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Palacio Arzobispal.
El Palacio Arzobispal de Sevilla constituye uno de los edificios más representativos de la arquitectura civil y religiosa de la ciudad y una de las mejores muestras del barroco sevillano.
Situado en la plaza Virgen de los Reyes, junto a la Catedral y la Giralda, ocupa una posición privilegiada en el corazón monumental de Sevilla, frente al entorno de los Reales Alcázares.
Su monumental fachada y,
especialmente, su extraordinaria portada principal, forman parte inseparable de
la imagen histórica de este espacio urbano.
El palacio es
la residencia oficial de los arzobispos de Sevilla y sede de la administración
de la Archidiócesis. Su importancia, sin embargo, trasciende su función
institucional, pues reúne un notable patrimonio arquitectónico y artístico y conserva
uno de los archivos eclesiásticos más importantes de España.
Origen e historia del palacio
Los orígenes del Palacio Arzobispal se remontan a los primeros años posteriores a la conquista cristiana de Sevilla.
El 6 de enero de 1251, el rey Fernando III
entregó unas casas situadas en la antigua plazuela de Santa María a don
Remondo, entonces obispo de Segovia y posteriormente primer arzobispo de
Sevilla. Aquellas viviendas, que disponían de bodega, cocina, establo y huerta,
constituyeron el núcleo inicial de la residencia episcopal.
De las previas y primitivas construcciones apenas quedan testimonios visibles, aunque en el solar se han documentado restos arqueológicos de distintas épocas, entre ellos infraestructuras hidráulicas romanas, posiblemente pertenecientes a un complejo termal de los siglos II y III.
En
1262, el propio don Remondo amplió las propiedades mediante la adquisición de
otras casas colindantes, proceso que continuaron sus sucesores durante los
siglos siguientes.
Durante el
episcopado de Diego de Deza (1505-1523) se acometieron importantes obras para
adaptar las antiguas viviendas a las necesidades de una residencia arzobispal.
Posteriormente, bajo el mandato de Alonso Manrique (1523-1538), se incorporaron
nuevas dependencias y una galería con columnas de mármol.
La
transformación decisiva comenzó durante el arzobispado de Rodrigo de Castro
(1582-1600), quien impulsó la conversión del conjunto de casas en un verdadero
palacio. Para ello contó con el arquitecto milanés Vermondo Resta, nombrado
maestro mayor de las obras del arzobispado hacia 1586. Su intervención fue
fundamental para organizar las dependencias en torno a los patios principales y
establecer una estructura arquitectónica más unitaria, cuyas obras continuaron
durante las primeras décadas del siglo XVII.
En la segunda mitad de esta centuria se realizaron nuevas
reformas, entre ellas la construcción de la monumental escalera y la ampliación
de distintas dependencias. Finalmente, a comienzos del siglo XVIII, el edificio
adquirió buena parte de su aspecto exterior actual mediante la construcción de
sus fachadas y portadas barrocas.
A lo largo de
su historia, el Palacio Arzobispal ha sido escenario de acontecimientos que
reflejan su importancia en la vida política y religiosa de Sevilla.
Durante la
ocupación francesa, entre 1810 y 1812, el edificio fue ocupado por las
autoridades militares y sirvió de residencia al mariscal Jean de Dieu Soult.
Algunas de sus dependencias fueron transformadas para usos festivos y de
representación: el Salón Principal se convirtió en salón de baile y los
espacios próximos se destinaron a salón de juegos y ambigú. Incluso la fuente
del segundo patio llegó a utilizarse de una manera insólita, sustituyéndose el
agua por vino.
Años después,
el 6 de mayo de 1848, el palacio acogió temporalmente al duque de Montpensier,
Antonio de Orleans, y a su esposa, la infanta María Luisa Fernanda de Borbón,
mientras se preparaba su alojamiento en el Real Alcázar. Posteriormente, ambos
establecerían su residencia en el Palacio de San Telmo.
En el siglo
XX se realizaron diversas intervenciones de restauración y adaptación de
dependencias. En la década de 1970 los salones altos junto a las fachadas
principales fueron restaurados por el arquitecto Rafael Manzano Martos. Entre
1990 y 1991 el sector norte del palacio fue adaptado como Hotel Los Seises por
el arquitecto Jorge Peña Martín. En 1993 el
arquitecto Gonzalo Díaz Recasens dirigió obras de limpieza de las fachadas y
portadas. También se dedicó a la restauración de las cubiertas de la escalera
principal.
El Palacio
Arzobispal fue declarado Bien de Interés Cultural, con categoría de Monumento,
mediante su publicación en el Boletín Oficial del Estado el 19 de agosto de
1969.
La fachada principal a
la plaza Virgen de los Reyes
La fachada
principal, orientada hacia la plaza Virgen de los Reyes, constituye uno de los
ejemplos más destacados de la arquitectura barroca sevillana de comienzos del
siglo XVIII. Su construcción se inició en 1700, siguiendo el proyecto realizado
en 1699 por Pedro Romero, arquitecto y escultor que diseñó las fachadas
principales del edificio.
En las obras
intervinieron los canteros Francisco Gómez Septier y Antonio Gil Gataón, que
trabajaron inicialmente la piedra procedente de las canteras de Carmona. Para
las portadas monumentales se utilizaron posteriormente materiales de mayor
calidad, como la piedra denominada martelilla, procedente de Jerez de la
Frontera, y el mármol de Mijas.
La fachada presenta un desarrollo predominantemente horizontal, organizado en dos plantas y elevado sobre un zócalo de piedra.
