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Convento de la Encarnación de santa Marta.
Historia
El
convento de la Encarnación, conocido popularmente como convento de Santa Marta,
es uno de los cenobios femeninos más antiguos del centro histórico de Sevilla.
Situado en la plaza de la Virgen de los Reyes, junto a la Catedral y frente al Palacio
Arzobispal, su historia está vinculada a dos emplazamientos diferentes: el
primitivo convento de la Encarnación (ver), levantado en la actual plaza de la
Encarnación, y el antiguo Hospital de Santa Marta (ver), que desde comienzos del siglo XIX
constituye su sede definitiva.
La comunidad pertenece a la Orden de San Agustín, cuya
regla, redactada por san Agustín de Hipona en el siglo V, fue adoptada por
distintas congregaciones religiosas. La unificación de varias comunidades de
ermitaños de la Toscana, impulsada por el papa Inocencio IV en 1244, dio origen
a la Orden de San Agustín, a la que pertenecen también las monjas agustinas del
monasterio de San Leandro. En Sevilla existieron otros conventos de esta misma
observancia, como los de Nuestra Señora de la Paz y el Dulce Nombre de Jesús,
ambos desaparecidos como comunidades conventuales.
La fundación del convento de la Encarnación se remonta a
1591 y fue posible gracias a la voluntad testamentaria de Juan de la Barrera,
un sevillano que había amasado una considerable fortuna durante sus actividades
en América y que, al carecer de descendencia, decidió destinar buena parte de
sus bienes a obras piadosas. En su testamento, otorgado el 20 de abril de aquel
año, dispuso la creación de un convento femenino y señaló inicialmente unas
casas de su propiedad en la plaza de San Bartolomé para su establecimiento,
aunque dejó abierta la posibilidad de elegir otro emplazamiento si resultaba
más conveniente.
Juan de la Barrera expresó también su deseo de ser enterrado
en la iglesia conventual y estableció algunas condiciones para su construcción:
el retablo mayor debía estar dedicado al misterio de la Encarnación y debían
levantarse dos altares laterales en honor de los santos Juanes. Asimismo,
determinó que la comunidad no superase las cuarenta religiosas y que sus
familiares tuviesen preferencia para ingresar, sin necesidad de aportar dote.
Tras su fallecimiento, el 25 de abril de 1591, su albacea
testamentario, Hernando Vallejo, se encargó de ejecutar sus disposiciones.
Finalmente, eligió para la fundación un solar situado en el entonces barrio de
Ponce de León, anteriormente conocido como de Morillo. Allí se levantó el nuevo
cenobio, que terminaría dando nombre a la plaza en la que se encontraba:
Nuestra Señora de la Encarnación, actual plaza de la Encarnación.
Las obras avanzaron durante los últimos años del siglo XVI.
En 1598 se encontraba ya realizada la portada principal, en cuya ejecución
participaron el arquitecto Alonso de Vandelvira y los escultores Andrés de
Ocampo y Martín Alonso de Mesa, bajo la dirección del maestro albañil Diego
Rodríguez. La fundación recibió la aprobación pontificia mediante una bula del
papa Clemente VIII, fechada el 23 de enero de 1600. En 1602, el cabildo
catedralicio aceptó su intervención en la administración del convento y quedó
establecida definitivamente la clausura. Como primera abadesa fue elegida
Beatriz de Vallejo, religiosa procedente del desaparecido monasterio
cisterciense de Santa María de las Dueñas y pariente del albacea fundador.
Los primeros tiempos de la comunidad estuvieron marcados por
dificultades económicas, agravadas por los problemas derivados de la
administración de los bienes legados por Juan de la Barrera. Las deudas
contraídas y las disputas con los herederos del fundador llegaron a provocar el
embargo de las propiedades conventuales. La situación se prolongó durante buena
parte del siglo XVII, hasta que en 1656 una resolución judicial reconoció a la
abadesa y a la comunidad la administración de sus propios bienes y rentas.
