AREA CENTRO 1
Plaza Nueva.
La Plaza Nueva constituye uno de los espacios urbanos
fundamentales de Sevilla y, al mismo tiempo, uno de los ejemplos más
significativos de la transformación experimentada por la ciudad entre los
siglos XIX y XX. Su configuración responde a un ambicioso proyecto de
renovación urbana que convirtió el antiguo solar de la Casa Grande de San
Francisco en una gran plaza representativa, concebida como una auténtica plaza
mayor moderna y destinada a convertirse en uno de los principales centros
administrativos, comerciales, sociales y ceremoniales de la ciudad.
Convergen en ella las calles Tetuán, Jaén y Méndez Núñez por
el norte; Bilbao y Madrid por el oeste; Badajoz, Barcelona y Joaquín Guichot
por el sur; Granada y la avenida de la Constitución por el este.
Plaza
Nueva
Plaza
Nueva vista desde lo alto del actual Hotel Inglaterra
Del brazo del Guadalquivir al convento de San
Francisco
Hasta la época visigoda,
los terrenos que forman la actual Plaza Nueva formaron parte del cauce de un
brazo desaparecido del río Guadalquivir, que partía de una zona próxima a la
Barqueta, atravesaba la Alameda de Hércules, la plaza de la Campana,
la calle Sierpes, la plaza Nueva y se unía al cauce principal a la altura
del barrio del Arenal. A pesar del cerramiento de este cauce, esta zona siguió
siendo un área con frecuentes inundaciones, razón por la que era conocida como “laguna
de la Pajería”.
Los visigodos desecaron este terreno, que
se urbanizó durante la etapa almorávide. Su progresiva colmatación y desecación permitió la ocupación urbana del
espacio, aunque su antigua condición hidráulica siguió dejando huella. Con la
ampliación almorávide de la muralla se accedía a ella por la puerta de los
Alfareros. Tras su desecación se convertiría en un cementerio. Durante
distintas obras realizadas en el subsuelo aparecieron restos de estructuras
portuarias, tablazones y clavazones de barcos
romanos, anclas y otros restos de naves hundidas, así como restos de la
cimentación de muelles, lo que acredita que ahí se encontraban instalaciones
portuarias
En el siglo XIII, después de la conquista cristiana de la
ciudad, Fernando III cedió estos terrenos a los franciscanos. La Orden
estableció allí su Casa Grande de San Francisco (Leer mas), un vastísimo complejo conventual que llegó a convertirse en uno de los
establecimientos religiosos más importantes de Sevilla.
Su extensión superaba ampliamente la superficie de la actual
plaza y comprendía iglesia, claustros, dependencias conventuales, espacios
docentes y otras instalaciones vinculadas a la orden. Durante siglos, la Casa
Grande mantuvo una estrecha relación con la vida religiosa, intelectual y
social de Sevilla. El conjunto llegó a albergar una importante comunidad
franciscana y estuvo vinculado asimismo a la actividad evangelizadora
desarrollada por miembros de la orden en América.
La Guerra de la Independencia supuso el comienzo del fin del
complejo. Durante la ocupación napoleónica sufrió graves daños y en 1810 un
incendio agravó extraordinariamente su deterioro. Se intentó posteriormente
reconstruirlo, pero la lentitud de las obras coincidió con el proceso
desamortizador iniciado en la década de 1830. Finalmente, el antiguo convento
fue demolido y su enorme solar quedó disponible para una profunda
transformación urbana.
De aquel inmenso complejo franciscano apenas subsisten hoy
algunos testimonios. El más importante en relación directa con la Plaza Nueva
es la pequeña capilla de San Onofre (leer mas), integrada en el caserío decimonónico del lado meridional. También
permanece el arquillo renacentista (leer mas) que comunica la Plaza de
San Francisco con el entorno del antiguo convento. Ambos elementos constituyen
auténticos fragmentos materiales de la memoria del desaparecido conjunto
franciscano.
