los
principales hitos visuales de la plaza.
El frente norte fue el último en perder los antiguos
soportales. El gran edificio regionalista que ocupa actualmente este sector se
construyó en dos fases: Rafael Balbuena levantó entre 1917 y 1920 parte del
inmueble en la esquina con General Polavieja, mientras que Rafael López Carmona
completó el conjunto entre 1929 y 1930 hasta la esquina con Sierpes (leer mas).
Centro
económico de Sevilla
Durante la
Edad Media la plaza actuó como espacio de transición entre dos grandes áreas
económicas de Sevilla: el entorno de la Catedral, relacionado con el comercio
internacional, y el sector del Salvador, más vinculado al mercado local. Su
posición estratégica permitió que en ella coexistieran numerosas actividades.
Desde el siglo XV aparecen referencias a tiendas, mesones,
tintes y baños. Hubo establecimientos dedicados a la venta de carne y pescado,
puestos de panaderas y fruteras, tiendas de plateros y cambiadores y diversas
actividades artesanales. La pescadería más importante de la ciudad llegó a
instalarse junto al convento franciscano; inicialmente construida en madera,
fue sustituida por una estructura de ladrillo en 1461 y trasladada finalmente a
las Atarazanas en 1493.
La actividad comercial especializada adquirió
progresivamente mayor importancia. Los plateros tuvieron una presencia
especialmente destacada y permanecieron vinculados a la plaza hasta tiempos
relativamente recientes. A ellos se sumaron sombrereros, roperos y otros
comerciantes.
La plaza fue asimismo punto de concentración de aljameles o
porteadores que ofrecían sus servicios acompañados de animales de carga. La
presencia de fuentes favoreció igualmente la reunión de aguadores, con sus
carros y bestias. Más adelante estos grupos fueron sustituidos por las paradas
de coches de alquiler y, posteriormente, por los servicios de transporte
público.
Plaza
de san Francisco en 1902
Durante el siglo XIX la antigua
hegemonía de los plateros fue dando paso a nuevas formas de comercio
especializado, como establecimientos textiles, imprentas y otros negocios. Esta
tradición comercial ha pervivido, aunque profundamente transformada, hasta la
actualidad.
Centro político, judicial y administrativo
La importancia de la plaza no puede
entenderse únicamente desde el comercio. Desde época medieval fue un lugar
estrechamente relacionado con el poder.
El concejo
llegó a reunirse en el convento franciscano durante el siglo XIII. En el XV
aparecen referencias a los jurados y a la Cuadra de la Justicia, mientras que
durante el siglo XVI se consolidó la concentración institucional con la
instalación de la Audiencia y la construcción de las Casas Capitulares.
La presencia de la Audiencia y de las
cárceles próximas convirtió también la plaza en escenario de ejecuciones
públicas. Desde la Edad Media se documentan ajusticiamientos y la tradición
continuó hasta el siglo XIX. Todavía en 1827 se protestaba contra estas
ejecuciones por considerar que se realizaban en “la más principal de la ciudad”
y porque provocaban una enorme concentración de público que perjudicaba a
comerciantes y autoridades.
La plaza de las grandes ceremonias
La centralidad política y económica convirtió San Francisco
en escenario privilegiado de ceremonias, proclamaciones y celebraciones. Desde
el siglo XVI las proclamaciones reales tuvieron aquí uno de sus principales
escenarios. Las visitas de miembros de la familia real, las efemérides
políticas y religiosas y otras celebraciones se acompañaban de luminarias,
colgaduras, arcos triunfales y fuegos artificiales.
Las corridas de toros y los juegos caballerescos fueron
también fundamentales. Desde comienzos del siglo XV existen noticias de justas
y otros ejercicios ecuestres, y la plaza se convirtió durante siglos en uno de
los principales escenarios taurinos de Sevilla. Para estos acontecimientos era
necesario levantar estructuras provisionales, palcos y barreras que
transformaban temporalmente el espacio urbano.
