viernes, 2 de octubre de 2026

AREA CENTRO 1

Plaza del Cabildo y Pasaje de los Seises.

A pocos pasos de la catedral, en uno de los espacios más céntricos de Sevilla, se encuentra la Plaza del Cabildo, un rincón relativamente oculto que contrasta con la intensa actividad de las calles que la rodean. Su carácter recogido se debe, en buena medida, a que no funciona como una plaza abierta a una gran vía, sino como un espacio interior al que se accede a través de varios pasajes peatonales. Esta singular disposición hace que, pese a encontrarse junto a la avenida de la Constitución y muy próxima al templo catedralicio, conserve una atmósfera tranquila y casi doméstica.

La plaza tiene planta semicircular y está rodeada por un edificio porticado que sigue la curvatura del espacio. Su construcción corresponde al arquitecto Joaquín Barquín y Barón y se realizó a comienzos de la década de 1960, dentro de la transformación urbana que experimentó este sector de la ciudad durante el siglo XX. El conjunto presenta una composición de inspiración clasicista, con una sucesión de arcos apoyados sobre columnas de mármol en la planta baja y cuatro plantas con arquerías sobre los soportales. La decoración pictórica de las arcadas y de las zonas superiores fue realizada por el artista José Palomar, siguiendo igualmente un lenguaje de carácter clásico.

Plaza del Cabildo

Plaza del Cabildo

El pavimento combina losas de Tarifa y cantos rodados, mientras que en el centro de la plaza se dispone una fuente circular. 

Detalle de la fuente circular


La zona correspondiente a los soportales está ocupada por pequeños establecimientos, algunos vinculados tradicionalmente al comercio de antigüedades, monedas y sellos. 

Detalle de los soportales



Detalle de los soportales. Al fondo un lienzo de muralla


Detalle de los soportales. A la derecha un lienzo de muralla


Detalle de los soportales

La Plaza del Cabildo recibió oficialmente esta denominación en 1974, a petición del Cabildo Catedral y de la sociedad Construcciones Almola, S. L. El nombre guarda relación con la historia del solar, pues en él se levantó durante siglos el Colegio de San Miguel, institución perteneciente al Cabildo Catedral. Incluso después de la construcción del actual conjunto residencial, algunos miembros del Cabildo continuaron vinculados al lugar.

Durante siglos, el solar estuvo ocupado por el Colegio de San Miguel (leer mas), un amplio complejo perteneciente al Cabildo Catedral que desarrolló diversas funciones. Su origen se remontaba a la Edad Media y el recinto llegó a incluir viviendas, almacenes, carnicerías y otras dependencias. También existió en sus inmediaciones un cementerio y, especialmente, una institución destinada a la formación de jóvenes vinculados a la Catedral.

Entre aquellos muchachos se encontraban los niños de coro y los llamados “seises”, cuya formación musical y religiosa estuvo ligada durante siglos a este entorno. La presencia de estos niños explica precisamente la denominación del actual pasaje de los Seises.

La demolición del antiguo colegio abrió la posibilidad de crear un espacio mucho más amplio frente a la fachada occidental de la Catedral. Y efectivamente, durante las reformas urbanísticas del entorno de la avenida de la Constitución se planteó la creación de un espacio abierto que permitiera contemplar con mayor perspectiva la fachada principal de la Catedral.

En 1940, el arquitecto municipal Juan Talavera y Heredia elaboró un proyecto en el que participaron también José Espiau y Aníbal González. La propuesta contemplaba una amplia plaza de planta rectangular, con un estanque central destinado a reflejar la monumental arquitectura gótica de la Catedral. Los laterales estarían ocupados por edificios de inspiración neobarroca y una galería porticada serviría como uno de los accesos al nuevo espacio. Para hacer realidad la propuesta habría sido necesario incluso transformar el entorno del Arco del Postigo y eliminar el antiguo Mercado del Postigo.

El proyecto, sin embargo, no llegó a materializarse. Entre las dificultades que contribuyeron a su abandono estuvieron el elevado coste de las obras y, de manera especialmente significativa, la aparición de restos de estructuras defensivas medievales.

Pueden distinguirse dos estructuras defensivas medievales de distinta naturaleza. Una de ellas se encuentra en el acceso desde la calle Arfe y corresponde a un tramo relacionado con la antigua cerca musulmana de Sevilla. Este fragmento formaba parte del sector defensivo que comunicaba el Arco del Postigo con la desaparecida Puerta del Arenal, situada en las proximidades de la actual confluencia de las calles Arfe, García de Vinuesa, Castelar y Harinas.

El segundo lienzo, mucho más visible, recorre el lado recto de la plaza y alcanza aproximadamente cincuenta metros. Su función histórica era diferente. No constituía propiamente la muralla exterior de la ciudad, sino una estructura secundaria que partía de la cerca y se prolongaba perpendicularmente hacia el recinto de la antigua mezquita mayor. Formaba parte de la compleja organización defensiva y palatina de la zona, relacionada con la alcazaba donde se encontraban el Alcázar y la mezquita.

Detalle de la fuente delante del segundo lienzo


Uno de los elementos más característicos de la plaza es precisamente su condición de espacio cerrado. Los accesos pueden realizarse desde la avenida de la Constitución, la calle Arfe y el entorno de la calle Almirantazgo, mediante pasos peatonales que conducen hacia el interior. Estos accesos pueden cerrarse durante la noche mediante rejas, reforzando todavía más la sensación de estar ante un espacio intermedio entre una plaza pública y un patio de carácter privado.

Acceso por el entorno de la calle Almirantazgo

Acceso por la calle Arfe


Entre estos accesos destaca especialmente el pasaje de los Seises, que comunica la avenida de la Constitución con la Plaza del Cabildo. Se trata de un paso cubierto y peatonal, creado a comienzos de la década de 1970 como parte del nuevo conjunto urbanístico levantado sobre el antiguo solar del Colegio de San Miguel. Su trazado presenta una ligera pendiente descendente hacia la plaza y está pavimentado con ladrillo.

Acceso por el Pasaje de los Seises


El nombre de Pasaje de los Seises fue adoptado oficialmente en 1981 como homenaje a los niños que desde hace siglos participan en los tradicionales bailes ante el Santísimo Sacramento en la Catedral. Su origen se relaciona con la antigua formación de niños destinados al servicio litúrgico y musical de la institución catedralicia y, como hemos comentado, el Colegio de San Miguel desempeñó un papel fundamental en esa formación.

