lunes, 2 de noviembre de 2026

AREA CENTRO 3

Convento de la Encarnación de santa Marta.

Historia

El convento de la Encarnación, conocido popularmente como convento de Santa Marta, es uno de los cenobios femeninos más antiguos del centro histórico de Sevilla. Situado en la plaza de la Virgen de los Reyes, junto a la Catedral y frente al Palacio Arzobispal, su historia está vinculada a dos emplazamientos diferentes: el primitivo convento de la Encarnación (ver), levantado en la actual plaza de la Encarnación, y el antiguo Hospital de Santa Marta (ver), que desde comienzos del siglo XIX constituye su sede definitiva.

La comunidad pertenece a la Orden de San Agustín, cuya regla, redactada por san Agustín de Hipona en el siglo V, fue adoptada por distintas congregaciones religiosas. La unificación de varias comunidades de ermitaños de la Toscana, impulsada por el papa Inocencio IV en 1244, dio origen a la Orden de San Agustín, a la que pertenecen también las monjas agustinas del monasterio de San Leandro. En Sevilla existieron otros conventos de esta misma observancia, como los de Nuestra Señora de la Paz y el Dulce Nombre de Jesús, ambos desaparecidos como comunidades conventuales.

La fundación del convento de la Encarnación se remonta a 1591 y fue posible gracias a la voluntad testamentaria de Juan de la Barrera, un sevillano que había amasado una considerable fortuna durante sus actividades en América y que, al carecer de descendencia, decidió destinar buena parte de sus bienes a obras piadosas. En su testamento, otorgado el 20 de abril de aquel año, dispuso la creación de un convento femenino y señaló inicialmente unas casas de su propiedad en la plaza de San Bartolomé para su establecimiento, aunque dejó abierta la posibilidad de elegir otro emplazamiento si resultaba más conveniente.

Juan de la Barrera expresó también su deseo de ser enterrado en la iglesia conventual y estableció algunas condiciones para su construcción: el retablo mayor debía estar dedicado al misterio de la Encarnación y debían levantarse dos altares laterales en honor de los santos Juanes. Asimismo, determinó que la comunidad no superase las cuarenta religiosas y que sus familiares tuviesen preferencia para ingresar, sin necesidad de aportar dote.

Tras su fallecimiento, el 25 de abril de 1591, su albacea testamentario, Hernando Vallejo, se encargó de ejecutar sus disposiciones. Finalmente, eligió para la fundación un solar situado en el entonces barrio de Ponce de León, anteriormente conocido como de Morillo. Allí se levantó el nuevo cenobio, que terminaría dando nombre a la plaza en la que se encontraba: Nuestra Señora de la Encarnación, actual plaza de la Encarnación.

Las obras avanzaron durante los últimos años del siglo XVI. En 1598 se encontraba ya realizada la portada principal, en cuya ejecución participaron el arquitecto Alonso de Vandelvira y los escultores Andrés de Ocampo y Martín Alonso de Mesa, bajo la dirección del maestro albañil Diego Rodríguez. La fundación recibió la aprobación pontificia mediante una bula del papa Clemente VIII, fechada el 23 de enero de 1600. En 1602, el cabildo catedralicio aceptó su intervención en la administración del convento y quedó establecida definitivamente la clausura. Como primera abadesa fue elegida Beatriz de Vallejo, religiosa procedente del desaparecido monasterio cisterciense de Santa María de las Dueñas y pariente del albacea fundador.

Los primeros tiempos de la comunidad estuvieron marcados por dificultades económicas, agravadas por los problemas derivados de la administración de los bienes legados por Juan de la Barrera. Las deudas contraídas y las disputas con los herederos del fundador llegaron a provocar el embargo de las propiedades conventuales. La situación se prolongó durante buena parte del siglo XVII, hasta que en 1656 una resolución judicial reconoció a la abadesa y a la comunidad la administración de sus propios bienes y rentas.