Toponimia
El
nombre de Plaza Nueva nació, en principio, como una expresión descriptiva para
distinguir este espacio de las plazas históricas del centro sevillano. Con el
tiempo, sin embargo, aquella denominación popular terminó imponiéndose sobre
los sucesivos nombres oficiales y acabó convirtiéndose en el nombre propio de
la plaza. Su historia toponímica constituye, de hecho, un pequeño reflejo de
las profundas transformaciones políticas experimentadas por Sevilla y por
España durante los siglos XIX y XX.
El espacio recibió en 1849 la denominación de Plaza de la
Princesa María Isabel, en referencia a María Isabel de Orleans, primogénita de
los duques de Montpensier, nacida en el Alcázar de Sevilla en 1848. En 1857
pasó a denominarse Plaza de la Infanta Isabel. Tras la Revolución de 1868 fue
rebautizada como Plaza de la Libertad y, con la proclamación de la Primera
República en 1873, como Plaza de la República y, durante un breve periodo,
Plaza de la República Federal. En 1875, después de la Restauración monárquica,
adoptó oficialmente el nombre de Plaza de San Fernando, en homenaje al
conquistador y patrón de Sevilla.
Durante la Segunda República recuperó una denominación
republicana y, desde 1931, el nombre de Plaza Nueva comenzó a adquirir
nuevamente carácter oficial. Tras la Guerra Civil volvió a utilizarse el nombre
de San Fernando, aunque la denominación popular de Plaza Nueva continuó plenamente
vigente. Finalmente, fue esta última la que terminó consolidándose
institucionalmente. La persistencia del nombre demuestra hasta qué punto el uso
ciudadano puede sobrevivir a los cambios políticos y administrativos.
La creación de una nueva plaza mayor
La
desaparición del convento ofreció a Sevilla una oportunidad excepcional para
transformar el centro urbano. La idea de aprovechar el solar para crear una
gran plaza había sido planteada ya durante las primeras décadas del siglo XIX,
pero no fue hasta los años cuarenta cuando comenzó a adquirir verdadera
consistencia.
En
1849 un grupo de intelectuales y personalidades sevillanas defendió ante el
Ayuntamiento la creación de una gran plaza que actuase como espacio
representativo y como auténtica plaza mayor de la ciudad. El proyecto se
insertaba en una concepción moderna del urbanismo, inspirada en la
transformación de otras grandes ciudades europeas: se pretendía crear un
espacio amplio, regular, monumental y capaz de articular la circulación y la
vida pública.
El primer proyecto correspondió al arquitecto Ángel de Ayala
y fue remitido para su examen a la Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de
Hungría. Sin embargo, las dificultades económicas y administrativas retrasaron
su ejecución. El proyecto fue reformado y finalmente Balbino Marrón y Ranero,
arquitecto municipal, asumió un papel decisivo en la configuración definitiva
de la plaza y de su entorno.
La intervención coincidió además con la
transformación de la fachada del Ayuntamiento orientada hacia el nuevo espacio.
De esta manera, la plaza no se concibió simplemente como un vacío urbano, sino
como un escenario arquitectónico presidido por la Casa Consistorial.
Las obras
avanzaron durante la década de 1850. La configuración esencial estaba ya definida
a mediados del siglo y las edificaciones que cerraban los lados norte, oeste y
sur quedaron prácticamente terminadas hacia 1856. La inauguración oficial tuvo
lugar en 1857, aunque algunos trabajos de urbanización y ornamentación
continuaron posteriormente.
Plaza de San
Fernando. 1880
Plaza Nueva. Fotografía de Rafael Garzón del año 1.885
Desde el
principio se pretendió dotarla de las características propias de una plaza
mayor: una planta rectangular, fachadas homogéneas, una edificación de altura
relativamente uniforme y un gran espacio central destinado al paseo. El
Ayuntamiento constituía la pieza institucional dominante y otorgaba al conjunto
una clara dimensión representativa.