Superados estos problemas, el convento pudo acometer
importantes obras de ampliación y embellecimiento. Entre 1674 y 1679, Francisco
Dionisio de Ribas realizó el retablo mayor, ejecutado inicialmente en madera de
cedro y aliso. Sin embargo, la madera sufrió posteriormente el ataque de la
carcoma, por lo que fue necesario sustituir las partes afectadas por madera de
pino de Flandes. La restauración quedó completada con los trabajos de dorado y
estofado realizados por Miguel de Parrilla entre 1691 y 1693. Durante la
segunda mitad de aquella centuria, las religiosas adquirieron también nuevas
casas colindantes para ampliar las dependencias del monasterio.
El convento conservó un importante patrimonio artístico.
Entre sus obras destacó un lienzo de la Inmaculada Concepción, realizado por
Juan de Roelas, en el que aparecía arrodillado junto a la Virgen el venerable
Fernando de Mata, sacerdote jesuita que estaba enterrado bajo el retablo. La
pintura se encontraba en un altar lateral del lado del Evangelio y terminó saliendo
de Sevilla durante los acontecimientos de la ocupación francesa. Actualmente se
conserva en los Museos Estatales de Berlín.
El siglo XVIII volvió a estar marcado por las dificultades
económicas. La situación llegó a ser especialmente grave a comienzos de la
centuria, cuando las religiosas tuvieron que recurrir incluso a las dotes para
atender sus necesidades alimenticias y solicitaron ayuda al cabildo
catedralicio, al que estaba vinculada la institución. Uno de los episodios más
singulares de la historia del convento tuvo lugar el 29 de septiembre de 1710,
cuando la abadesa y las doce religiosas que componían entonces la comunidad
salieron en una insólita comitiva, precedidas por una cruz procesional, para
reclamar personalmente ayuda ante las autoridades eclesiásticas.
La presencia de las monjas causó gran expectación. El deán
de la Catedral intervino y dispuso que fueran conducidas a la sacristía mayor,
desde donde regresaron a su convento en coches de caballos para evitar la
curiosidad de los sevillanos. Aunque la actuación provocó la destitución de la
abadesa y el arresto del sacristán que había acompañado a la comunidad, las
religiosas consiguieron finalmente que aumentasen las ayudas. El cabildo acordó
entregarles 200 fanegas de trigo y 200 ducados.
A lo largo
del siglo se produjeron también conflictos relacionados con los derechos de
patronazgo del convento. En 1705, el marqués de Dos Hermanas reclamó su
condición de patrono alegando su vinculación con los sucesores de Juan Vallejo.
Las religiosas se opusieron a estas pretensiones y, después de un prolongado
litigio, obtuvieron una sentencia favorable en 1718.
Pese a estas
dificultades, durante las últimas décadas del siglo XVIII el convento
experimentó cierta recuperación, reflejada en distintas obras de reforma y en
la fundición de una nueva campana en 1792. En 1807, el platero Juan Ruiz
realizó una magnífica custodia de plata y oro, enriquecida con 332 diamantes,
88 esmeraldas y otras piedras preciosas, pieza que constituye un testimonio del
patrimonio suntuario que llegó a reunir la comunidad.
Sin embargo,
el acontecimiento que cambiaría definitivamente la historia del monasterio fue
la invasión francesa. En 1810, durante la ocupación de Sevilla, las autoridades
napoleónicas proyectaron una profunda transformación urbanística de la zona. El
28 de abril de aquel año se publicó en la Gazeta de Sevilla un decreto firmado
por José Bonaparte que ordenaba la creación de una plaza pública en la manzana
comprendida entre las plazas de Regina y de la Encarnación. Para ejecutar el
proyecto se dispuso el desalojo de las religiosas y la demolición del convento.
La comunidad
abandonó su sede el 10 de junio de 1810 y fue trasladada al antiguo convento de
los Terceros Franciscanos, situado en la calle Sol, que había quedado
desocupado. Aunque inicialmente se contempló la posibilidad de unirlas a las
agustinas del convento de Nuestra Señora de la Paz, las religiosas se opusieron
a perder su autonomía como comunidad independiente.