El pasaje no solo sirve de comunicación entre la avenida de la Constitución y la plaza. A sus lados se abren accesos a viviendas y establecimientos. En uno de sus extremos aparecen un pequeño jardín o patio con una fuente central y unas arquerías sostenidas por columnas. En su pared destacan dos placas que hacen referencia al terremoto de Lisboa y a la creación de las Escuelas Generales de Latín y Árabe.

Pequeño jardín cerrado por una reja

Detalle del patio

Detalle del patio

Placa en Pasaje de los Seises: sábado primero de noviembre de 1755 a las diez de la mañana se padeció un terremoto central que en cerca de un cuarto de hora maltrató muchos edificios y entre ellos nuestra Santa Iglesia y el Cabildo se pasó a celebrar los Divinos Oficios a este su colegio sirviendo de templo esta galería hasta el sábado 28 de febrero de 1756 años

Placa en el Pasaje de los Seises: XXVIII andados del mes de deziembre del año 1254, el Rey Don Alonso el Sabio otorgó a Sevilla Estudio e Escuelas Generales de Latino e Aravigo, germen de nuestra Universidad, una de sus primeras sedes fue este Colegio de San Miguel. 28 de diciembre de 1995

Igualmente, al fondo y a la derecha del Pasaje de los Seises podemos ver un bronce de Arfe sobre la pared, realizado por la Escuela de Artes y oficios de Sevilla para recordar el cuarto centenario del nacimiento de uno de los orfebres más reconocidos de nuestra ciudad. Sin duda, en su dilatada carrera profesional, si por algo es recordado es por sus custodias procesionales en plata, especialmente la custodia de la Catedral de Sevilla que tiene más de tres metros de altura y pesa más de trescientos kilos.

Área del bronce Juan de Arfe

Detalle


Desde la década de 1980, los domingos acoge un conocido mercado dedicado a la filatelia y la numismática, tradición que anteriormente tenía como escenario la Plaza de Santa Marta. A los sellos, monedas y billetes se han sumado con el tiempo otros objetos de coleccionismo, como cromos, pequeños relojes, pines, minerales, insectos y diversas piezas antiguas.

La plaza y el pasaje de los Seises forman, en definitiva, un conjunto en el que la historia de Sevilla se percibe a través de diferentes capas. La arquitectura contemporánea de Joaquín Barquín y Barón se adapta a un espacio cargado de memoria; los restos de época islámica recuerdan la ciudad anterior a la conquista castellana; el antiguo Colegio de San Miguel evoca la organización educativa y religiosa del Cabildo Catedral; y el nombre de los Seises mantiene presente una tradición que todavía forma parte de la vida litúrgica sevillana.

AREA CENTRO 1

Arquillo de San Miguel (Derribado).

La Sevilla histórica estuvo poblada de arcos y arquillos que, sin ser propiamente puertas de la muralla, desempeñaron funciones muy diversas dentro de la organización urbana. Algunos formaban parte de recintos fortificados y permitían comunicar distintos sectores de la ciudad; otros, levantados generalmente entre propiedades particulares o instituciones religiosas, servían para establecer una comunicación directa entre edificios. Aunque podían constituir obstáculos para la circulación, su presencia estaba regulada y su altura debía permitir el paso de un hombre a caballo con sus armas.

Entre los segundos nos pueden servir de ejemplos los que comunicaban las casas principales de los Enríquez de Ribera (Casa de Pilatos) con la iglesia de San Esteban, el que comunicaba el convento de las Dueñas con el conocido palacio del mismo nombre o el que comunicaba el palacio de los marqueses de la Algaba con Omnium Sanctorum.

Pasaje elevado entre el palacio de los marqueses de La Algaba y la cercana iglesia de Ómnium Sanctorum. Richard Ford (1831).


Entre los primeros se encontraba el desaparecido Arquillo de San Miguel, una de las estructuras que durante siglos marcaron el límite entre el recinto de la antigua mezquita aljama y el espacio urbano situado al sur de ella. Su emplazamiento se encontraba en el extremo meridional de la antigua calle de las Gradas, aproximadamente frente a la actual Puerta de San Miguel o Puerta del Nacimiento de la Catedral. Su desaparición en el siglo XVIII transformó profundamente este sector de Sevilla.

El origen del arquillo debe buscarse en la compleja estructura defensiva de la Sevilla islámica. La ciudad disponía, además de la muralla exterior, de recintos interiores destinados a proteger determinados espacios de especial importancia. Uno de ellos era la alcazaba interior, que establecía una separación entre la medina y el sector palatino vinculado al poder político.

Uno de los lienzos de esta fortificación partía de las inmediaciones de la antigua puerta del Alcázar y avanzaba hacia el sector que hoy corresponde a la calle Joaquín Romero Murube. Desde allí alcanzaba una torre situada en el interior del actual convento de la Encarnación y continuaba hacia el ángulo sureste de la actual Catedral. En este punto la muralla se dividía en dos ramales. Uno discurría paralelo al costado oriental de la antigua mezquita aljama hasta alcanzar el entorno del alminar, donde existió la desaparecida Puerta de los Palos. El otro avanzaba junto al lado meridional del edificio religioso, pasando por detrás del mihrab y dirigiéndose hacia la muralla de la ciudad, donde terminaba en las proximidades del actual Postigo del Aceite.

En este último tramo donde se abrió el paso que posteriormente recibiría el nombre de Arquillo de San Miguel. La construcción de la Catedral cristiana no supuso la desaparición inmediata de esta estructura defensiva. El antiguo sistema de murallas siguió formando parte del paisaje urbano y fue progresivamente adaptándose a las nuevas necesidades de la ciudad medieval y moderna.

Plano con la alcazaba interior. Fuente: Alfonso Jiménez Martín.(ver) (CC BY 3.0). En azul: Un lienzo que nacía en los muros de la actual calle Joaquín Romero Murube, junto a la antigua primitiva puerta del Alcázar (cegada al exterior pero conservada en dicha calle), y de ahí partía hacia la torre que se conserva en el interior del convento de la Encarnación y de la torre giraba hacia lo que hoy sería el ángulo sureste de la catedral. En verde: Desde ese punto el muro se bifurcaba en dos, uno corría paralelo a la cara este de la mezquita y moría en nuestra actual Giralda. En amarillo: Donde se encontraba el antiguo arco, también desaparecido que se conoció como la Puerta de los Palos. En rojo: El otro muro era paralelo a la cara sur de la mezquita, pasando tras el mihrab (y utilizado frecuentemente como acceso privado a la mezquita por el califa) y continuaba hacia la muralla de la ciudad, donde moría junto al Arco del Postigo. En naranja: Situación donde se abrió el Arquillo, entre la Mezquita y el Postigo del Aceite


El nombre de San Miguel procede del cercano Colegio de San Miguel (leer mas), institución vinculada al Cabildo de la Catedral y situada en este sector de la ciudad. El colegio ocupaba un amplio conjunto de edificaciones y espacios, entre ellos un cementerio propio, por lo que no debe imaginarse como un edificio aislado, sino como un complejo formado por numerosas casas y dependencias. La proximidad entre el colegio y el arco terminó imponiendo la denominación con la que sería conocido durante sus últimos siglos.

