AREA CENTRO 1
Puerta de Jerez (Derribada).
Se han encontrado muy pocos restos de las
murallas romanas y no se puede determinar por dónde transcurrían, pero sí se
puede afirmar que iban por el mismo lugar que la musulmana entre la puerta de
Carmona y la puerta de la Carne. Francisco Collantes de
Terán consideraba que el límite de la ciudad romana estaba entre la plaza
Virgen de los Reyes y la plaza del Triunfo. No obstante, hay dos indicios de
que la ciudad romana se extendía más al sur, que pudo haber un templo a Isis donde se encuentra
el actual Alcázar y se ha descubierto un batipsterio paleocristiano en el Patio
de Banderas. En la vecina calle San Fernando se ha descubierto un viario
romano de losas de pizarra y una domus. Además, en la Puerta de Jerez con
la avenida de Roma se exponen los restos de una calzada romana.
Pues bien, la
Puerta de Jerez fue uno de los accesos más importantes del antiguo recinto
amurallado de Sevilla. Situada en el sector meridional de la ciudad, en las
inmediaciones del Alcázar y al final de lo que hoy es la avenida de la
Constitución, constituía la salida natural hacia Jerez de la Frontera y, por tanto,
hacia los territorios de la actual provincia de Cádiz.
Sus orígenes se remontan a la etapa islámica, se relaciona
con la expansión de las murallas promovida durante el periodo almorávide, bajo
el gobierno de Alí ibn Yusuf, en el siglo XII. Conocida en árabe como Bab
al-Faray, formaba parte de la cerca que protegía el flanco meridional de
Isbiliya.
Como las demás puertas de la muralla sevillana, su función
iba mucho más allá de facilitar el tránsito de personas y mercancías. Era
también un punto de vigilancia militar y de control de las actividades
comerciales, por el que se canalizaban los desplazamientos entre la ciudad y su
entorno. Su posición, próxima al Alcázar y a las vías que conducían hacia el
sur, le otorgaba una especial relevancia dentro de la organización defensiva y
circulatoria de Sevilla.
La puerta medieval presentaba una configuración propia de la
arquitectura militar islámica, pues la disposición inicial de las puertas
musulmanas solía dificultar la entrada directa mediante recorridos en recodo,
una solución destinada a reducir la vulnerabilidad ante posibles ataques.
Según los testimonios gráficos conservados, el acceso estaba
formado por un arco protegido por dos torreones almenados, con un rastrillo que
permitía cerrar el paso en caso de peligro. Un elemento fundamental para
comprender su emplazamiento era el arroyo Tagarete, que discurría junto a la
muralla meridional. Este curso de agua seguía un recorrido próximo a las
actuales calles de San Fernando y Almirante Lobo, hasta alcanzar el
Guadalquivir en las inmediaciones de la Torre del Oro. Su cauce constituía un
obstáculo adicional ante posibles ataques y condicionaba las comunicaciones con
el exterior. Para salvarlo existía un puente próximo a la puerta, de modo que
el acceso a Sevilla exigía atravesar tanto el paso fortificado como esta
infraestructura.
Puerta de Jerez
y puente sobre el río Tagarete. Fotografia de Joseph de Vigier (ver) (CC
BY 3.0)
Recreación artística de la Puerta de Jerez. J.Medero (ver) (CC BY 3.0)
Tras la
conquista cristiana de Sevilla por Fernando III en 1248, la puerta mantuvo su
función como entrada meridional de la ciudad. La nueva administración conservó
buena parte del recinto defensivo heredado de la etapa islámica, aunque las
murallas y sus accesos experimentaron reparaciones y reformas para adaptarse a
las circunstancias políticas, militares y urbanísticas de cada época.
Durante el
siglo XVI, cuando Sevilla vivía una etapa de extraordinario crecimiento
económico y demográfico vinculada al comercio con las Indias, el “Concejo”
emprendió diversas actuaciones que no respondían exclusivamente a necesidades
defensivas, sino también al deseo de ofrecer una imagen urbana más ordenada y
monumental. En 1561 se documentan actuaciones en la Puerta de Jerez, dentro de
un programa de adecentamiento que también afectó a otros accesos del recinto
amurallado.
A esta
transformación se vincula una de las inscripciones históricas más conocidas de
Sevilla, que resumía de manera legendaria los orígenes y las principales etapas
de la historia de la ciudad. La lápida, fechada en 1578, y renovada por
otra nueva en 1622, contenía los siguientes versos:
“Hércules me edificó, Julio César me cercó de muros y torres
altas, el rey santo me ganó con Garci Pérez de Vargas”.
El texto atribuía simbólicamente la fundación de Sevilla al
héroe mitológico Hércules, la construcción de sus murallas a Julio César y la
conquista cristiana a Fernando III, con la intervención del caballero Garci
Pérez de Vargas. La lápida se conserva hoy en la calle Maese Rodrigo, en las
proximidades de su emplazamiento original.
Esquina
de Maeso Rodrigo
Detalle
de la placa
En el siglo XIX,
la pérdida de utilidad militar de las murallas y las nuevas ideas sobre la
circulación, la higiene y el crecimiento de las ciudades impulsaron la
transformación de los recintos fortificados. En 1837 se realizó el derribo de
los torreones que la flanqueaban y la eliminación de elementos defensivos,
entre ellos el rastrillo. Estas obras supusieron la desaparición de buena parte
de su carácter medieval, para convertirse en un paso abierto y adecuado a la
circulación de la época.
En 1846, el
arquitecto municipal Balbino Marrón proyectó una nueva puerta monumental de
estilo neoclásico, que sustituyó a la construcción anterior. Su diseño
respondía a una concepción arquitectónica muy diferente de la medieval, pues el
acceso se resolvía mediante un amplio arco de medio punto, flanqueado por dos
pares de columnas toscanas y rematado por un entablamento con friso y cornisa.
La composición, de carácter sobrio y monumental, incorporaba una lápida en su
parte central y dos leones de piedra que contribuían a subrayar su presencia
representativa.
Puerta de un solo arco, que en estilo neoclásico fue
construida en el año de 1846. (ver) (CC BY 3.0)
Maqueta
del Ayuntamiento
Esta nueva puerta tuvo una existencia
sorprendentemente breve, pues el 24 de septiembre de 1864, fue derribada junto
con los paños de muralla a los que se encontraba unida, por propuesta que
realizase el Sr. Pagés del Corro en cabildo de 21 de julio del mismo año, a la vez que se procedía a cubrir el cauce del
Tagarete.
La demolición
se enmarcó en operaciones de ensanche y reorganización urbana para facilitar
las comunicaciones y abrir nuevos espacios en el sector meridional de Sevilla.
Según la documentación de estas actuaciones, algunos de sus materiales nobles
fueron destinados al cementerio de San Fernando.
El arroyo Tagarete,
que había condicionado durante siglos la configuración de este sector, fue
cubierto por completo en 1858, anticipando una transformación que acabaría
borrando buena parte de su paisaje tradicional.
El derribo supuso la desaparición de uno de los elementos que durante siglos habían definido la identidad del lugar. Al mismo tiempo, permitió ampliar el espacio y avanzar hacia una nueva organización de las comunicaciones en el sector meridional de Sevilla. Bajo la actual plaza subsiste así el recuerdo de un lugar que durante siglos marcó el límite meridional de Sevilla y articuló sus relaciones con los caminos que conducían hacia Jerez, Cádiz y los territorios del sur.
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