Superados estos problemas, el convento pudo acometer importantes obras de ampliación y embellecimiento. Entre 1674 y 1679, Francisco Dionisio de Ribas realizó el retablo mayor, ejecutado inicialmente en madera de cedro y aliso. Sin embargo, la madera sufrió posteriormente el ataque de la carcoma, por lo que fue necesario sustituir las partes afectadas por madera de pino de Flandes. La restauración quedó completada con los trabajos de dorado y estofado realizados por Miguel de Parrilla entre 1691 y 1693. Durante la segunda mitad de aquella centuria, las religiosas adquirieron también nuevas casas colindantes para ampliar las dependencias del monasterio.

El convento conservó un importante patrimonio artístico. Entre sus obras destacó un lienzo de la Inmaculada Concepción, realizado por Juan de Roelas, en el que aparecía arrodillado junto a la Virgen el venerable Fernando de Mata, sacerdote jesuita que estaba enterrado bajo el retablo. La pintura se encontraba en un altar lateral del lado del Evangelio y terminó saliendo de Sevilla durante los acontecimientos de la ocupación francesa. Actualmente se conserva en los Museos Estatales de Berlín.

La inmaculada y el venerable arrodillado junto a ella. Roelas, Juan de. Entre 1612-13. Óleo sobre lienzo. Museos estatales de Berlín. (CC BY 3.0)

El siglo XVIII volvió a estar marcado por las dificultades económicas. La situación llegó a ser especialmente grave a comienzos de la centuria, cuando las religiosas tuvieron que recurrir incluso a las dotes para atender sus necesidades alimenticias y solicitaron ayuda al cabildo catedralicio, al que estaba vinculada la institución. Uno de los episodios más singulares de la historia del convento tuvo lugar el 29 de septiembre de 1710, cuando la abadesa y las doce religiosas que componían entonces la comunidad salieron en una insólita comitiva, precedidas por una cruz procesional, para reclamar personalmente ayuda ante las autoridades eclesiásticas.

La presencia de las monjas causó gran expectación. El deán de la Catedral intervino y dispuso que fueran conducidas a la sacristía mayor, desde donde regresaron a su convento en coches de caballos para evitar la curiosidad de los sevillanos. Aunque la actuación provocó la destitución de la abadesa y el arresto del sacristán que había acompañado a la comunidad, las religiosas consiguieron finalmente que aumentasen las ayudas. El cabildo acordó entregarles 200 fanegas de trigo y 200 ducados.

A lo largo del siglo se produjeron también conflictos relacionados con los derechos de patronazgo del convento. En 1705, el marqués de Dos Hermanas reclamó su condición de patrono alegando su vinculación con los sucesores de Juan Vallejo. Las religiosas se opusieron a estas pretensiones y, después de un prolongado litigio, obtuvieron una sentencia favorable en 1718.

Pese a estas dificultades, durante las últimas décadas del siglo XVIII el convento experimentó cierta recuperación, reflejada en distintas obras de reforma y en la fundición de una nueva campana en 1792. En 1807, el platero Juan Ruiz realizó una magnífica custodia de plata y oro, enriquecida con 332 diamantes, 88 esmeraldas y otras piedras preciosas, pieza que constituye un testimonio del patrimonio suntuario que llegó a reunir la comunidad.

Sin embargo, el acontecimiento que cambiaría definitivamente la historia del monasterio fue la invasión francesa. En 1810, durante la ocupación de Sevilla, las autoridades napoleónicas proyectaron una profunda transformación urbanística de la zona. El 28 de abril de aquel año se publicó en la Gazeta de Sevilla un decreto firmado por José Bonaparte que ordenaba la creación de una plaza pública en la manzana comprendida entre las plazas de Regina y de la Encarnación. Para ejecutar el proyecto se dispuso el desalojo de las religiosas y la demolición del convento.

La comunidad abandonó su sede el 10 de junio de 1810 y fue trasladada al antiguo convento de los Terceros Franciscanos, situado en la calle Sol, que había quedado desocupado. Aunque inicialmente se contempló la posibilidad de unirlas a las agustinas del convento de Nuestra Señora de la Paz, las religiosas se opusieron a perder su autonomía como comunidad independiente.