Grabado de Joannes Janssonius. 1617. British Museum (ver) (CC BY 3.0)

En su configuración original el paso debió de ser bastante estrecho. La importancia que adquirió la zona y el incremento de la circulación hicieron necesaria su transformación. En 1570 el Cabildo recibió una petición para ampliar el paso desde las Gradas hacia el sur, alegándose que por el lugar no podían cruzarse siquiera dos caballerías. Las obras comenzaron en 1572 y modificaron considerablemente el antiguo acceso, hasta conseguir un espacio suficientemente amplio para permitir el tránsito de carruajes. La intervención convirtió al antiguo paso defensivo en un elemento fundamental de la circulación urbana.

Santiago Montoto destacó posteriormente la extraordinaria amplitud que llegó a alcanzar su abertura, afirmando que su vano había llegado a ser el mayor de Sevilla y que superaba incluso al de las principales puertas de la muralla. La afirmación refleja la importancia que adquirió el arquillo tras su reforma y explica que terminara funcionando no solo como un vestigio defensivo, sino también como un paso urbano de primer orden.

La imagen que podemos hacernos de su aspecto procede fundamentalmente de pinturas, grabados y otras representaciones realizadas antes de su desaparición. Una de las más importantes es el grabado realizado por Pedro Tortolero con motivo del traslado, en 1729, de los restos de San Fernando a la nueva urna funeraria de la Catedral. En él puede apreciarse un amplio arco sobre el que se desarrollaba una galería de arcos cubierta por un tejado a dos aguas. El conjunto aparecía flanqueado por dos torres, lo que confería al lugar un aspecto monumental y todavía claramente relacionado con su origen fortificado.

Traslado del cuerpo de San Fernando en 1729. Pedro Tortolero. Fuente: Expobus, Universidad de Sevilla. (ver) (CC BY 3.0)

El Arco de San Miguel en el grabado de Tortolero. 


La torre situada hacia el lado del Colegio de San Miguel era representada como una construcción aproximadamente cuadrada, relativamente estrecha y elevada, coronada por almenas. La situada junto a la Catedral presentaba una configuración diferente: era más baja y ancha, también almenada, y aparecía relacionada con una construcción adosada a la muralla.

Esta segunda torre era conocida como Torre de San Miguel y también como Torre del Almirantazgo. Su importancia fue considerable en la historia de la Catedral. En ella se instalaron las primeras campanas que tuvo el templo y durante el siglo XVI llegó incluso a plantearse la posibilidad de convertirla en un nuevo campanario catedralicio. El proyecto hubiera supuesto el derribo del antiguo alminar almohade, la actual Giralda, aunque final y afortunadamente no se llevó a cabo.

La denominación de Torre del Almirantazgo se explica por su relación con los almirantes de Castilla. En determinadas festividades la torre era arrendada para que estos pudieran contemplar desde allí las procesiones, desfiles y ceremonias públicas que discurrían por las inmediaciones. Con el tiempo, el uso llegó a adquirir carácter permanente y los empleados del Almirantazgo se encargaban de mantener y engalanar el balcón para las grandes celebraciones.

En una de las construcciones adosadas a la torre existía además un retablo dedicado a la Inmaculada. La pintura había sido instalada en 1615 con autorización del Cabildo catedralicio y su coste fue sufragado por los vecinos. La obra ha sido atribuida por Andrés Vega a Francisco Herrera el Viejo. El cuadro estaba protegido por un tejaroz y acompañado de cortinas laterales, formando un pequeño espacio devocional integrado en la propia arquitectura del arquillo.

En el lienzo de Domingo Martínez titulado "Carro del Pregón" (correspondiente a la serie de "La Máscara", encargada al pintor por la Real Fábrica de Tabacos para celebrar la subida al trono de Fernando VI y conservada en el Museo de Bellas Artes), aparece uno de los dos flancos del arco y la torre más cercana a la catedral y el retablo dedicado a la Inmaculada. 

Carro del Pregón de la Máscara. Hacia 1748. Domingo Martínez.  Museo de Bellas Artes. Sala XI. Procede de la Real Fábrica de Tabacos. Donación del Estado en 1896.

Detalle del carro

Detalle de la Inmaculada

Detalle del Arquillo


La documentación gráfica resulta especialmente interesante porque permite comprobar que el conjunto era más complejo de lo que durante mucho tiempo se había supuesto. Algunas representaciones muestran únicamente la torre inmediata a la Catedral, lo que llevó a determinados autores a pensar que el otro extremo del arco se apoyaba directamente sobre las construcciones del Colegio de San Miguel. Sin embargo, existen evidencias materiales que permiten confirmar la existencia de una segunda torre.

Carro del Agua. Hacia 1748. Domingo Martínez.  Museo de Bellas Artes. Sala XI. Procede de la Real Fábrica de Tabacos. Donación del Estado en 1896.

Detalle de personajes

Detalle del carro del Agua. Al fondo se ve la Torre de San Miguel


Sus restos aparecieron al derribarse el edificio situado en la esquina de la actual avenida de la Constitución con la calle Almirantazgo. La excavación permitió identificar estructuras realizadas con sillares y una planta aproximadamente cuadrada. Estos vestigios constituyen una prueba especialmente significativa para reconstruir la configuración del conjunto y permiten interpretar el Arquillo de San Miguel como una estructura flanqueada por dos torres, y no simplemente como un arco adosado a las construcciones del colegio.

La identificación de esta segunda torre ha planteado también diversas hipótesis. Durante mucho tiempo se la relacionó con la llamada Torre del Aceite, mencionada en documentación antigua por la existencia de una campana que regulaba determinadas actividades comerciales relacionadas con la venta de aceite. Sin embargo, actualmente parece más prudente distinguir ambas construcciones. La Torre del Aceite debió encontrarse en una posición diferente, más próxima al Postigo del Aceite y a la zona de la Aduana del Aceite, sin que su localización exacta haya podido determinarse con seguridad.