El antiguo convento de la Encarnación fue derribado para
abrir la nueva plaza, aunque la desaparición del edificio no supuso la
extinción de la comunidad. Cuando Fernando VII ordenó en 1813 la devolución de
sus propiedades a las órdenes religiosas, las agustinas ya no disponían de un
inmueble al que regresar. Durante los años siguientes continuaron las gestiones
para conseguir una sede propia, mientras se sucedían las dificultades para
encontrar un alojamiento adecuado.
La solución llegó gracias a la intervención del cardenal Cienfuegos,
quien facilitó a las religiosas el antiguo Hospital de Santa Marta, situado
frente a la Catedral, en el espacio comprendido entre la plaza de la Virgen de
los Reyes y la pequeña plaza de Santa Marta. El cabildo catedralicio cedió la
iglesia y el coro del antiguo establecimiento hospitalario, a los que se
incorporaron dos casas colindantes recibidas en donación. De esta manera, el 21
de diciembre de 1819, la comunidad se trasladó definitivamente a su nueva
residencia, iniciando una nueva etapa de su historia. Al día siguiente, los
religiosos terceros regresaron a su convento de la calle Sol.
El nuevo emplazamiento tenía, además, una larga trayectoria
histórica. El Hospital de Santa Marta había sido fundado a comienzos del siglo
XV por disposición testamentaria del arcediano Ferrán Martínez, personaje cuya
predicación contra la comunidad judía sevillana había tenido importantes
consecuencias en la historia de la ciudad. El establecimiento estaba destinado
a la asistencia de enfermos y necesitados y ocupaba terrenos próximos al
antiguo Corral de los Olmos (ver), espacio que durante siglos había sido centro de reunión de los cabildos municipal
y catedralicio.
La tradición histórica del lugar se remonta incluso a la
etapa islámica, pues en sus inmediaciones se situaba la denominada mezquita de
los Osos (ver), de la que se conservan escasos vestigios. La pequeña plaza de Santa
Marta, a la que se accede por un estrecho pasaje desde la plaza de la Virgen de
los Reyes, mantiene el recuerdo del antiguo recinto hospitalario y constituye
uno de los rincones más recogidos del entorno catedralicio.
La antigua capilla del hospital pasó a convertirse en
iglesia conventual, adaptándose las dependencias existentes a las necesidades
de la clausura. Durante el siglo XIX se realizaron distintas reformas en el
inmueble, entre ellas la construcción de la actual espadaña, que constituye uno
de los elementos más reconocibles de su silueta arquitectónica. La sencillez de
su exterior contrasta con la riqueza artística que conserva el interior de la
iglesia.
Aunque su
denominación oficial continúa siendo la de convento de la Encarnación, la
vinculación con el antiguo hospital explica que popularmente sea conocido como
convento de Santa Marta, nombre que también ha quedado asociado a la pequeña plaza
situada junto a sus dependencias.
La advocación
de Santa Marta tiene su origen en los Evangelios, donde aparece como hermana de
María y Lázaro, el hombre resucitado por Jesús. La tradición cristiana la
presenta como símbolo de la vida activa y del servicio, en contraste con su
hermana María, asociada a la contemplación. Una leyenda provenzal cuenta que,
después de la Ascensión de Cristo, Marta y sus hermanos llegaron a las costas
de Marsella, donde venció a un monstruo fluvial conocido como la Tarasca,
utilizando la cruz y el agua bendita. Esta tradición explica su habitual
representación iconográfica junto a dicho animal y su especial veneración en la
localidad francesa de Tarascón.
El convento de la Encarnación o de Santa Marta constituye,
por tanto, un singular testimonio de la continuidad de la vida religiosa
sevillana a través de los cambios históricos y urbanísticos. Nacido de la
iniciativa piadosa de Juan de la Barrera a finales del siglo XVI, perdió su
primera sede durante la ocupación francesa, pero logró conservar su comunidad y
trasladar su historia al antiguo Hospital de Santa Marta. Su presencia,
discreta y casi escondida entre la Catedral y el Palacio Arzobispal, mantiene
vivo el recuerdo de dos instituciones diferentes que terminaron fundiéndose en
una misma historia.
