martes, 13 de octubre de 2026

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Puerta de Jerez (Derribada).

Se han encontrado muy pocos restos de las murallas romanas y no se puede determinar por dónde transcurrían, pero sí se puede afirmar que iban por el mismo lugar que la musulmana entre la puerta de Carmona y la puerta de la Carne. Francisco Collantes de Terán consideraba que el límite de la ciudad romana estaba entre la plaza Virgen de los Reyes y la plaza del Triunfo. No obstante, hay dos indicios de que la ciudad romana se extendía más al sur, que  pudo haber un templo a Isis donde se encuentra el actual Alcázar y se ha descubierto un batipsterio paleocristiano en el Patio de Banderas. En la vecina calle San Fernando se ha descubierto un viario romano de losas de pizarra y una domus. Además, en la Puerta de Jerez con la avenida de Roma se exponen los restos de una calzada romana.

Pues bien, la Puerta de Jerez fue uno de los accesos más importantes del antiguo recinto amurallado de Sevilla. Situada en el sector meridional de la ciudad, en las inmediaciones del Alcázar y al final de lo que hoy es la avenida de la Constitución, constituía la salida natural hacia Jerez de la Frontera y, por tanto, hacia los territorios de la actual provincia de Cádiz.

Sus orígenes se remontan a la etapa islámica, se relaciona con la expansión de las murallas promovida durante el periodo almorávide, bajo el gobierno de Alí ibn Yusuf, en el siglo XII. Conocida en árabe como Bab al-Faray, formaba parte de la cerca que protegía el flanco meridional de Isbiliya.

Como las demás puertas de la muralla sevillana, su función iba mucho más allá de facilitar el tránsito de personas y mercancías. Era también un punto de vigilancia militar y de control de las actividades comerciales, por el que se canalizaban los desplazamientos entre la ciudad y su entorno. Su posición, próxima al Alcázar y a las vías que conducían hacia el sur, le otorgaba una especial relevancia dentro de la organización defensiva y circulatoria de Sevilla.

La puerta medieval presentaba una configuración propia de la arquitectura militar islámica, pues la disposición inicial de las puertas musulmanas solía dificultar la entrada directa mediante recorridos en recodo, una solución destinada a reducir la vulnerabilidad ante posibles ataques.

Según los testimonios gráficos conservados, el acceso estaba formado por un arco protegido por dos torreones almenados, con un rastrillo que permitía cerrar el paso en caso de peligro. Un elemento fundamental para comprender su emplazamiento era el arroyo Tagarete, que discurría junto a la muralla meridional. Este curso de agua seguía un recorrido próximo a las actuales calles de San Fernando y Almirante Lobo, hasta alcanzar el Guadalquivir en las inmediaciones de la Torre del Oro. Su cauce constituía un obstáculo adicional ante posibles ataques y condicionaba las comunicaciones con el exterior. Para salvarlo existía un puente próximo a la puerta, de modo que el acceso a Sevilla exigía atravesar tanto el paso fortificado como esta infraestructura.

Puerta de Jerez y puente sobre el río Tagarete. Fotografia de Joseph de Vigier (ver) (CC BY 3.0)

Recreación artística de la Puerta de Jerez. J.Medero (ver) (CC BY 3.0)

Tras la conquista cristiana de Sevilla por Fernando III en 1248, la puerta mantuvo su función como entrada meridional de la ciudad. La nueva administración conservó buena parte del recinto defensivo heredado de la etapa islámica, aunque las murallas y sus accesos experimentaron reparaciones y reformas para adaptarse a las circunstancias políticas, militares y urbanísticas de cada época.

Durante el siglo XVI, cuando Sevilla vivía una etapa de extraordinario crecimiento económico y demográfico vinculada al comercio con las Indias, el “Concejo” emprendió diversas actuaciones que no respondían exclusivamente a necesidades defensivas, sino también al deseo de ofrecer una imagen urbana más ordenada y monumental. En 1561 se documentan actuaciones en la Puerta de Jerez, dentro de un programa de adecentamiento que también afectó a otros accesos del recinto amurallado.

A esta transformación se vincula una de las inscripciones históricas más conocidas de Sevilla, que resumía de manera legendaria los orígenes y las principales etapas de la historia de la ciudad. La lápida, fechada en 1578, y renovada por otra nueva en 1622, contenía los siguientes versos:

“Hércules me edificó, Julio César me cercó de muros y torres altas, el rey santo me ganó con Garci Pérez de Vargas”.

El texto atribuía simbólicamente la fundación de Sevilla al héroe mitológico Hércules, la construcción de sus murallas a Julio César y la conquista cristiana a Fernando III, con la intervención del caballero Garci Pérez de Vargas. La lápida se conserva hoy en la calle Maese Rodrigo, en las proximidades de su emplazamiento original.

Esquina de Maeso Rodrigo

Detalle de la placa


En el siglo XIX, la pérdida de utilidad militar de las murallas y las nuevas ideas sobre la circulación, la higiene y el crecimiento de las ciudades impulsaron la transformación de los recintos fortificados. En 1837 se realizó el derribo de los torreones que la flanqueaban y la eliminación de elementos defensivos, entre ellos el rastrillo. Estas obras supusieron la desaparición de buena parte de su carácter medieval, para  convertirse en un paso abierto y adecuado a la circulación de la época.

En 1846, el arquitecto municipal Balbino Marrón proyectó una nueva puerta monumental de estilo neoclásico, que sustituyó a la construcción anterior. Su diseño respondía a una concepción arquitectónica muy diferente de la medieval, pues el acceso se resolvía mediante un amplio arco de medio punto, flanqueado por dos pares de columnas toscanas y rematado por un entablamento con friso y cornisa. La composición, de carácter sobrio y monumental, incorporaba una lápida en su parte central y dos leones de piedra que contribuían a subrayar su presencia representativa.

Puerta de un solo arco, que en estilo neoclásico fue construida en el año de 1846. (ver) (CC BY 3.0)

Maqueta del Ayuntamiento


Esta nueva puerta tuvo una existencia sorprendentemente breve, pues el 24 de septiembre de 1864, fue derribada junto con los paños de muralla a los que se encontraba unida, por propuesta que realizase el Sr. Pagés del Corro en cabildo de 21 de julio del mismo año, a la vez que se procedía a cubrir el cauce del Tagarete.

La demolición se enmarcó en operaciones de ensanche y reorganización urbana para facilitar las comunicaciones y abrir nuevos espacios en el sector meridional de Sevilla. Según la documentación de estas actuaciones, algunos de sus materiales nobles fueron destinados al cementerio de San Fernando.

El arroyo Tagarete, que había condicionado durante siglos la configuración de este sector, fue cubierto por completo en 1858, anticipando una transformación que acabaría borrando buena parte de su paisaje tradicional.

El derribo supuso la desaparición de uno de los elementos que durante siglos habían definido la identidad del lugar. Al mismo tiempo, permitió ampliar el espacio y avanzar hacia una nueva organización de las comunicaciones en el sector meridional de Sevilla. Bajo la actual plaza subsiste así el recuerdo de un lugar que durante siglos marcó el límite meridional de Sevilla y articuló sus relaciones con los caminos que conducían hacia Jerez, Cádiz y los territorios del sur.

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