Arco de San Miguel. Ilustración de Arturo Redondo. (ver) (CC BY 3.0)


Otra posibilidad es que la torre próxima al Colegio de San Miguel estuviera vinculada al pequeño templo o ermita existente en el cementerio del colegio. Esta hipótesis resulta especialmente interesante si se tiene en cuenta la extensión del conjunto perteneciente al Cabildo y la presencia en él de espacios funerarios y religiosos.

El Arquillo de San Miguel sobrevivió durante siglos a la transformación de la ciudad. La construcción de la Catedral gótica había modificado radicalmente el significado de las antiguas murallas, pero estas continuaron formando parte del paisaje urbano. El arco constituía así un testimonio visible de una Sevilla anterior que, aunque transformada, todavía conservaba numerosos elementos de su pasado islámico y medieval.

Ilustración de Arturo Redondo.  Arco del Postigo y torre oeste del Arco de San Miguel (a la derecha).  (ver) (CC BY 3.0)


Su final estuvo relacionado con uno de los grandes acontecimientos sísmicos que afectaron a la ciudad. El terremoto de Lisboa del 1 de noviembre de 1755 provocó daños importantes en numerosos edificios sevillanos y también afectó al conjunto del Arquillo de San Miguel. El Cabildo debía afrontar al mismo tiempo la reparación de los desperfectos ocasionados en la propia Catedral y en otras propiedades, por lo que la restauración del arco quedó relegada.

La falta de una intervención definitiva agravó progresivamente el estado de la construcción. El deterioro llegó a ser considerado peligroso y, ante el riesgo de un derrumbamiento, se decidió proceder a su demolición. El derribo se llevó a cabo en la primavera de 1762 y supuso la desaparición del arco, de sus torres y de buena parte de las estructuras que se habían ido adosando a la antigua muralla.

De los materiales obtenidos de la demolición, parte de la piedra y otros elementos constructivos fueron reutilizados en la reparación de las viviendas de los canónigos. También se solicitó material para las obras de la iglesia de San Roque, aunque esta petición finalmente no fue atendida.

El derribo contribuyó a la progresiva transformación del entorno catedralicio y a la apertura de itinerarios más amplios hacia el sur de la ciudad. Cuando se realizó el plano de Sevilla de Pablo de Olavide en 1771, el Arquillo de San Miguel ya había desaparecido. Su desaparición en 1762 simboliza también el cambio de una ciudad que comenzaba a liberarse de las estructuras heredadas de su pasado medieval para adquirir una configuración urbana más abierta y conectada.

jueves, 1 de octubre de 2026

AREA CENTRO 1

Avenida de la Constitución.

La Avenida de la Constitución es hoy una de las vías más representativas de Sevilla y, probablemente, la que mejor permite comprender la superposición de las distintas etapas históricas de la ciudad. Con unos seiscientos metros de longitud, une la Plaza Nueva con la Puerta de Jerez y atraviesa algunos de los espacios monumentales más importantes del centro histórico: el Ayuntamiento, la Catedral, el Archivo de Indias, la antigua Lonja de Mercaderes, la Torre Abd el Aziz y los restos del antiguo Colegio-Universidad de Santa María de Jesús. A estos testimonios del pasado se suman numerosas construcciones regionalistas y edificios públicos levantados durante las grandes transformaciones urbanísticas de comienzos del siglo XX.

Avenida de la Constitución

Sin embargo, la avenida actual es relativamente reciente. Su trazado rectilíneo y su anchura son el resultado de una larga operación de reforma urbana que comenzó a plantearse en el siglo XIX y que se materializó principalmente durante las primeras décadas del XX. Antes de convertirse en una sola vía, estaba formada por diferentes calles, plazas y espacios que fueron cambiando de nombre, función y aspecto a lo largo de los siglos.

Avenida de la Constitución

Confluyen en ella, por la acera de los pares, García de Vinuesa, Federico Sánchez Bedoya, Almirantazgo y Adolfo Rodríguez Jurado; por la de los impares, Felipe Pérez, Alemanes, Fray Ceferino González, Santo Tomás y Miguel de Mañara.

El territorio antes de la avenida

En época romana, buena parte del espacio que ocupa actualmente la avenida se encontraba fuera del recinto amurallado de Hispalis. La configuración hidrográfica de Sevilla era entonces muy diferente de la actual y por esta zona discurría uno de los antiguos brazos del Guadalquivir, relacionado con el curso que atravesaba sectores de la actual Alameda de Hércules, la Campana y la Plaza Nueva antes de alcanzar nuevamente el río en las proximidades del Arenal. La transformación de estos espacios y la progresiva colmatación o desecación de los antiguos cauces modificaron profundamente el paisaje.

Algunas intervenciones arqueológicas realizadas en el entorno han documentado también la existencia de enterramientos antiguos, indicio de que determinadas zonas fueron utilizadas con carácter funerario antes de quedar integradas plenamente en el tejido urbano.

Con la expansión de Isbilya durante la Edad Media, el área fue incorporándose al recinto urbano. Tras las sucesivas incursiones y ataques que sufrió Sevilla durante la época islámica, la ciudad hubo de reforzar progresivamente sus defensas. Especial gravedad tuvieron las incursiones de los normandos, que en los años 844 y 859 llegaron a atacar e incendiar la ciudad. Estos episodios pusieron de manifiesto la vulnerabilidad de las antiguas defensas y favorecieron la ampliación y consolidación del recinto amurallado.

Con estas nuevas fortificaciones, determinadas zonas que hasta entonces habían quedado extramuros pasaron a integrarse en el espacio protegido de la ciudad. Entre ellas se encontraba el sector que posteriormente ocuparía la gran mezquita aljama, cuya inauguración se produjo en 1176, en el entorno de la actual Avenida de la Constitución. El acceso a esta zona se realizaba a través de la denominada puerta de San Miguel, situada aproximadamente en el área que hoy corresponde a la calle Almirantazgo, junto al posterior eje de comunicación entre el núcleo urbano y el puerto, o desde la puerta de la Plata hoy conocida como Arquillo de Mañara.

Tras la conquista castellana de 1248, la importancia del lugar aumentó todavía más.

Primer tramo. Génova y los comerciantes extranjeros

El tramo comprendido entre la actual Plaza Nueva y el cruce con las calles Alemanes y García de Vinuesa recibió desde la Edad Media el nombre de Génova. La denominación estaba relacionada con la importante colonia de comerciantes genoveses establecida en Sevilla después de la conquista castellana.