Exterior
La iglesia presenta al exterior una imagen de gran
sencillez. Sus muros encalados, de varios cuerpos de altura, se abren mediante
pequeñas ventanas apaisadas protegidas por celosías, que preservan la intimidad
de la clausura. En la fachada se dispone una sencilla arcada de ladrillo visto,
formada por arcos de medio punto, sobre la que corre un pequeño tejadillo.
Vista
Exterior
En uno de los laterales sobresale la cúpula que cubre el
presbiterio, mientras que por encima de los tejados se eleva la característica
espadaña de dos cuerpos, cuya silueta constituye uno de los elementos más
singulares del conjunto. Su presencia adquiere un significado especial cada 15
de agosto, festividad de la Asunción de la Virgen. Cuando la Virgen de los
Reyes sale de la Catedral, las campanas de la Giralda anuncian solemnemente su
paso y, desde el cercano convento, la pequeña campana de la espadaña se
incorpora al volteo. Es un detalle entrañable que une la solemnidad de la
celebración catedralicia con la discreta vida contemplativa de la comunidad
religiosa.
Detalle
exterior de la cúpula con linterna que cubre el presbiterio
Detalle
de la espadaña de dos cuerpos
Uno
de los elementos más conocidos del exterior es el retablo cerámico dedicado a la
Virgen de los Reyes, situado en la fachada que da a la plaza de la Virgen de
los Reyes. La obra se atribuye al pintor y ceramista Antonio Kiernam Flores y
fue realizada en la fábrica trianera de Nuestra Señora de Santa Ana.
El
azulejo se fecha en 1937 en el catálogo especializado de retablos cerámicos,
aunque otras publicaciones locales sitúan su realización en 1928. El conjunto
monumental, con su marco arquitectónico y las inscripciones superior e
inferior, quedó configurado a comienzos de la década de 1940.
Retablo
cerámico dedicado a la Virgen de los Reyes
En el centro de esta composición destaca un retablo cerámico
dedicado a la Virgen de los Reyes. La representación muestra
frontalmente a la patrona de Sevilla sobre un característico fondo amarillo,
vestida con el manto azul celeste que le regaló la condesa de Casa Galindo en
1904, con motivo de su coronación canónica. También aparece con la corona que
estrenó en aquella solemne ceremonia.
El
retablo está acompañado por dos inscripciones de especial interés histórico. En
el tímpano superior puede leerse:
“Sevilla
agradecida a su Madre Reina y Abogada. Sábado 18 de julio de 1936”.
En
el banco inferior figura la siguiente invocación:
“Inmaculada
Virgen de los Reyes, asunta en cuerpo y alma a los cielos, Mediadora en la
dispensación de las gracias, Patrona muy amada de Sevilla, intercede piadosa
por nosotros”.
La
inscripción superior vincula el monumento a los acontecimientos del 18 de julio
de 1936, fecha del comienzo de la sublevación militar contra la República.
Constituye, por ello, un testimonio de la utilización de la devoción mariana en
el contexto político y religioso de aquellos años.
Por la parte
posterior del convento se accede a uno de los rincones más recogidos y
evocadores del centro histórico: la plazuela de Santa Marta. Se trata de un
pequeño espacio urbano, de planta irregular, al que se llega a través de un
antiguo adarve o callejón sin salida de origen medieval, cuya disposición
recuerda el trazado de las calles de la Sevilla islámica.
Plaza de santa Marta
En el acceso
se conservan restos arquitectónicos relacionados con la antigua mezquita
conocida como de los Osos, entre ellos unos arcos polilobulados que constituyen
un testimonio de la presencia islámica en este sector de la ciudad.
Callejón que comunica con la plaza de Santa Marta
Otro elemento
tradicional del convento es su torno, en el numero 3 de la Plaza del Triunfo, a través del cual las religiosas
mantienen el contacto con el exterior y ofrecen productos elaborados o
distribuidos por la comunidad.
Numero 3 de la Plaza del Triunfo
Acceso al Convento
Azulejo de la
Anunciación
Azulejo de la Coronación de Nuestra Señora de la Piedad del Baratillo
Detalle del torno a la derecha
Durante
generaciones, numerosos sevillanos han acudido a este lugar para comprar los
conocidos “recortes”, pequeños fragmentos de las obleas sobrantes de la
elaboración de las formas destinadas a la Eucaristía. La confección de formas
para consagrar constituye una de las principales labores manuales de las
religiosas.