El antiguo convento de la Encarnación fue derribado para abrir la nueva plaza, aunque la desaparición del edificio no supuso la extinción de la comunidad. Cuando Fernando VII ordenó en 1813 la devolución de sus propiedades a las órdenes religiosas, las agustinas ya no disponían de un inmueble al que regresar. Durante los años siguientes continuaron las gestiones para conseguir una sede propia, mientras se sucedían las dificultades para encontrar un alojamiento adecuado.

La solución llegó gracias a la intervención del cardenal Cienfuegos, quien facilitó a las religiosas el antiguo Hospital de Santa Marta, situado frente a la Catedral, en el espacio comprendido entre la plaza de la Virgen de los Reyes y la pequeña plaza de Santa Marta. El cabildo catedralicio cedió la iglesia y el coro del antiguo establecimiento hospitalario, a los que se incorporaron dos casas colindantes recibidas en donación. De esta manera, el 21 de diciembre de 1819, la comunidad se trasladó definitivamente a su nueva residencia, iniciando una nueva etapa de su historia. Al día siguiente, los religiosos terceros regresaron a su convento de la calle Sol.

El nuevo emplazamiento tenía, además, una larga trayectoria histórica. El Hospital de Santa Marta había sido fundado a comienzos del siglo XV por disposición testamentaria del arcediano Ferrán Martínez, personaje cuya predicación contra la comunidad judía sevillana había tenido importantes consecuencias en la historia de la ciudad. El establecimiento estaba destinado a la asistencia de enfermos y necesitados y ocupaba terrenos próximos al antiguo Corral de los Olmos (ver), espacio que durante siglos había sido centro de reunión de los cabildos municipal y catedralicio.

La tradición histórica del lugar se remonta incluso a la etapa islámica, pues en sus inmediaciones se situaba la denominada mezquita de los Osos (ver), de la que se conservan escasos vestigios. La pequeña plaza de Santa Marta, a la que se accede por un estrecho pasaje desde la plaza de la Virgen de los Reyes, mantiene el recuerdo del antiguo recinto hospitalario y constituye uno de los rincones más recogidos del entorno catedralicio.

La antigua capilla del hospital pasó a convertirse en iglesia conventual, adaptándose las dependencias existentes a las necesidades de la clausura. Durante el siglo XIX se realizaron distintas reformas en el inmueble, entre ellas la construcción de la actual espadaña, que constituye uno de los elementos más reconocibles de su silueta arquitectónica. La sencillez de su exterior contrasta con la riqueza artística que conserva el interior de la iglesia.

Aunque su denominación oficial continúa siendo la de convento de la Encarnación, la vinculación con el antiguo hospital explica que popularmente sea conocido como convento de Santa Marta, nombre que también ha quedado asociado a la pequeña plaza situada junto a sus dependencias.

La advocación de Santa Marta tiene su origen en los Evangelios, donde aparece como hermana de María y Lázaro, el hombre resucitado por Jesús. La tradición cristiana la presenta como símbolo de la vida activa y del servicio, en contraste con su hermana María, asociada a la contemplación. Una leyenda provenzal cuenta que, después de la Ascensión de Cristo, Marta y sus hermanos llegaron a las costas de Marsella, donde venció a un monstruo fluvial conocido como la Tarasca, utilizando la cruz y el agua bendita. Esta tradición explica su habitual representación iconográfica junto a dicho animal y su especial veneración en la localidad francesa de Tarascón.

El convento de la Encarnación o de Santa Marta constituye, por tanto, un singular testimonio de la continuidad de la vida religiosa sevillana a través de los cambios históricos y urbanísticos. Nacido de la iniciativa piadosa de Juan de la Barrera a finales del siglo XVI, perdió su primera sede durante la ocupación francesa, pero logró conservar su comunidad y trasladar su historia al antiguo Hospital de Santa Marta. Su presencia, discreta y casi escondida entre la Catedral y el Palacio Arzobispal, mantiene vivo el recuerdo de dos instituciones diferentes que terminaron fundiéndose en una misma historia.