Fernando III favoreció la instalación de estos mercaderes, que disfrutaron de privilegios, espacios comerciales y un área de residencia. La presencia genovesa dejó una profunda huella en la economía sevillana, especialmente en las actividades mercantiles y financieras vinculadas al comercio mediterráneo y, posteriormente, atlántico.

Con el paso del tiempo, la calle dejó de ser exclusivamente genovesa. Desde el siglo XIV se documenta la presencia de sevillanos y de numerosos artesanos y comerciantes. Allí se establecieron plateros, cambiadores, sastres, calceteros, jubeteros y otros profesionales relacionados con el comercio y las manufacturas.

A finales del siglo XV aparecieron también los primeros impresores y libreros. Entre los nombres relacionados con esta actividad figuran Menardo Ungut y Lanzalao Polono, y posteriormente Jacobo Cromberger, Andrea de Peseioni, Varela de Salamanca y otros profesionales que hicieron de Sevilla uno de los grandes centros de producción y circulación de libros de la España de la Edad Moderna.

En 1897, al producirse el asesinato del presidente del gobierno Cánovas del Castillo, se le dio su nombre.

Segundo tramo. Las Gradas de la Catedral

El segundo gran espacio histórico de la actual avenida corresponde a las Gradas, situadas delante de la Catedral. El nombre al menos desde el siglo XIV, hacía referencia a los escalones y andenes que salvaban el desnivel entre el templo y la calle.

Durante los siglos XVI y XVII las Gradas constituyeron uno de los espacios comerciales y sociales más concurridos de Sevilla. Su importancia creció extraordinariamente después del descubrimiento de América, cuando Sevilla se convirtió en centro del comercio con los territorios americanos y sede de la Casa de la Contratación.

En torno a la Catedral se concentraban mercaderes, cambistas, escribanos, vendedores y artesanos. Se realizaban operaciones comerciales, se anunciaban mercancías, se celebraban almonedas y se formalizaban contratos. Las Gradas eran también un lugar de encuentro, paseo y observación de la vida urbana.

La intensa actividad llegó a provocar conflictos con el Cabildo Catedralicio. El movimiento de animales de carga, vendedores y comerciantes en las inmediaciones del templo alteraba el carácter sagrado del espacio. Las columnas unidas por cadenas que todavía pueden contemplarse delante de la Catedral son un testimonio de aquella voluntad de delimitar el recinto religioso.

Las Gradas se convirtieron asimismo en un lugar asociado a la literatura picaresca. Autores como Cervantes, Mateo Alemán, Quevedo, Castillo Solórzano, Vélez de Guevara y otros escritores del Siglo de Oro evocaron en sus obras el bullicio, los negocios, los engaños y los personajes que frecuentaban este espacio.

El viajero veneciano Andrea Navagero, durante su estancia en España en el siglo XVI, dejó constancia de la enorme concurrencia que encontraba en las Gradas, que consideraba uno de los lugares más destacados de Sevilla.

Durante la primera mitad del s. XIX, este tramo es conocido como Punta del Diamante, hasta que en 1845 se vuelve a Gradas de la Catedral. En 1868 se le cambió por el de Catedral; en 1877 se le rotula Gran Capitán, en memoria de Gonzalo Fernández de Córdoba (1453-1515), capitán de los tercios que controlaron el reino de Nápoles para los Reyes Católicos.

Tercer tramo. La Lonja y el comercio americano

Más allá de las Gradas se encontraba la Lonja de Mercaderes, actual Archivo General de Indias (ver). El edificio fue construido entre 1584 y 1598 por iniciativa de Felipe II para disponer de un espacio específicamente destinado a las operaciones comerciales.

El proyecto se relaciona con Juan de Herrera y fue ejecutado por Juan de Mijares, con intervención de otros maestros. El edificio sustituyó progresivamente las actividades mercantiles que se desarrollaban al aire libre en las Gradas, aunque la costumbre tardó en desaparecer.

En 1785, durante el reinado de Carlos III, la antigua Lonja fue destinada a Archivo General de Indias con el propósito de reunir la documentación relacionada con la administración de los territorios americanos, dispersa hasta entonces por distintos archivos.

Este tercer tramo (la calle de la Lonja) iba de la Catedral a la calle Santo Tomás; no se localiza ningún topónimo específico hasta que al levantarse la Lonja de Mercaderes a fines del s. XVI, los espacios que la rodean, éste entre ellos, comienzan a denominarse Lonja, como se constata en el s. XVIII , nombre con el que se mantiene hasta 1895 , en que se le cambia por Cardenal González, en recuerdo de fray Ceferino González (1831-1894), que fue arzobispo de esta diócesis en 1883-1885 y 1886-1889; en 1927 se le dio el de Primo de Rivera, en homenaje al general Miguel Primo de Rivera (1870-1930), presidente del Directorio Militar, por las facilidades dadas para el derribo del antiguo Colegio de Santo Tomás, que había sido Gobierno Militar y facilitaba el ensanche de la avenida.

Cuarto tramo. Plaza de santo Tomas

El cuarto tramo lo forma el espacio existente entre la calle Santo Tomas y la desembocadura de Miguel de Mañara, que desde comienzos del s. XVI se conoció como plaza de Santo Tomás, por encontrarse en ella el Colegio Mayor y Universidad de Santa María de Jesús, institución fundada por Maese Rodrigo Fernández de Santaella a comienzos del siglo XVI (ver).

El conjunto universitario ocupaba un espacio considerable en las proximidades de la actual Puerta de Jerez. De aquella institución únicamente subsiste la denominada Capilla de Don Rodrigo o de Santa María de Jesús (ver), pequeño templo gótico-mudéjar que constituye uno de los testimonios más valiosos de aquel antiguo conjunto universitario.

Durante siglos, este sector actuó como límite físico de la continuidad de la vía. Más allá se encontraban edificaciones, recintos religiosos y militares y, finalmente, la Puerta de Jerez. La conexión directa entre el centro histórico y este acceso meridional no existiría hasta las grandes reformas urbanas del siglo XX.

Ultimo tramo

El último tramo no existió hasta que en el primer cuarto del siglo XX se culminó un antiguo proyecto de apertura; en 1917 se le denominó Reina Mercedes, en recuerdo de la primera mujer de Alfonso XII, cuyo noviazgo en el vecino palacio de San Telmo y su prematura muerte recuerda el romance popular.