El salón central
Uno
de los rasgos más característicos de la Plaza Nueva fue su concepción como
salón urbano. El espacio central estaba destinado al paseo, la conversación, la
contemplación y la sociabilidad. En sus primeros años se plantaron naranjos y
palmeras y se instalaron varias hileras de bancos de mármol con respaldos de
hierro.
El
centro estuvo ocupado inicialmente por un quiosco destinado a la música. Las
bandas militares y municipales desempeñaron un papel fundamental en la
animación de la plaza, especialmente durante las tardes y noches de verano. La
música transformó el espacio en uno de los principales lugares de encuentro de
la sociedad sevillana.
Plaza
Nueva en 1948
Plaza Nueva
Plaza
Nueva antes del quiosco de música
Plaza
Nueva con el quiosco de música
La organización de la plaza quedó
claramente diferenciada entre el salón peatonal central y el arrecife o calzada
perimetral destinado primero a carruajes y posteriormente al tráfico rodado.
Esta separación constituye una de las claves de su diseño original y explica
buena parte de las transformaciones posteriores.
La plaza como
otras del XIX tuvo quioscos y urinarios (éstos últimos hoy desaparecidos)
siendo modernos los otros, dedicados a prensa, flores y golosinas infantiles.
Puesto ambulante de
bebidas en la plaza Nueva. Año 1.930.
El plano de
1872 permite conocer bastante bien aquella organización: el espacio central
aparecía diferenciado de las vías de circulación, rodeado de árboles y bancos,
mientras que el arbolado de las aceras reforzaba el carácter de paseo. La
vegetación no era, por tanto, un elemento secundario, sino parte esencial de la
concepción paisajística de la plaza.
Las palmeras y el paisaje urbano
Entre
los elementos vegetales adquirieron especial protagonismo las palmeras. Su
introducción en la Plaza Nueva tuvo una importancia que excede lo meramente
ornamental, pues contribuyó a consolidar una imagen vegetal que posteriormente
se convertiría en característica del paisaje sevillano.
En
1880 llegaron alrededor de veinte palmeras procedentes de Elche. Su presencia
contribuyó a transformar el carácter del salón y a reforzar la imagen de una
plaza abierta, luminosa y mediterránea. Con ellas se inició una tradición de
utilización de palmeras en los espacios públicos sevillanos que alcanzaría
posteriormente una extraordinaria difusión.
Los naranjos también formaron parte
desde muy pronto de la imagen de la plaza. Su presencia introducía uno de los
elementos vegetales más característicos de Sevilla: sombra, verdor, floración
primaveral y aroma de azahar.
Plaza
Nueva en 1885. Quiosco de música en el centro. Palmeras en las esquinas y
naranjos en doble hilera (J. Levy et Cie)
La
organización actual mantiene, aunque profundamente modificada, aquella
concepción vegetal. Los parterres, los setos, los naranjos, los plátanos de
sombra y las palmeras establecen una especie de marco verde alrededor del gran
espacio central.
Reformas y transformación del espacio
La
Plaza Nueva ha sufrido numerosas modificaciones a lo largo de su historia. El
principal agente transformador ha sido el progresivo aumento del tráfico.
En
1880 se adoquinó la calzada perimetral, inicialmente empedrada. En 1911 se
modificó el espacio central mediante la incorporación de jardines y parterres,
perdiendo el salón parte de la diafanidad que había caracterizado su diseño
inicial.
En
1920 se redujo nuevamente el espacio central para ampliar la calzada y
facilitar la circulación. Al mismo tiempo desapareció una de las hileras
exteriores de bancos. En 1924 se instalaron farolas artísticas de hierro y se
produjo una de las intervenciones más importantes de la historia de la plaza:
la colocación del monumento a San Fernando.
Durante
la década de 1930 se volvió a reducir el salón central y se incorporaron nuevos
parterres delimitados por una balaustrada de mármol. En los años cuarenta la
balaustrada desapareció y se modificó nuevamente la pavimentación. El mármol
adquirió entonces un protagonismo que todavía conserva.