Exterior

La iglesia presenta al exterior una imagen de gran sencillez. Sus muros encalados, de varios cuerpos de altura, se abren mediante pequeñas ventanas apaisadas protegidas por celosías, que preservan la intimidad de la clausura. En la fachada se dispone una sencilla arcada de ladrillo visto, formada por arcos de medio punto, sobre la que corre un pequeño tejadillo. 

Vista Exterior

Vista Exterior

En uno de los laterales sobresale la cúpula que cubre el presbiterio, mientras que por encima de los tejados se eleva la característica espadaña de dos cuerpos, cuya silueta constituye uno de los elementos más singulares del conjunto. Su presencia adquiere un significado especial cada 15 de agosto, festividad de la Asunción de la Virgen. Cuando la Virgen de los Reyes sale de la Catedral, las campanas de la Giralda anuncian solemnemente su paso y, desde el cercano convento, la pequeña campana de la espadaña se incorpora al volteo. Es un detalle entrañable que une la solemnidad de la celebración catedralicia con la discreta vida contemplativa de la comunidad religiosa.

Detalle exterior de la cúpula con linterna que cubre el presbiterio

Detalle de la espadaña de dos cuerpos

Uno de los elementos más conocidos del exterior es el retablo cerámico dedicado a la Virgen de los Reyes, situado en la fachada que da a la plaza de la Virgen de los Reyes. La obra se atribuye al pintor y ceramista Antonio Kiernam Flores y fue realizada en la fábrica trianera de Nuestra Señora de Santa Ana.

El azulejo se fecha en 1937 en el catálogo especializado de retablos cerámicos, aunque otras publicaciones locales sitúan su realización en 1928. El conjunto monumental, con su marco arquitectónico y las inscripciones superior e inferior, quedó configurado a comienzos de la década de 1940.

Retablo cerámico dedicado a la Virgen de los Reyes

En el centro de esta composición destaca un retablo cerámico dedicado a la Virgen de los Reyes. La representación muestra frontalmente a la patrona de Sevilla sobre un característico fondo amarillo, vestida con el manto azul celeste que le regaló la condesa de Casa Galindo en 1904, con motivo de su coronación canónica. También aparece con la corona que estrenó en aquella solemne ceremonia.

El retablo está acompañado por dos inscripciones de especial interés histórico. En el tímpano superior puede leerse:

“Sevilla agradecida a su Madre Reina y Abogada. Sábado 18 de julio de 1936”.

En el banco inferior figura la siguiente invocación:

“Inmaculada Virgen de los Reyes, asunta en cuerpo y alma a los cielos, Mediadora en la dispensación de las gracias, Patrona muy amada de Sevilla, intercede piadosa por nosotros”.

La inscripción superior vincula el monumento a los acontecimientos del 18 de julio de 1936, fecha del comienzo de la sublevación militar contra la República. Constituye, por ello, un testimonio de la utilización de la devoción mariana en el contexto político y religioso de aquellos años.

Por la parte posterior del convento se accede a uno de los rincones más recogidos y evocadores del centro histórico: la plazuela de Santa Marta. Se trata de un pequeño espacio urbano, de planta irregular, al que se llega a través de un antiguo adarve o callejón sin salida de origen medieval, cuya disposición recuerda el trazado de las calles de la Sevilla islámica.

Plaza de santa Marta


En el acceso se conservan restos arquitectónicos relacionados con la antigua mezquita conocida como de los Osos, entre ellos unos arcos polilobulados que constituyen un testimonio de la presencia islámica en este sector de la ciudad.

Callejón que comunica con la plaza de Santa Marta

Callejón que comunica con la plaza de Santa Marta

Otro elemento tradicional del convento es su torno, en el numero 3 de la Plaza del Triunfo, a través del cual las religiosas mantienen el contacto con el exterior y ofrecen productos elaborados o distribuidos por la comunidad.