Segunda Republica

Durante la Segunda República, en 1931, la vía fue unificada bajo el nombre de Libertad. Tras 1936 volvió a dividirse: el primer tramo, hasta Alemanes y García de Vinuesa, pasó a llamarse José Antonio Primo de Rivera (1903- 1936), fundador de Falange Española, mientras que el resto pasó a denominarse Queipo de Llano, que encabezó la sublevación militar de julio de 1936 en Sevilla. Finalmente, el 26 de marzo de 1980 se recuperó la unidad toponímica y se estableció la denominación de Avenida de la Constitución, que permanece en la actualidad.

Una gran reforma urbana

La transformación definitiva de la vía fue una de las operaciones urbanísticas de mayor alcance realizadas en el casco histórico sevillano durante el primer cuarto del siglo XX.

La necesidad de crear una gran avenida se había planteado en 1863, cuando se estudió el ensanche del tramo comprendido entre el Almirantazgo y Santo Tomás. En 1869 se analizaron diferentes propuestas para establecer una gran comunicación entre la Plaza de San Francisco y la Puerta de Jerez.

La idea volvió a aparecer en diversos proyectos durante las décadas siguientes y fue incorporada al plan de ensanche del casco histórico de Sáez y López de 1895. Finalmente, el proyecto definitivo fue aprobado en 1906.

La reforma perseguía varios objetivos. Por una parte, se pretendía mejorar la comunicación entre el centro histórico y los nuevos espacios urbanos desarrollados hacia el sur. Por otra, se buscaba disponer de una vía amplia y representativa capaz de absorber el creciente tráfico de carruajes y, posteriormente, de vehículos de motor.

La expansión de Sevilla hacia el sur había otorgado una importancia creciente a esta comunicación. La Fábrica de Tabacos, el Palacio de San Telmo, la apertura de la calle San Fernando, el Prado de San Sebastián, la estación ferroviaria y los preparativos de la Exposición Iberoamericana de 1929 reforzaron la necesidad de conectar directamente el núcleo histórico con la Puerta de Jerez.

La ejecución del proyecto exigió expropiaciones y derribos. Entre 1907 y 1912 se actuó especialmente en el primer tramo, entre Fernández y González y García de Vinuesa. En 1926 se completaron nuevas operaciones de ensanche entre Fernández y González, Joaquín Guichot y la Plaza Nueva.

En el extremo meridional, la apertura se realizó entre 1910 y 1913 mediante la demolición de parte del antiguo Seminario y de otras edificaciones. La operación no estuvo exenta de dificultades y todavía durante la década de 1920 quedaban inmuebles pendientes de derribo.

Especial importancia tuvo la desaparición de buena parte del antiguo Colegio-Universidad de Santa María de Jesús. La Capilla de Don Rodrigo quedó fuera de la línea de derribo y constituye actualmente, como hemos comentado, el principal recuerdo visible de aquella institución.

La última reforma efectuada fue el alineamiento del tramo frontero a la Lonja, que afectaba a gran parte del Gobierno Militar, en la esquina actual con Adolfo Rodríguez Jurado. El Ayuntamiento adquirió la primera finca en 1911, y en 1914 llegó a un acuerdo con dicho Gobierno sobre el valor de los terrenos necesarios para la operación que no se dio por finalizada hasta 1926.

Actualmente la avenida posee un trazado rectilíneo y similar anchura hasta Almirantazgo, se ensancha a continuación, como consecuencia del retranqueo del edificio del Archivo de Indias, y se aprecia parte de la configuración de la antigua plaza de Santo Tomás en la planta irregular que presenta en la confluencia de Miguel de Mañara y Adolfo Rodríguez Jurado. Finalmente, recupera la linealidad en el último tramo.

La arquitectura regionalista

La nueva avenida se convirtió también en un extraordinario escaparate de la arquitectura sevillana de comienzos del siglo XX. El regionalismo, impulsado por arquitectos como Aníbal González y José Espiau y Muñoz, encontró en ella uno de sus escenarios principales.

En el primer tramo destaca el edificio de La Adriática, esquina a Fernández y González proyectado por José Espiau y Muñoz entre 1914 y 1922, para la Compañía de seguros que le da nombre y que albergaba la confitería de Filella. Su lenguaje combina elementos neomudéjares, regionalistas y referencias historicistas, y su torre-mirador de esquina se convirtió en uno de los elementos característicos de la avenida, que ha perdido su primitivo aspecto al eliminarse la cúpula, que completaba su carácter neomudéjar.

La fachada es una auténtica obra de arte, con una estructura que combina formas sinuosas y elementos decorativos que recuerdan tanto a la arquitectura mudéjar como al modernismo europeo. Aunque La Adriática no solo es un deleite para los amantes de la edificación, sino que también representa una época de esplendor cultural y económico en Sevilla, ya que su construcción está estrechamente relacionada con la Exposición Iberoamericana de 1929.

Edificio de La Adriática

Edificio de La Adriática
Edificio de La Adriática

Detalle de la veleta


Muy cerca se suceden varias obras de Aníbal González, entre ellas los números 6, 10, 12 y 14. Especial relevancia tiene la Casa Álvaro Dávila, construida para el marqués de Villamarta entre 1915 y 1917, sede del antiguo Banco Popular, cuya composición demuestra la preocupación del arquitecto por resolver de manera monumental las esquinas y los encuentros entre calles. El elemento más particular de este edificio es una delgada escalera exterior que se muestra con planta poligonal.

Casa Álvaro Dávila

Casa Álvaro Dávila
Casa Álvaro Dávila

Frente a estas construcciones regionalistas se levantó el Banco de España (ver), proyectado por Antonio Illanes del Río y construido entre 1925 y 1928. Su monumentalismo clasicista se aparta deliberadamente del regionalismo dominante y proporciona a este tramo un contrapunto arquitectónico de carácter institucional.

Banco de España

Más adelante aparecen el antiguo edificio de Correos y Telégrafos, construido entre 1927 y 1930 según proyecto de Joaquín Otamendi y Luis Lozano, conforme a un neobarroco más madrileño que andaluz.

Edificio de Correos y Telégrafos

Detalle del escudo de España

El edificio Aurora, realizado entre 1933 y 1936 por Antonio Illanes, ejemplo destacado del compromiso entre regionalismo y modernidad, que supo introducir un cuerpo de mayor altura a la manera de mirador en un enclave de vistas tan excepcionales. 

Edificio Aurora

Edificio Aurora

El edificio de Seguros Santa Lucia. Esta obra forma parte del ensanche y monumentalización de este tramo de la avenida de la Constitución tras ser derribado el convento de Santo Tomás y la primitiva universidad que ocupaba la Puerta de Jerez. José Espiau y Muñoz se encargó de este proyecto en el año 1910 con el fin de crear una sede para la entidad aseguradora Santa Lucía.

