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Quinta de Bellaflor (Derribada).
La
Quinta de Bellaflor fue una de las propiedades de recreo más destacadas del
entorno de Sevilla durante el siglo XVI. Vinculada a la casa nobiliaria de
Belalcázar, constituyó un lugar de descanso y esparcimiento situado fuera del
recinto urbano, en un paisaje de huertas, arboledas y jardines que contrastaba
con la densidad de la ciudad histórica. Su recuerdo está asociado a la estancia
de Felipe II en Sevilla en 1570 y a la tradición literaria que relaciona este
paraje con Miguel de Cervantes.
El
origen de la propiedad se vincula a Teresa de Zúñiga y Manrique de Lara,
duquesa de Béjar y condesa de Belalcázar, quien, tras su matrimonio en 1518 con
Alonso Francisco de Sotomayor y Portugal, incorporó la finca al patrimonio de
la casa nobiliaria. Según las referencias conservadas, su configuración como
quinta de recreo se desarrolló a mediados del siglo XVI, en una etapa de gran
prosperidad para Sevilla, cuando comerciantes, nobles y miembros de la
aristocracia establecían residencias campestres en las inmediaciones de la
ciudad. En su creación también se relaciona la intervención de Cristóbal
Francesquín, un toscano enriquecido y asentado en la capital hispalense.
La finca se encontraba en un paraje próximo al río Guadaíra,
antes de su desembocadura en el Guadalquivir, en el camino que conducía hacia
Dos Hermanas. Algunas referencias sitúan su entorno en las inmediaciones de la
antigua aceña de Doña Urraca.
El conjunto comprendía una residencia señorial rodeada de
una frondosa alameda, jardines y huertas en las que abundaban los naranjos. La
belleza de la vegetación y el carácter apacible del lugar explican la adopción
del nombre de Bellaflor, evocador de la exuberancia de sus espacios
ajardinados.
Aunque no existen planos detallados o ilustraciones
directas de la estructura original del palacio de la Quinta de Bellaflor debido
a que fue una hacienda de recreo rural de los Condes de Belalcázar en Sevilla
que desapareció hace siglos.
La quinta experimentó distintas transformaciones durante los
siglos XVII y XVIII, en sucesivas etapas de reforma y adaptación. Sin embargo,
su episodio histórico más célebre tuvo lugar en mayo de 1570, cuando Felipe II la
visitó Sevilla por primera y única vez. Después de los actos oficiales y las
ceremonias organizadas para recibir al monarca, Bellaflor se convirtió en un
lugar de descanso para el rey y su séquito.
El cronista
Juan de Mal Lara, que relató los acontecimientos de aquella visita, describió
la preparación de un alojamiento especialmente dispuesto para aliviar el
cansancio y el calor de las jornadas sevillanas.
La historia
de la quinta se relaciona asimismo con el mundo del espectáculo y las letras.
En sus terrenos practicaba el toreo Juan Guardiola, célebre torero sevillano
del siglo XVI, lo que demuestra que el recinto y sus inmediaciones pudieron
acoger actividades de ocio más allá del descanso y la vida cortesana.
También se ha
propuesto una vinculación con Miguel de Cervantes. Según una interpretación
historiográfica recogida por Alfonso de Castro en su obra Varias obras inéditas
de Cervantes, publicada en 1874, el escritor pudo conocer en Bellaflor a
Alfonso López de Zúñiga y Pérez de Guzmán, noveno conde de Belalcázar. Esta
relación se ha puesto en conexión con la dedicatoria de la primera parte de El
ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, publicada en 1605. No obstante,
esta hipótesis debe considerarse con cautela, pues las referencias disponibles
no permiten afirmar de manera concluyente que el encuentro tuviera lugar en la
quinta.
Con el paso del tiempo, el crecimiento urbano y las
transformaciones del entorno sevillano modificaron profundamente el paisaje en
el que se encontraba Bellaflor. Los antiguos caminos rurales, las huertas y los
terrenos expuestos a las inundaciones fueron integrándose progresivamente en la
expansión de la ciudad. El histórico camino que conducía hacia la quinta dio lugar a la formación del Paseo
de las Delicias actuales, cuya transformación en avenida ajardinada se
desarrolló a partir de las intervenciones urbanísticas de los siglos XVIII y
XIX, especialmente las impulsadas por José Manuel de Arjona durante su etapa
como asistente de Sevilla, entre 1825 y 1833.
La
identificación exacta de los restos de la finca y de su extensión original
requiere, no obstante, cautela, ya que las referencias disponibles ofrecen
localizaciones distintas y no permiten establecer con plena seguridad la
correspondencia entre la quinta histórica y los espacios actuales. Su recuerdo
se ha relacionado con el entorno del Patio de Banderas y las inmediaciones de
los Reales Alcázares, mientras que otras descripciones la sitúan en el paisaje
periurbano próximo al Guadaíra.
Aunque la Quinta de Bellaflor ha desaparecido como conjunto residencial y paisajístico, su historia permite, comprender la evolución de los antiguos espacios rurales situados al sur de Sevilla, donde las villas de recreo, las huertas y los caminos campestres terminaron dando paso a los paseos y avenidas de la ciudad contemporánea.