Cuando en el siglo XVIII se consolidó la plaza de toros de la Maestranza, San Francisco perdió progresivamente su función taurina. Durante el siglo XIX, sin embargo, continuó acogiendo otros espectáculos populares: conciertos, representaciones, títeres, ejercicios de funambulistas, saltimbanquis y numerosas formas de entretenimiento público.
Corpus
Christi, autos de fe y Semana Santa
Entre todas
las celebraciones que han marcado la historia de la plaza, el Corpus Christi
ocupa un lugar especialmente destacado. Desde finales del siglo XIV el espacio
forma parte del recorrido de la procesión. A lo largo de los siglos se limpiaba
y acondicionaba especialmente para la ocasión, se instalaban toldos y altares y
se adornaban las fachadas.
La presencia de la Audiencia añadió
nuevos elementos al ceremonial. Ante sus dependencias se desarrollaban danzas y
representaciones de autos sacramentales. La plaza quedó igualmente integrada en
los recorridos de las cofradías hacia la Catedral.
Finales de 1800.
Procesión de la Concepción de la Virgen
Nazarenos de la
Hermandad de los Negritos por la plaza San Francisco. Año 1.926.
Plaza de san
Francisco en 1940
En 1676 se
autorizó por primera vez la instalación de palcos para contemplar los desfiles
procesionales, destinándose los ingresos obtenidos a ayudar a las hermandades
con menos recursos. Con el tiempo, estos palcos terminarían convirtiéndose en
uno de los elementos más característicos de la Semana Santa sevillana.
La plaza fue también escenario de solemnes autos de fe
durante la época de la Inquisición. Desde mediados del siglo XVI se organizaron
aquí ceremonias de extraordinaria complejidad escenográfica. Entre las más
destacadas figuran las celebradas en 1559, 1604, 1624, 1646 y 1660.
Auto de Fe en la Plaza San Francisco de
Sevilla en 1660. A la derecha, las arcadas del Ayuntamiento, realizadas
por Hernán Ruiz, las cuales desaparecieron en el siglo XIX. (Anónimo. Colección Particular. Iglesia
de la Magdalena. Sevilla)
Una
plaza literaria
La relevancia
de San Francisco ha quedado reflejada de manera excepcional en la literatura.
Junto a las antiguas Gradas de la Catedral, la Mancebía y la calle Sierpes,
constituye uno de los lugares sevillanos más presentes en la literatura del
Siglo de Oro.
Escritores como Juan de Arguijo,
Vicente Espinel, Agustín de Rojas, Vélez de Guevara, Cervantes y Mateo Alemán
utilizaron la plaza como escenario o referencia. En sus textos aparecen sus
escribanos, procuradores, comerciantes, ociosos, vendedores, caballeros y
personajes populares, componiendo una imagen extraordinariamente viva de la
sociedad sevillana.
Cervantes
evocó las corridas de toros celebradas en ella, mientras Mateo Alemán la
relacionó con el mundo de los escribanos y la picaresca. Otros autores
utilizaron el lugar para representar la mezcla de riqueza, actividad comercial,
justicia, delincuencia y ocio que caracterizaba a la Sevilla de los siglos XVI
y XVII.
Placa Cervantina en el interior del Arquillo
Los viajeros extranjeros de los siglos
XVIII y XIX también quedaron impresionados por la plaza. Richard Ford la
definió como el corazón de Sevilla, identificándola al mismo tiempo con el
foro, el lugar de reunión y el escenario de las ejecuciones. Destacó asimismo
su carácter pintoresco, sus soportales, balcones y tiendas de joyeros.
La literatura
posterior continuó recurriendo a ella. Fernán Caballero evocó las ejecuciones
públicas; Pío Baroja recordó su arquitectura, sus tiendas y sus retablos; y
otros escritores recogieron el ambiente de sus soportales como lugar de reunión
de trabajadores, desempleados y personajes populares.
La
plaza de San Francisco en la Sevilla contemporánea
La historia
reciente ha modificado profundamente las funciones tradicionales de este
espacio. Durante la década de 1960 desaparecieron dos de sus grandes focos de
actividad: la Real Audiencia se trasladó al Prado de San Sebastián y el acceso
principal al Ayuntamiento dejó de organizarse desde la fachada histórica de la
plaza. También desaparecieron progresivamente las antiguas paradas de
transporte público.