La calzada fue finalmente asfaltada en
1961, culminando un proceso que refleja la progresiva sustitución del espacio
concebido para el peatón y el paseo por un espacio condicionado por la
circulación motorizada.
También los
sistemas de iluminación fueron modificándose continuamente: primero gas,
después electricidad y posteriormente diferentes modelos de farolas y báculos.
Las actuales farolas de fundición evocan, en buena medida, modelos históricos y
contribuyen a mantener la imagen tradicional del espacio.
El monumento a San Fernando
La
presencia de un monumento monumental en el centro de la plaza fue prevista
prácticamente desde su origen. En un primer momento se pensó dedicarlo a
Murillo. Posteriormente se planteó erigir una estatua de Isabel II,
coincidiendo con la visita de la reina a Sevilla y con la inauguración oficial
de la plaza.
La
propia Isabel II prefirió que el monumento se dedicara a san Fernando, patrón
de Sevilla y conquistador de la ciudad en 1248. La decisión dotó al espacio de
un significado histórico y simbólico relacionado directamente con la identidad
de Sevilla.
Alfonso
XII colocó la primera piedra en 1877, pero aquel proyecto no llegó a
materializarse. Hubo que esperar varias décadas hasta que se retomó la
iniciativa. El proyecto definitivo fue realizado por Juan Talavera y Heredia y
el monumento quedó inaugurado en 1924.
Monumento
a San Fernando en la Plaza Nueva. Año 1.930.
La figura ecuestre de Fernando III fue realizada por Joaquín
Bilbao, mientras que las esculturas del pedestal fueron ejecutadas por diversos
artistas: Sánchez Cid, Pérez Comendador, López Rodríguez y Lafita Díaz. El
conjunto convierte el centro de la plaza en un espacio de memoria histórica,
donde la figura del monarca aparece asociada a personajes y episodios fundamentales
de la conquista cristiana de Sevilla.
Monumento
a San Fernando
Monumento
a San Fernando
La arquitectura del perímetro
Quizá
la transformación más profunda experimentada por la Plaza Nueva ha sido la
pérdida de la uniformidad arquitectónica que caracterizó su origen.
Los
edificios que inicialmente rodeaban el espacio fueron concebidos como un
conjunto homogéneo. Predominaban las construcciones de tres plantas, con
fachadas relativamente uniformes y remates mediante azoteas. Esta regularidad perseguía crear un recinto urbano
coherente, en el que la arquitectura actuase como marco del gran salón central.
Sin
embargo, aquella homogeneidad comenzó a romperse en las primeras décadas del
siglo XX y sólo se mantiene en pie como testigo
el tramo comprendido entre el edificio de la Telefónica y la calle Barcelona. La
incorporación de edificios de mayor altura y de lenguajes arquitectónicos
diferentes transformó progresivamente la imagen de la plaza. Hoy conviven en
ella testimonios del neoclasicismo, regionalismo, neobarroco, racionalismo y
arquitectura contemporánea.
Edificio del
Ayuntamiento
El edificio del Ayuntamiento constituye
su principal referencia monumental. La fachada que mira hacia la plaza fue
configurada durante el siglo XIX, en el contexto de la transformación del
antiguo edificio consistorial, con intervención de Balbino Marrón y Demetrio de
los Ríos. Su lenguaje clasicista establece un contrapunto con la diversidad
arquitectónica posterior.
Fachada
del actual Ayuntamiento a la Plaza Nueva
Casa
Longoria
En la esquina
con la calle Badajoz destaca la Casa Longoria, proyectada por Vicente Traver
entre 1917 y 1920. Su composición regionalista y neobarroca rompe
deliberadamente con la regularidad decimonónica. Este
fue el primer edificio que se salió de las proporciones habituales de la plaza,
incorporando un torreón.
Es una
espléndida obra cuya fachada a la plaza se dispone con perfecta simetría,
realizada toda ella en ladrillo de color claro, donde incluye finos detalles en
azulejo azul. Con tres plantas de altura, su composición focaliza la atención
en la gran balconera de forja situada en el eje de la fachada, en el centro de
la segunda planta.