Numero 3 de la Plaza del Triunfo

Acceso al Convento

Azulejo de la Anunciación


Azulejo de la Coronación de Nuestra Señora de la Piedad del Baratillo

Detalle del torno a la derecha

Detalle del torno 
San Agustín


Durante generaciones, numerosos sevillanos han acudido a este lugar para comprar los conocidos “recortes”, pequeños fragmentos de las obleas sobrantes de la elaboración de las formas destinadas a la Eucaristía. La confección de formas para consagrar constituye una de las principales labores manuales de las religiosas.

A través del torno también se pueden adquirir artículos relacionados con el culto y la liturgia, como rosarios, evangelios, vino de misa, velas de bautismo y de vigilia, lámparas para el Santísimo, incienso y carbón litúrgico.

Esta actividad, aparentemente sencilla, forma parte de una antigua tradición conventual en la que el trabajo manual, la oración y la vida contemplativa se complementan.

Productos en venta

Interior

El templo, que ocupa la antigua capilla hospitalaria del siglo XIV, presenta una planta rectangular de una sola nave, de dimensiones reducidas y carácter intimista. Su arquitectura permite distinguir claramente dos sectores de diferente origen y configuración: la nave, correspondiente a la fundación hospitalaria medieval, y el presbiterio, que conserva una estructura de tradición islámica, anterior a la construcción del hospital.

La nave se cubre mediante bóvedas de nervaduras góticas, cuyos nervios descansan sobre cuatro ménsulas situadas en los muros laterales. Estas piezas presentan representaciones simbólicas de los cuatro Evangelistas: el hombre o ángel de san Mateo, el león de san Marcos, el toro de san Lucas y el águila de san Juan. En la clave de la bóveda aparece también el Cordero, símbolo de Cristo. La disposición de estos elementos sustentantes y decorativos constituye uno de los testimonios más interesantes de la arquitectura religiosa sevillana de la segunda mitad del siglo XIV.

Bóvedas de nervaduras góticas

Ángel de san Mateo

León de san Marcos

Toro de san Lucas

Águila de san Juan

El presbiterio presenta una configuración muy diferente. Tiene planta cuadrada y se cubre mediante una bóveda de ocho paños apoyada sobre trompas angulares, que permiten pasar de la planta cuadrada a la estructura cupulada. Este espacio se relaciona con la antigua mezquita de los Osos, cuyo edificio fue aprovechado y transformado por Fernán Martínez para establecer el hospital en 1385. Su organización recuerda las denominadas qubbas, construcciones de tradición islámica caracterizadas por una planta cuadrada y una cubierta cupulada, cuya tipología pervivió en numerosas iglesias mudéjares sevillanas. La cúpula fue posteriormente dotada de una linterna que proporciona iluminación cenital al presbiterio.

Bóveda del presbiterio de ocho paños apoyada sobre trompas angulares


Muro de la Epístola

Se inicia con un retablo que contiene un cuadro de Jesús en la representación de la Divina Providencia.

Divina Providencia


Le sigue el conjunto escultórico del Calvario, una de las obras de mayor interés artístico de la iglesia. Se trata de una composición barroca sevillana del último tercio del siglo XVII, formada por imágenes de talla completa y notable expresividad, que representan a Cristo crucificado, la Virgen María, san Juan Evangelista y María Magdalena.

Retablo del Calvario

Conjunto escultórico del Calvario

Detalle del rostro del Crucificado

Detalle del paño de pureza

Detalle de los pies


La Virgen aparece al pie de la cruz en actitud dolorosa, siguiendo la iconografía del Stabat Mater, mientras que María Magdalena se arrodilla y abraza el madero en un gesto de profunda emoción. San Juan completa la escena, situado junto a la Madre de Cristo. La expresividad de los rostros, las actitudes de las figuras y la riqueza de la policromía responden a los recursos característicos de la escultura barroca sevillana.

La Virgen

Detalle

María Magdalena


Detalle

San Juan

Detalle


Este tipo de composición fue muy frecuente durante los siglos XVII y XVIII, especialmente en los conjuntos destinados a las cofradías penitenciales, donde la representación del Calvario permitía desarrollar una intensa catequesis visual sobre la Pasión y muerte de Jesucristo.