Edificio de Seguros Santa Lucia

Otros bancos privados como el Central (1952), sede actual del Banco de Santander, obra de Vicente Traver, levantarían mucho después sus edificios en dicha acera.

En el ensanche denominado calle Adolfo Rodríguez Jurado, en el cruce con Santo Tomás, se encuentra una buena representación de la arquitectura moderna en el edificio de viviendas realizado en 1935-36 por el arquitecto José Galnares Sagastizabal para el conde de Ybarra, de estilo asociado a la arquitectura del Movimiento Moderno racionalista y que está inscrito en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz, con carácter genérico colectivo.

Uno de los edificios más singulares es el antiguo Teatro Coliseo España, proyectado por José y Aurelio Gómez Millán entre 1925 y 1930, sobre el solar del antiguo convento de Santo Tomás. Su inauguración fue el 3 de diciembre de 1931, justo ocho meses y medio después de proclamarse la II República en España. Concebido inicialmente como cinematógrafo (Cine Reina Mercedes) y posteriormente adaptado a teatro, inaugurado en 1931 (Coliseo España), constituye uno de los ejemplos más representativos del regionalismo aplicado a la arquitectura de espectáculos. El extraordinario teatro-cine desapareció con el vaciado hecho en las obras conducentes a instalar la sede central del Banco de Vizcaya. Quedó así reducido a su cascarón el más importante ejemplo del regionalismo en este tipo de edificios.

Teatro Coliseo España

Teatro Coliseo España
Teatro Coliseo España
Teatro Coliseo España

Destacamos el número 28 de la avenida de la Constitución, que corresponde al antiguo Colegio de San Miguel (Leer mas) del que apenas permanece su antigua portada, integrada en el edificio construido por José Espiau y Muñoz en 1929.

Avenida de la Constitución 28

Puerta del antiguo Colegio de San Miguel


Monumentos y testimonios históricos

La avenida concentra en pocos centenares de metros una extraordinaria sucesión de monumentos.

La Catedral de Santa María de la Sede ocupa el corazón monumental de la vía. Construida sobre el solar de la antigua mezquita aljama, conserva la Giralda y el Patio de los Naranjos como principales testimonios de su pasado islámico. La construcción del templo cristiano comenzó a comienzos del siglo XV y se prolongó durante varias generaciones.

Catedral de Santa María de la Sede


Junto a ella se encuentra la Iglesia del Sagrario (ver), construida entre 1618 y 1662 como prolongación del conjunto catedralicio. En su interior destaca el monumental retablo mayor, cuya arquitectura corresponde a Francisco Dionisio de Ribas y cuyas esculturas se relacionan con Pedro Roldán.

Iglesia del Sagrario

Iglesia del Sagrario

Frente al conjunto catedralicio se encuentra el Archivo General de Indias (ver), antigua Lonja de Mercaderes, uno de los edificios más importantes de la arquitectura civil española del siglo XVI. Junto con la Catedral y el Real Alcázar, forma parte del conjunto sevillano inscrito por la UNESCO como Patrimonio Mundial en 1987.

Archivo General de Indias


Más adelante aparece la Torre Abd el Aziz, vestigio de las antiguas defensas de la ciudad, relacionada con el sistema de murallas almohades. También se conoce como Torre del Homenaje debido a una leyenda que dice que este fue el primer lugar donde ondeó el peón castellano tras la conquista de la ciudad. Su nombre procede del emir Abd al-Aziz ibn Musa, que vivió en Ishbiliya (Sevilla) del 714 al 719. Esta torre conecta con el Postigo del Carbón y la Torre de la Plata, y continuando al oeste con la Torre del Oro, por lo que ambas torres pueden ser de la misma época (siglo XIII). Su presencia permite recordar que la actual avenida discurre en buena parte sobre un espacio profundamente condicionado por la antigua estructura defensiva de Sevilla.

Torre Abd el Aziz

Torre Abd el Aziz
Torre Abd el Aziz
Torre Abd el Aziz

También sobreviven otros fragmentos de aquella ciudad medieval, como algunos restos de las cercas y el entorno del antiguo Arquillo de Mañara, antiguo acceso relacionado con la Puerta de la Plata.

Arquillo de Mañara

Placa Cervantina

Detalle del Arquillo de Mañara
Detalle del Arquillo de Mañara
Detalle del Arquillo de Mañara

Vendedor de leche en el Postigo de Abd el Aziz, en la calle Miguel de Mañara. Principios del siglo XX.

La capilla de Don Rodrigo, es el único vestigio de la que fuera la primitiva universidad sevillana que fundó maese Rodrigo Fernández de Santaella en el año 1506. De este gran edificio solo nos queda este recogido templo de estilo gótico-mudéjar tardío, Monumento Nacional gracias a la iniciativa de José Gestoso.

Capilla de Don Rodrigo


La pavimentación de una vía privilegiada

La importancia de la avenida también puede seguirse a través de la historia de su pavimentación. El intenso tránsito de personas, animales, carruajes y procesiones obligó durante siglos a reparar continuamente sus calles.

Desde finales del siglo XVI se sucedieron las peticiones para empedrar las Gradas y Génova. En 1607, por ejemplo, se ordenó rellenar y nivelar los numerosos hoyos existentes en las Gradas. En otras ocasiones se procedió simplemente a limpiar el barro acumulado.

En el siglo XVII hubo intentos de utilizar losas en algunos tramos, aunque terminó imponiéndose nuevamente el empedrado. Durante la primera mitad del siglo XIX se utilizó el embaldosado y, a mediados de aquella centuria, se realizaron ensayos con adoquines.

Entre 1885 y 1913 se fueron adoquinando los distintos tramos. En 1907 se ensayó también el asfaltado de una parte de la vía, aunque la pavimentación moderna no se generalizaría hasta mucho después.

A comienzos de la década de 1980 se levantó buena parte del pavimento para renovar las redes de saneamiento y posteriormente se extendió la capa de asfalto que precedió a las transformaciones más recientes.

La carrera oficial de Sevilla

La posición de la avenida, entre el Ayuntamiento, la Catedral y el Archivo de Indias, convirtió desde muy antiguo este espacio en uno de los principales escenarios de la vida pública sevillana.

Por aquí discurrió durante siglos la llamada carrera oficial de numerosas celebraciones religiosas y civiles. El Corpus Christi adquirió una importancia extraordinaria. Desde la Edad Media, la procesión atravesaba las Gradas y continuaba hacia la Plaza de San Francisco, recorriendo después diversas calles del centro antes de regresar a la Catedral.