A través del
torno también se pueden adquirir artículos relacionados con el culto y la
liturgia, como rosarios, evangelios, vino de misa, velas de bautismo y de
vigilia, lámparas para el Santísimo, incienso y carbón litúrgico.
Esta
actividad, aparentemente sencilla, forma parte de una antigua tradición
conventual en la que el trabajo manual, la oración y la vida contemplativa se
complementan.
Productos en venta
Interior
El templo, que ocupa la antigua capilla
hospitalaria del siglo XIV, presenta una planta rectangular de una sola nave,
de dimensiones reducidas y carácter intimista. Su arquitectura permite
distinguir claramente dos sectores de diferente origen y configuración: la
nave, correspondiente a la fundación hospitalaria medieval, y el presbiterio,
que conserva una estructura de tradición islámica, anterior a la construcción
del hospital.
La nave se cubre mediante bóvedas de
nervaduras góticas, cuyos nervios descansan sobre cuatro ménsulas situadas en
los muros laterales. Estas piezas presentan representaciones simbólicas de los
cuatro Evangelistas: el hombre o ángel de san Mateo, el león de san Marcos, el
toro de san Lucas y el águila de san Juan. En la clave de la bóveda aparece
también el Cordero, símbolo de Cristo. La disposición de estos elementos
sustentantes y decorativos constituye uno de los testimonios más interesantes
de la arquitectura religiosa sevillana de la segunda mitad del siglo XIV.
Bóvedas de nervaduras góticas
Ángel de san Mateo
León de san Marcos
Toro de san Lucas
Águila de san Juan
El presbiterio presenta una
configuración muy diferente. Tiene planta cuadrada y se cubre mediante una
bóveda de ocho paños apoyada sobre trompas angulares, que permiten pasar de la
planta cuadrada a la estructura cupulada. Este espacio se relaciona con la
antigua mezquita de los Osos, cuyo edificio fue aprovechado y transformado por
Fernán Martínez para establecer el hospital en 1385. Su organización recuerda
las denominadas qubbas, construcciones de tradición islámica caracterizadas por
una planta cuadrada y una cubierta cupulada, cuya tipología pervivió en
numerosas iglesias mudéjares sevillanas. La cúpula fue posteriormente dotada de
una linterna que proporciona iluminación cenital al presbiterio.
Bóveda del presbiterio de ocho paños apoyada sobre
trompas angulares
Muro
de la Epístola
Se inicia con un retablo que contiene
un cuadro de Jesús en la representación de la Divina Providencia.
Divina Providencia
Le sigue el
conjunto escultórico del Calvario, una de las obras de mayor interés artístico
de la iglesia. Se trata de una composición barroca sevillana del último tercio
del siglo XVII, formada por imágenes de talla completa y notable expresividad,
que representan a Cristo crucificado, la Virgen María, san Juan Evangelista y
María Magdalena.
Retablo del Calvario
Detalle del rostro del Crucificado
Detalle del paño de
pureza
Detalle de los pies
La Virgen
aparece al pie de la cruz en actitud dolorosa, siguiendo la iconografía del
Stabat Mater, mientras que María Magdalena se arrodilla y abraza el madero en
un gesto de profunda emoción. San Juan completa la escena, situado junto a la
Madre de Cristo. La expresividad de los rostros, las actitudes de las figuras y
la riqueza de la policromía responden a los recursos característicos de la
escultura barroca sevillana.
La Virgen
Detalle
María Magdalena
Detalle
San Juan
Detalle
Este tipo de
composición fue muy frecuente durante los siglos XVII y XVIII, especialmente en
los conjuntos destinados a las cofradías penitenciales, donde la representación
del Calvario permitía desarrollar una intensa catequesis visual sobre la Pasión
y muerte de Jesucristo.
Le sigue un cuadro que representa a la
Virgen María con el Niño Jesús en brazos. La composición presenta una
disposición frontal y solemne, de carácter marcadamente devocional. María
aparece nimbada, vestida con túnica y manto oscuro decorado con pequeñas
estrellas doradas, mientras sostiene al Niño, que viste una túnica rojiza y
lleva también aureola. Ambos aparecen destacados sobre un fondo oscuro, sin
elementos ambientales que distraigan la atención de las figuras.