Le sigue un cuadro que representa a la Virgen María con el Niño Jesús en brazos. La composición presenta una disposición frontal y solemne, de carácter marcadamente devocional. María aparece nimbada, vestida con túnica y manto oscuro decorado con pequeñas estrellas doradas, mientras sostiene al Niño, que viste una túnica rojiza y lleva también aureola. Ambos aparecen destacados sobre un fondo oscuro, sin elementos ambientales que distraigan la atención de las figuras.

La pintura posee una estética de tradición religiosa medieval o arcaizante, con una representación esquemática de los rostros, escasa profundidad espacial y una marcada importancia simbólica de los nimbos y los colores. El marco dorado, de ornamentación ondulante y relieve acusado, contribuye a subrayar su carácter de imagen destinada a la veneración.

Se trata de la Virgen de Częstochowa, advocación mariana polaca también conocida como la Virgen Negra. Esta advocación tiene su origen en el célebre icono venerado en el monasterio de Jasna Góra, en Polonia, cuya imagen presenta precisamente a María con el Niño Jesús y constituye uno de los principales símbolos de la religiosidad polaca.

Cuadro de la Virgen de Częstochowa

En el presbiterio se sitúa un retablo con la imagen del sagrado Corazón.  En los laterales aparecen san José, acompañado del Niño Jesús, y san Antonio de Padua. Las imágenes de san José corresponden al siglo XVIII, mientras que la de san Antonio es del siglo XIX.

Retablo del Sagrado Corazón

Detalle del Sagrado Corazón

San Antonio de Padua

Detalle de San Antonio de Padua

San José con el Nino

Detalle de San José con el Nino

Altar Mayor

El elemento artístico más destacado del presbiterio es el retablo mayor, una composición de estructura neoclásica que integra esculturas procedentes del antiguo retablo del convento desaparecido. Su configuración actual responde a una recomposición posterior, pero conserva buena parte de la imaginería del conjunto barroco original, realizado entre 1674 y 1675.

Retablo Mayor


En la hornacina central se representa el misterio de la Encarnación, también conocido como la Anunciación. El grupo escultórico muestra al arcángel san Gabriel en el momento de comunicar a la Virgen María que ha sido elegida para ser la madre de Jesucristo. La composición destaca por el dinamismo del ángel, que contrasta con la actitud recogida y orante de María, arrodillada ante el anuncio celestial. Aunque se desconoce la autoría concreta de este grupo escultórico, se considera perteneciente al antiguo conjunto del retablo.

Misterio de la Encarnación


Arcángel san Gabriel


Detalle de san Gabriel

Virgen María


Detalle de la Virgen María


A ambos lados se sitúan las imágenes de san Juan Bautista y san Juan Evangelista, conocidas tradicionalmente como los Santos Juanes. Ambas esculturas se atribuyen al taller de Francisco Dionisio de Ribas, uno de los principales escultores y ensambladores del barroco sevillano del siglo XVII. Pertenecieron al primitivo retablo mayor y formaban parte de un programa iconográfico más amplio, en el que también figuraban san Agustín y san Pedro, imágenes de las que actualmente no se tienen referencias.

San Juan Bautista

Detalle de San Juan Bautista

Detalle del cordero

San Juan Evangelista

Detalle de San Juan Evangelista

Detalle del águila

La documentación conservada permite conocer algunos detalles de la realización de aquella obra. La esposa de Francisco Dionisio de Ribas, que actuó como albacea testamentaria de su marido, dejó constancia de que la abadesa del convento, además de satisfacer la cantidad estipulada por el trabajo, entregó quinientos cincuenta reales de vellón para repartir entre los oficiales que habían intervenido en su ejecución. Este dato constituye un testimonio interesante sobre la organización de los talleres artísticos sevillanos y la participación de las comunidades religiosas en el encargo de obras de arte.

En el ático del retablo aparece una pequeña imagen de santa Marta, titular del antiguo hospital y advocación que ha dado nombre popular al convento. La santa sostiene un hisopo y un acetre, atributos relacionados con la bendición y el agua bendita. Su presencia adquiere especial significado en este templo, pues recuerda la antigua función asistencial de la institución fundada por Fernán Martínez. Santa Marta representa la hospitalidad y el servicio cristiano, virtudes que estuvieron en el origen de este establecimiento benéfico.