La procesión del Corpus en Sevilla. Manuel Cabral y Aguado Bejarano. 1857. Óleo sobre lienzo. 152,5 x 243,5 cm. Museo del Prado. No expuesto. (ver) (CC BY 3.0)


Las autoridades municipales reparaban y limpiaban el recorrido, instalaban toldos y adornaban las calles con vegetación. En determinados momentos se colocaban tapices y arcos triunfales, mientras los vecinos contemplaban el cortejo desde ventanas y balcones.

La misma vía ha sido escenario de procesiones extraordinarias, rogativas, acciones de gracias, recibimientos de personajes reales, desfiles militares y acontecimientos políticos. También fue utilizada por las cofradías sevillanas en su camino hacia la Catedral para realizar estación de penitencia.

Durante siglos, por tanto, recorrer este espacio significaba atravesar el centro ceremonial de Sevilla.

Un espacio de sociabilidad

Pero la importancia de la avenida no fue exclusivamente monumental o religiosa. Génova y las Gradas fueron también uno de los grandes espacios de sociabilidad de la ciudad.

En las Gradas se encontraban comerciantes, hidalgos, artesanos, trabajadores, escribanos, vendedores y personas procedentes de todos los sectores sociales. Los negocios convivían con el paseo y las conversaciones.

Durante el siglo XVIII aparecieron los primeros cafés. En la zona estuvieron establecimientos como el Café de San Fernando, que además funcionó como casino, y posteriormente otros locales como el Caballo Blanco, La Paz y Vista Alegre. Estos establecimientos contribuyeron a convertir el entorno en lugar de tertulia, debate político y encuentro social.

Durante buena parte del siglo XIX y del XX la avenida conservó esta función. Los sevillanos acudían a pasear, a encontrarse con amigos, a entrar en los cafés o simplemente a contemplar el movimiento de la ciudad.

La transformación económica

El comercio, desde los años iniciales de la Sevilla castellana, tiene un nombre propio: genoveses. La colonia mercantil de dicho origen recibe de Fernando III, además de exenciones fiscales, lonja y barrio o calle, a la que dan nombre. El edificio de aquélla se conservó hasta entrado el s. XIX en la esquina con García de Vinuesa. Sin embargo, a mediados del s. XIV esta calle ya estaba habitada en parte por sevillanos, y desde finales de dicha centuria residen diversos artesanos, destacando los relacionados con oficios artísticos y con el comercio, como plateros y cambiadores.

En los siglos XV y XVI se les sumarán los relacionados con el textil (sastres, calceteros, jubeteros, tundidores y otros. A fines del siglo XV hacen su aparición los primeros representantes de una actividad que también estará ligada a la historia multisecular de la calle: los impresores y encuadernadores de libros. Muchos de los que inician la serie son extranjeros, como Menardo Ungut y Lanzalao Polono, entre los siglos XV y XVI; en las siguientes centurias aparecen, entre otros, Jacobo Cromberger, Monardes, Andrea de Peseioni o Varela de Salamanca, en e l s. XVI; Andrés Grande y Nicolás Rodríguez, en el XVII; Sánchez Reciente, en el XVIII.

El declive de Sevilla como gran centro del comercio americano después del traslado de la Casa de la Contratación a Cádiz modificó progresivamente la función económica de la zona.

Los antiguos comerciantes, artesanos y pequeños establecimientos fueron dejando paso a nuevos negocios. Los cafés y espacios de reunión adquirieron mayor protagonismo durante los siglos XVIII y XIX, mientras que en el siglo XX se produjo una transformación profunda hacia las actividades administrativas, financieras y de servicios.

La avenida llegó a convertirse en uno de los principales ejes bancarios de Sevilla. Junto a los edificios monumentales se instalaron numerosas entidades financieras, compañías aseguradoras, oficinas públicas y empresas de servicios.

Este cambio explica una de las características actuales de la vía: una intensa actividad durante las horas diurnas, relacionada con oficinas, comercio, turismo y servicios, frente a una actividad residencial relativamente reducida.

Del tráfico a la peatonalización

Durante buena parte del siglo XX la Avenida de la Constitución desempeñó también una función esencial en la circulación de vehículos. La expansión urbana hacia el sur y la ausencia durante décadas de una adecuada red de circunvalación hicieron de ella uno de los principales ejes de comunicación de Sevilla.

Ya en el siglo XIX se habían planteado sistemas de transporte urbano que utilizaban este recorrido. Posteriormente circularon tranvías, autobuses y vehículos particulares.

El tranvía en la Avenida de la Constitución a finales de los años 50


De 1863 data el proyecto de construcción de “un camino de hierro servido con fuerza animal” para el transporte urbano, y la única Línea de comunicación norte-sur pasa por la avenida, pero debido al trazado que entonces tenía, dicha línea salía por la plaza de Santo Tomás y Maese Rodrigo, y regresaba por San Gregario y plaza de la Contratación, para acceder a la plaza de San Francisco a través de Hernando Colón (1870); este recorrido se mantiene hasta principios del s. XX.

La intensidad del tráfico llegó a ser especialmente problemática a finales del siglo XX. La circulación de miles de vehículos diariamente generaba contaminación y afectaba especialmente a los monumentos situados a ambos lados de la vía.

El proceso de transformación culminó en el siglo XXI. El 17 de abril de 2006 se cerró definitivamente al tráfico privado para comenzar las obras de remodelación y peatonalización. En 2007 se inauguró la nueva configuración de la avenida, integrada en el sistema del Metrocentro.

La transformación cambió radicalmente la percepción del espacio. La avenida dejó de ser fundamentalmente un eje de circulación para recuperar, en cierta medida, una función mucho más próxima a la que había tenido históricamente: espacio de paseo, encuentro, celebración y contemplación de los monumentos.

La avenida en la actualidad

El recorrido actual presenta una configuración fundamentalmente peatonal, con el tranvía y determinados servicios autorizados como elementos de movilidad. Las antiguas calzadas fueron sustituidas por un espacio mucho más favorable al paseo y a la contemplación del conjunto monumental.

La vegetación acompaña el recorrido. Los naranjos tienen especial presencia en los primeros tramos, mientras que otros sectores incorporan arces, robinias, palmeras, prunos y otras especies. Entre los ejemplares de mayor porte se han señalado tradicionalmente un gran plátano de Indias y un magnolio próximo a la Catedral.

Las antiguas Gradas, con sus columnas y cadenas, siguen marcando el límite simbólico entre la calle y el espacio catedralicio.