La pintura posee una estética de
tradición religiosa medieval o arcaizante, con una representación esquemática
de los rostros, escasa profundidad espacial y una marcada importancia simbólica
de los nimbos y los colores. El marco dorado, de ornamentación ondulante y
relieve acusado, contribuye a subrayar su carácter de imagen destinada a la
veneración.
Se trata de la Virgen de Częstochowa,
advocación mariana polaca también conocida como la Virgen Negra. Esta advocación
tiene su origen en el célebre icono venerado en el monasterio de Jasna Góra, en
Polonia, cuya imagen presenta precisamente a María con el Niño Jesús y
constituye uno de los principales símbolos de la religiosidad polaca.
Cuadro de la Virgen de Częstochowa
En el
presbiterio se sitúa un retablo con la imagen del sagrado Corazón. En los laterales aparecen san José,
acompañado del Niño Jesús, y san Antonio de Padua. Las imágenes de san José
corresponden al siglo XVIII, mientras que la de san Antonio es del siglo XIX.
Retablo del Sagrado
Corazón
Detalle del Sagrado
Corazón
San Antonio de Padua
Detalle de San
Antonio de Padua
San José con el Nino
Detalle de San José
con el Nino
Altar Mayor
El elemento
artístico más destacado del presbiterio es el retablo mayor, una composición de
estructura neoclásica que integra esculturas procedentes del antiguo retablo
del convento desaparecido. Su configuración actual responde a una recomposición
posterior, pero conserva buena parte de la imaginería del conjunto barroco
original, realizado entre 1674 y 1675.
Retablo Mayor
En la
hornacina central se representa el misterio de la Encarnación, también conocido
como la Anunciación. El grupo escultórico muestra al arcángel san Gabriel en el
momento de comunicar a la Virgen María que ha sido elegida para ser la madre de
Jesucristo. La composición destaca por el dinamismo del ángel, que contrasta
con la actitud recogida y orante de María, arrodillada ante el anuncio
celestial. Aunque se desconoce la autoría concreta de este grupo escultórico,
se considera perteneciente al antiguo conjunto del retablo.
Misterio de la
Encarnación
Arcángel san Gabriel
Detalle de san
Gabriel
Virgen María
Detalle de la Virgen
María
A ambos lados
se sitúan las imágenes de san Juan Bautista y san Juan Evangelista, conocidas
tradicionalmente como los Santos Juanes. Ambas esculturas se atribuyen al
taller de Francisco Dionisio de Ribas, uno de los principales escultores y
ensambladores del barroco sevillano del siglo XVII. Pertenecieron al primitivo
retablo mayor y formaban parte de un programa iconográfico más amplio, en el
que también figuraban san Agustín y san Pedro, imágenes de las que actualmente
no se tienen referencias.
San Juan Bautista
Detalle de San Juan
Bautista
Detalle del cordero
San Juan Evangelista
Detalle de San Juan
Evangelista
Detalle del águila
La
documentación conservada permite conocer algunos detalles de la realización de
aquella obra. La esposa de Francisco Dionisio de Ribas, que actuó como albacea
testamentaria de su marido, dejó constancia de que la abadesa del convento,
además de satisfacer la cantidad estipulada por el trabajo, entregó quinientos
cincuenta reales de vellón para repartir entre los oficiales que habían
intervenido en su ejecución. Este dato constituye un testimonio interesante
sobre la organización de los talleres artísticos sevillanos y la participación
de las comunidades religiosas en el encargo de obras de arte.
En el ático
del retablo aparece una pequeña imagen de santa Marta, titular del antiguo
hospital y advocación que ha dado nombre popular al convento. La santa sostiene
un hisopo y un acetre, atributos relacionados con la bendición y el agua
bendita. Su presencia adquiere especial significado en este templo, pues recuerda
la antigua función asistencial de la institución fundada por Fernán Martínez.