Detalle de la gran balconera de forja
Pero sin duda
su elemento más sobresaliente y que más llama la atención es su bella
torre-mirador situado en esquina. Es este un cuerpo de gran singularidad para
el que su autor recupera elementos propios del barroco como son los roleos o
los pináculos, y los combina sabiamente con otros más clasicistas como son los
frontones curvos y los óculos.
Detalle de la torre-mirador
Detalle del patio central
Detalle del patio central
Detalle de la fuente en el centro del patio
Detalle de la escalera
Detalle de azulejo
Detalle de azulejo
Edificio de la Compañía Telefónica
Mayor impacto tuvo aún el edificio de la Compañía
Telefónica, proyectado por Juan Talavera y Heredia entre 1926 y 1928. Se trata
de una de las obras más representativas del regionalismo sevillano. Su fachada
de ladrillo rojizo, ornamentada con elementos blancos, incorpora un repertorio
neobarroco inspirado en edificios emblemáticos de la ciudad, como San Luis de
los Franceses, San Pablo y el Palacio de San Telmo. La fachada es de ladrillo rojizo con elementos decorativos de color
blanco. En esta etapa colaboró con el decorador Manuel de la Cuesta y Ramos.
La torre de esquina, concebida como una interpretación regionalista del remate
de la Giralda, constituye uno de los elementos visuales más reconocibles de la
plaza. Esta torre fue el segundo elemento, tras
la torre del edificio de Vicente Traver, que se salió de los estándares
habituales de los edificios del entorno.
Solar en el cual se levantaría posteriormente el Edificio
de Telefónica en la Plaza Nueva. Mitad de los años veinte.
El estado que en abril de 1927 llevaban las obras del Edificio
de la telefónica levantado en la Plaza Nueva, cuyo palmeramen asoma por la
derecha.
La construcción de estos edificios
provocó en su momento un intenso debate precisamente porque rompían la unidad
arquitectónica que había caracterizado el proyecto original. A partir de
entonces, la Plaza Nueva dejó de ser un conjunto unitario para convertirse en
una especie de catálogo de la arquitectura sevillana de los siglos XIX y XX.
Edificio de Telefónica
Detalle del torreón
Detalle de la veleta
Detalle de una ventana
Trabajadoras de Telefónica en la Plaza Nueva. Año 1.930
Antiguo
inmueble de Philips
Otros
edificios posteriores, como el antiguo inmueble de Philips, esquina con la
calle Méndez Núñez, proyectado por Alfonso Toro Buiza en 1960, o las
construcciones corporativas de mediados del siglo XX, acentuaron todavía más
esa diversidad.
Edificio de La Unión y el Fénix
A comienzos
del siglo XX se
levantó al sureste de la plaza el Gran Cinema Plaza Nueva. Este fue derribado
en los años 30 y en esa parcela se construyó el edificio de La Unión y el
Fénix, que era una empresa aseguradora que también acostumbraba a colocar
edificios emblemáticos en las capitales españolas, siendo un buen
ejemplo el de Madrid.
Edificio de La
Unión y el Fénix
Detalle del logotipo
Edificio del Banco de Bilbao
El edificio
del Banco de Bilbao de Sevilla se levanta en una de sus esquinas. Data de 1950
y responde a la corriente racionalista clasicista propia de esta época, que se
lleva a cabo especialmente en la arquitectura asociada a los edificios
corporativos de las grandes entidades, tanto públicas como privadas.
Banco de Bilbao. 7
de marzo de 1951
Hotel Inglaterra
Hotel
Inglaterra de Sevilla abrió sus puertas en 1857 tras el
derribo del antiguo Convento Casa Grande de San Francisco, convirtiéndose en el hotel
decano y uno de los alojamientos más emblemáticos de la ciudad. Se llamó inicialmente Fonda de
Londres, regentada por
Carlos Antonio Ricca Miazza. A la muerte de su propietario el 13 de junio de
1873, sus herederos cierran el establecimiento no teniendo continuidad el
mismo, ni relación alguna con los posteriores establecimientos establecidos
como el Hotel de Londres (1893) regentado por Aurora Fernández.