Santa Marta en el ático del retablo


El banco del retablo conserva, además, dos interesantes relieves que constituyen los únicos restos identificados del antiguo retablo mayor del hospital, realizado en 1705 por Francisco de Barahona. En el primero se representa una embarcación con cuatro personajes que atraviesan el mar, escena que se ha interpretado como una posible alusión al viaje de santa Marta y sus hermanos hacia la Provenza. El segundo muestra la resurrección de Lázaro por Jesucristo, con una composición arquitectónica como fondo. Ambas escenas recuerdan episodios de la tradición hagiográfica de la santa y permiten recuperar parte del programa iconográfico del antiguo retablo.

Relieve que representa una embarcación con cuatro personajes que atraviesan el mar

Relieve que representa la resurrección de Lázaro por Jesucristo

En la puerta del sagrario se representa a San Jerónimo, un obispo que puede ser San Isidoro y una facie femenina que puede ser santa Marta.

San Jerónimo ¿?

San Isidoro o San Agustín ¿?

Santa Marta ¿?

Muro del Evangelio

En el presbiterio se presenta un retablo con la escultura de san Agustín, del siglo XVIII, junto a una representación de Cristo atado a la columna, fechable en el siglo XIX, y de Santa Rita. La presencia de san Agustín resulta especialmente significativa por tratarse del fundador espiritual de la orden a la que pertenece la comunidad conventual.

Retablo con la escultura de san Agustín

San Agustín

Detalle de san Agustín

Cristo atado a la columna

Santa Rita

Detalle de Santa Rita

Le sigue un lienzo de la Inmaculada Concepción, copia del realizado por Juan de Roelas, en el que aparecía arrodillado junto a la Virgen el venerable Fernando de Mata, sacerdote jesuita.

La inmaculada y el venerable arrodillado junto a ella. Copia de Juan de Roelas. Entre 1612-13. Óleo sobre lienzo. Museos estatales de Berlín.


En el muro del Evangelio se sitúa el retablo dedicado a la Inmaculada Concepción, acompañado en los laterales por imágenes de santa y santo y en el ático san Francisco de Paula, fundador de la orden de los Mínimos. Las esculturas, de factura dieciochesca, en los laterales responden a la tradición devocional de los conventos sevillanos de la Edad Moderna. 

Retablo de la Inmaculada

Imagen de la Inmaculada

Detalle del rostro

Detalle de querubines a sus pies

Santa

Santo

San Francisco de Paula

Le sigue un cuadro de la Eucaristía.

Cuadro

Pies de la Iglesia

A los pies de la iglesia se encuentra el coro, espacio reservado a la comunidad religiosa y separado de la nave por una reja. Su disposición responde a las necesidades propias de un convento de clausura, donde la oración comunitaria y la celebración de los oficios litúrgicos constituyen una parte esencial de la vida cotidiana.

Pies del templo

El coro bajo conserva dos accesos situados a ambos lados de la reja. Uno de ellos presenta un interesante comulgatorio del siglo XVIII, de gran riqueza ornamental, decorado con motivos vegetales, rocallas, espejos y numerosas reliquias de diversa procedencia. Su exuberante ornamentación contrasta con la sobriedad arquitectónica de la nave.

Detalle de una de las puertas laterales de acceso


Sobre el hueco destinado a facilitar la comunión de las religiosas aparece un corazón ardiente, símbolo característico de la espiritualidad agustiniana, que expresa el amor a Dios y la búsqueda interior de la verdad.

Especial interés presenta una pintura situada sobre la reja del coro (muy deteriorada), que representa a la Santísima Trinidad acompañada por varios santos de la orden agustiniana: san Agustín, su madre santa Mónica, santo Tomás de Villanueva y san Nicolás de Tolentino. El conjunto, de finales del siglo XVIII, constituye una exaltación de la espiritualidad y de los principales referentes religiosos de la comunidad.

Pintura sobre la reja del coro

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