Santa Marta representa la hospitalidad y el servicio cristiano, virtudes que
estuvieron en el origen de este establecimiento benéfico.
Santa Marta en el
ático del retablo
El banco del
retablo conserva, además, dos interesantes relieves que constituyen los únicos
restos identificados del antiguo retablo mayor del hospital, realizado en 1705
por Francisco de Barahona. En el primero se representa una embarcación con
cuatro personajes que atraviesan el mar, escena que se ha interpretado como una
posible alusión al viaje de santa Marta y sus hermanos hacia la Provenza. El
segundo muestra la resurrección de Lázaro por Jesucristo, con una composición
arquitectónica como fondo. Ambas escenas recuerdan episodios de la tradición
hagiográfica de la santa y permiten recuperar parte del programa iconográfico
del antiguo retablo.
Relieve que
representa una embarcación con cuatro personajes que atraviesan el mar
Relieve que
representa la resurrección de Lázaro por Jesucristo
En la puerta del sagrario se representa a San Jerónimo, un
obispo que puede ser San Isidoro y una facie femenina que puede ser santa
Marta.
San Jerónimo ¿?
San Isidoro o San Agustín ¿?
Santa Marta ¿?
Muro del Evangelio
En el presbiterio se presenta un retablo con la escultura de
san Agustín, del siglo XVIII, junto a una representación de Cristo atado a la
columna, fechable en el siglo XIX, y de Santa Rita. La presencia de san Agustín
resulta especialmente significativa por tratarse del fundador espiritual de la
orden a la que pertenece la comunidad conventual.
Retablo
con la escultura de san Agustín
San
Agustín
Detalle
de san Agustín
Cristo
atado a la columna
Santa Rita
Detalle de Santa Rita
Le sigue un lienzo de la Inmaculada Concepción, copia del realizado
por Juan de Roelas, en el que aparecía arrodillado junto a la Virgen el
venerable Fernando de Mata, sacerdote jesuita.
La inmaculada y el venerable arrodillado junto a
ella. Copia de Juan de Roelas. Entre 1612-13. Óleo sobre lienzo. Museos estatales
de Berlín.
En el muro del Evangelio se sitúa el retablo dedicado a la Inmaculada Concepción,
acompañado en los laterales por imágenes de santa y santo y en el ático san
Francisco de Paula, fundador de la orden de los Mínimos. Las esculturas, de
factura dieciochesca, en los laterales responden a la tradición devocional de
los conventos sevillanos de la Edad Moderna.
Retablo de la
Inmaculada
Imagen de la
Inmaculada
Detalle del rostro
Detalle de
querubines a sus pies
Santa
Santo
San Francisco de
Paula
Le sigue un cuadro de la Eucaristía.
Cuadro
Pies de la Iglesia
A los pies de
la iglesia se encuentra el coro, espacio reservado a la comunidad religiosa y
separado de la nave por una reja. Su disposición responde a las necesidades
propias de un convento de clausura, donde la oración comunitaria y la
celebración de los oficios litúrgicos constituyen una parte esencial de la vida
cotidiana.
Pies del templo
El coro bajo conserva dos accesos situados a ambos lados de la reja. Uno de ellos presenta
un interesante comulgatorio del siglo XVIII, de gran riqueza ornamental,
decorado con motivos vegetales, rocallas, espejos y numerosas reliquias de
diversa procedencia. Su exuberante ornamentación contrasta con la sobriedad
arquitectónica de la nave.
Detalle de una de las puertas laterales de acceso
Sobre el
hueco destinado a facilitar la comunión de las religiosas aparece un corazón
ardiente, símbolo característico de la espiritualidad agustiniana, que expresa
el amor a Dios y la búsqueda interior de la verdad.
Especial
interés presenta una pintura situada sobre la reja del coro (muy deteriorada),
que representa a la Santísima Trinidad acompañada por varios santos de la orden
agustiniana: san Agustín, su madre santa Mónica, santo Tomás de Villanueva y
san Nicolás de Tolentino. El conjunto, de finales del siglo XVIII, constituye
una exaltación de la espiritualidad y de los principales referentes religiosos
de la comunidad.
Pintura sobre la reja del coro






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