La transformación urbana de las últimas
décadas ha favorecido su conversión en un espacio mucho más abierto y peatonal.
La retirada de los vehículos estacionados y la reorganización de la circulación
han permitido recuperar parte de la condición de gran espacio público que tuvo
históricamente.
Actualmente
acoge ferias, exposiciones, conciertos, actos institucionales, celebraciones y
actividades culturales. También se ha convertido en escenario de determinadas
celebraciones de fin de año y de numerosas manifestaciones de carácter
ciudadano.
Pero son el Corpus Christi y la Semana Santa los dos grandes
acontecimientos que continúan devolviendo a la plaza una función ceremonial que
hunde sus raíces en la Edad Media. Para el Corpus recupera su ornamentación
tradicional mediante toldos, altares, decoración de fachadas y conciertos. En
Semana Santa, la instalación de los palcos constituye uno de los primeros
signos visibles de la llegada de la gran fiesta sevillana.
La presencia de las representaciones
oficiales de la ciudad, los palcos y el paso de las cofradías otorgan al espacio
una solemnidad extraordinaria. Históricamente estos lugares fueron ocupados por
las élites sevillanas y por personajes ilustres; hoy su composición social es
mucho más diversa, aunque siguen conservando una importante dimensión de
representación y sociabilidad.
Una plaza mayor sin modelo de plaza mayor
San Francisco ha sido llamada durante
siglos “plaza mayor” de Sevilla, y con razón si se atiende a su centralidad
política, económica y ceremonial. Sin embargo, presenta una característica
singular: nunca llegó a responder plenamente al modelo tradicional de plaza
mayor castellana.
No posee la
regularidad rectangular de otras grandes plazas españolas ni desarrolló de
manera unitaria un conjunto arquitectónico homogéneo de soportales y fachadas.
Su forma irregular, la diversidad de sus edificios y la sucesión de
transformaciones que ha experimentado son precisamente algunas de sus
principales señas de identidad.
Desde finales de la Edad Media fue reconocida como el
espacio público más importante de Sevilla. Ya a finales del siglo XV aparece
definida documentalmente como “la mayor y más principal plaza” de la ciudad.
Sin embargo, esta consideración siempre convivió con críticas acerca de su
pavimentación, suciedad, falta de amplitud, deterioro y escaso ornato.
Esa contradicción constituye quizá uno de los rasgos más
característicos de su historia: San Francisco ha sido simultáneamente el
corazón simbólico de Sevilla y uno de sus espacios urbanos más difíciles de
mantener. La grandeza de sus ceremonias convivió durante siglos con el barro,
los residuos, los tinglados, las aglomeraciones y el desgaste producido por una
intensa actividad cotidiana.
Y, pese a todo, la plaza ha mantenido
una extraordinaria continuidad histórica. Por ella han pasado reyes, caballeros,
comerciantes, escribanos, plateros, aguadores, porteadores, jueces, reos,
cofradías, toreros, viajeros, escritores y multitudes anónimas. Su aspecto ha
cambiado profundamente, pero permanece su función esencial como lugar de
encuentro y representación de la ciudad.
Quizá por
ello la denominación tradicional haya demostrado ser más resistente que los
sucesivos nombres impuestos por las circunstancias políticas. República,
Constitución, Fernando VII, Rey o Falange Española fueron rótulos de diferentes
épocas; San Francisco, en cambio, permaneció en la memoria y en el habla
cotidiana de los sevillanos.
Hoy, entre el Ayuntamiento, el antiguo edificio de la
Audiencia, el Banco de España y las construcciones que sustituyeron a sus
antiguos soportales, la plaza continúa siendo uno de los grandes escenarios
urbanos de Sevilla. En ella se superponen la ciudad medieval, la Sevilla
imperial, la ciudad barroca, la urbe decimonónica, la arquitectura regionalista
y la Sevilla contemporánea. Más que un simple espacio abierto, San Francisco
constituye un auténtico palimpsesto urbano en el que pueden leerse muchos de
los principales episodios de la historia sevillana.
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