Posteriormente, en 1895 es Bernardino
Ricca Manini, quién tras una importante reforma del mismo edificio, regenta
hasta 1903 el Gran Hotel de Europa, y nace el Hotel Inglaterra que abre sus
puertas en 1903 regentado por Pedro Tudury. En 1967 el Hotel Inglaterra fue
reconstruido por completo.
La capilla de San Onofre
En
el lado sur pasa casi inadvertida la capilla de San Onofre (Leer mas), uno de los vestigios más valiosos
de la antigua Casa Grande de San Francisco.
La
pequeña construcción barroca quedó literalmente absorbida por el nuevo caserío
surgido tras la desaparición del convento. Su integración en las edificaciones
decimonónicas es precisamente lo que explica que pueda pasar desapercibida para
quien recorre la plaza.
Su
presencia introduce una dimensión histórica excepcional: bajo la apariencia de
una gran plaza burguesa y decimonónica permanece un fragmento físico del
antiguo paisaje conventual de Sevilla.
Capilla de San Onofre
Una plaza mayor de la vida sevillana
Desde
su creación, la Plaza Nueva asumió funciones que superaban ampliamente las de
un simple espacio de circulación. Su ubicación central, la presencia del
Ayuntamiento y la conexión con las principales calles comerciales hicieron de
ella una verdadera plaza mayor.
Durante
décadas fue uno de los principales lugares de paseo de la sociedad sevillana.
Se instalaron sillas que podían alquilarse y que favorecieron la formación de
tertulias. Las bandas de música amenizaban las noches de verano y la plaza se
convertía en un gran escenario de sociabilidad.
La
prensa de la época describe la concentración de familias, jóvenes, niños y
paseantes. Los grupos sociales podían compartir el mismo espacio, aunque
manteniendo sus propios ámbitos y círculos de relación. La plaza funcionaba así
como un verdadero teatro cotidiano de la sociedad sevillana.
En torno a ella surgió asimismo una
importante actividad hostelera. También aparecieron cafés, casinos y círculos
recreativos. El Café La Perla, en las proximidades de la calle Tetuán, se
convirtió en uno de los lugares de reunión vinculados a este espacio urbano.
Fiestas, espectáculos y celebraciones
La
Plaza Nueva fue también escenario privilegiado de fiestas y espectáculos.
Durante la segunda mitad del siglo XIX acogió actuaciones de bandas, ejercicios
gimnásticos, espectáculos ambulantes, circos, funciones de entretenimiento y,
posteriormente, proyecciones cinematográficas al aire libre.
El
Carnaval tuvo una especial importancia. Durante décadas el Ayuntamiento
engalanaba la plaza, donde se concentraban máscaras, sociedades carnavalescas y
cabalgatas. También se celebraban conciertos y otras actividades festivas.
El Corpus Christi era otra de las
grandes ocasiones de transformación del espacio. La plaza recibía iluminación
especial y distintos actos vinculados a la celebración.
En este
ambiente proliferaron aguaduchos, vendedores de refrescos, heladeros,
barquilleros y vendedores ambulantes. La plaza se convirtió así en un espacio
donde la vida social y el pequeño comercio callejero se mezclaban con el paseo
y el entretenimiento.
Exhibición del
cuerpo de Bomberos en Plaza Nueva. Año 1.929.
Plaza Nueva.
Procesión de la Divina Pastora. Año 1.951.
Las
descripciones literarias y periodísticas permiten reconstruir una imagen
especialmente viva de aquel mundo: las tertulias familiares, los niños jugando,
las sillas ocupadas al atardecer, las bandas de música, los vendedores
ambulantes y los carruajes que circulaban alrededor del salón.