Su composición se articula mediante pilastras que enmarcan los distintos vanos, con ventanas en la planta baja y balcones en la superior.
Ambas plantas quedan separadas por un entablamento corrido, mientras que una pronunciada cornisa, decorada con dentellones, remata el conjunto.
Sobre la cubierta de tejas sobresalen diversas buhardillas.
Los huecos presentan molduras con orejetas y tarjetones decorativos en su parte superior, mientras que los balcones están protegidos por guardapolvos de pizarra.
En la
fachada principal se distribuyen once vanos por planta, aunque la portada y el
balcón principal aparecen desplazados hacia la derecha, como consecuencia de
las ampliaciones que experimentó el inmueble.
Uno de los aspectos más interesantes de esta arquitectura es
la combinación de materiales y colores. El zócalo es de piedra clara, los muros
están construidos en ladrillo y los recercados de puertas y ventanas, las
pilastras y los frisos se ejecutaron en cantería. El ladrillo, enlucido en
tonalidad almagra, contrasta con la piedra de color amarillento, creando una
característica bicromía que proporciona a la fachada una gran riqueza visual.
Fachada hacia la
plaza Virgen de los Reyes
Esta composición guarda una estrecha relación con la cercana
antigua Lonja de Mercaderes, actual Archivo General de Indias, con la que
comparte la organización en dos plantas, el zócalo pétreo, la articulación
mediante pilastras y la alternancia cromática de los materiales.
El elemento más sobresaliente de la fachada es, sin duda, su magnífica portada principal, considerada una de las realizaciones más notables del barroco sevillano.
Construida entre 1703 y 1705, fue ejecutada por el maestro
cantero Lorenzo Fernández de Iglesias, siguiendo el proyecto general de Pedro
Romero y con una definición arquitectónica en la que también se relaciona la
intervención de Diego Antonio Díaz. Algunos investigadores han señalado,
asimismo, la posible participación de Leonardo de Figueroa en la concepción
definitiva de su exuberante ornamentación, por las afinidades que presenta con
su característico lenguaje decorativo.
La portada, realizada en piedra y mármol, se organiza en dos
cuerpos superpuestos.
Portada
principal
El primer
cuerpo está centrado por un amplio vano de acceso con arco de medio punto,
enmarcado por una gruesa moldura pétrea con orejetas. Flanqueando el acceso se
disponen dos pares de columnas corintias, colocadas en un plano ligeramente
adelantado respecto al paramento de la fachada. Se elevan sobre plintos y
presentan sus fustes profusamente decorados: el tercio inferior muestra una
elaborada talla ornamental, mientras que las partes superiores se enriquecen
con guirnaldas y motivos de frutos. Sus capiteles corintios destacan por la
minuciosidad de las hojas de acanto, trabajadas con un notable sentido del
volumen, tanto en sus caras exteriores como interiores.
En la clave
del arco aparece una carátula esculpida y, por encima, el escudo del arzobispo
Manuel Arias y Porres, bajo cuyo mandato se concluyó la portada, y un conjunto
de relieves con ángeles que sostienen los símbolos propios de la dignidad
arzobispal. Finalmente, el cuerpo inferior queda coronado por un entablamento y
un frontón curvo partido.
Escudo del arzobispo
Manuel Arias y Porres
Ángel de la derecha
Ángel de la
izquierda
El segundo cuerpo se organiza alrededor de un vano
adintelado, correspondiente al balcón principal, enmarcado por molduras con
orejetas y flanqueado por pilastras. Sus superficies aparecen cubiertas por una
decoración extraordinariamente minuciosa, formada por motivos vegetales,
frutales y geométricos, que se extienden por los paramentos y las ménsulas que
sostienen el entablamento superior. La cornisa se curva en su parte central
para adaptarse al vano del balcón.
A ambos lados
del balcón principal, en los extremos de la portada, aparecen dos figuras
escultóricas de bulto redondo que actúan como tenantes, es decir, figuras que
sostienen escudos heráldicos.
La situada a
la izquierda porta el escudo pontificio, correspondiente al papa Clemente XI,
con las llaves de San Pedro.
Detalles
Mientras que
la de la derecha sostiene el escudo real de la monarquía española, representado
mediante los tradicionales castillos y leones.
Detalle
La presencia
conjunta de ambos emblemas no es casual: expresa la estrecha relación entre la
autoridad de la Iglesia y la Corona, dos poderes fundamentales en la
organización política y religiosa de la monarquía hispánica. La portada se
convierte así en una manifestación arquitectónica de la dignidad y
representación institucional del arzobispado sevillano.
El remate
superior constituye otro de los elementos más característicos de la portada. En
el centro se dispone una peana con una cruz de hierro, flanqueada por dos
jarras de azucenas, símbolo tradicional de la pureza de la Virgen María y
emblema de la Iglesia hispalense. A ambos lados aparecen sendos flameros que
completan la silueta ornamental del conjunto.
La
terminación de esta parte superior tuvo una historia particular. Lorenzo
Fernández de Iglesias dejó sin concluir los últimos remates, por lo que fue
necesario completar posteriormente la peana y las jarras de azucenas. El
maestro cantero Juan Antonio Blanco intervino en la finalización de la portada
siguiendo los dibujos de Diego Antonio Díaz, mientras que José Malaver se
encargó de realizar la cruz y las jarras.
La portada constituye, por tanto, una obra de colaboración entre diferentes arquitectos, maestros canteros y escultores, cuyo resultado alcanzó una extraordinaria unidad artística.


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