Espacio político y escenario de la historia
contemporánea
La
condición representativa de la Plaza Nueva hizo que también se convirtiera en
escenario de acontecimientos políticos. Desde el siglo XIX acogió celebraciones
monárquicas, proclamaciones, actos patrióticos, concentraciones y
manifestaciones.
El
balcón del Ayuntamiento adquirió en este contexto una especial importancia. Las
ceremonias relacionadas con la monarquía transformaban temporalmente la fachada
municipal en un escenario institucional.
La
plaza también fue escenario de acontecimientos políticos durante la Segunda
República y la Guerra Civil. El 18 de julio de 1936 se produjeron allí
enfrentamientos armados y llegaron a emplazarse piezas de artillería,
convirtiendo temporalmente este espacio de paseo en un escenario de
confrontación.
15 de agosto de 1936. Tropas de la Guardia Civil
desfilando sobre los raíles del tranvía y ante el edificio del Ayuntamiento, en
cuyo balcón y pocos momentos antes, el general Queipo de Llano había izado la
bandera bicolor como enseña oficial de la España llamada “nacional”, en
aquéllos comienzos de la cruenta guerra “incivil”.
Durante la dictadura franquista acogió
igualmente concentraciones políticas y actos oficiales. En sentido muy
diferente, durante la Transición volvió a ser espacio de expresión colectiva.
Entre las concentraciones más significativas figura la celebrada el 4 de
diciembre de 1978, vinculada a las reivindicaciones autonomistas andaluzas.
Así, la plaza
ha funcionado sucesivamente como salón de paseo, escenario festivo, espacio
ceremonial, lugar de protesta y punto de encuentro ciudadano.
Del automóvil al transporte público
La
progresiva motorización de Sevilla modificó radicalmente el equilibrio entre
peatones y vehículos. El espacio central fue reduciéndose mientras aumentaba la
superficie destinada a la circulación y al estacionamiento.
En el proyecto del Metro de 1975 se planificó una estación
en la Plaza Nueva. Las obras se iniciaron excavando un profundo pozo de acceso
a la futura estación, igual a los construidos en la Puerta de Jerez y la
Alameda de Hércules. Durante la excavación aparecieron restos de un barco,
probablemente vikingo, que confirmaron la antigua condición hidráulica y
portuaria del subsuelo.
Décadas
después, las intervenciones relacionadas con el Metrocentro volvieron a afectar
al espacio. En 2006 se paralizaron temporalmente las obras al aparecer restos
relacionados con el antiguo complejo franciscano. La plaza volvió a revelar
así, bajo su apariencia contemporánea, las distintas capas de la historia urbana
de Sevilla.
La gran restauración de los años noventa permitió recuperar
y reorganizar diversos elementos del conjunto, entre ellos el pavimento, las
farolas y el monumento a San Fernando. Posteriormente se renovaron determinadas
zonas de pavimentación y se replantó buena parte del arbolado.
La Plaza Nueva contemporánea
En
la actualidad, la Plaza Nueva conserva su papel como uno de los principales
nudos urbanos de Sevilla. El Ayuntamiento continúa otorgándole una función
institucional esencial, mientras que la proximidad de las grandes calles
comerciales mantiene su importancia como espacio de tránsito y actividad
económica.
El
transporte público ocupa buena parte de su perímetro y la convierte en uno de
los principales puntos de conexión de la red urbana. A ello se suma la
presencia del Metrocentro, cuya terminal se encuentra en este sector.
El
espacio central conserva la estructura fundamental del antiguo salón, aunque
profundamente transformada por las sucesivas intervenciones. Los parterres,
setos de arrayán, naranjos, palmeras y plátanos de sombra forman un cinturón
vegetal que contrasta con la gran superficie pavimentada.
El
mármol de diferentes tonalidades utilizado en la solería contribuye a reforzar
su carácter monumental. Las farolas de fundición, los bancos y los elementos de
mobiliario urbano completan una imagen que busca conciliar la funcionalidad
contemporánea con la evocación de la plaza histórica.
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